Tiene autismo y había sufrido malas experiencias con los sonidos de las explosiones. Desde hace un par de años, inició un tratamiento que cambió su vida.
Bautista. Fotografía cedida por Verónica Pérez, su madre.
Pero la última navidad fue diferente, según relata la madre: “Desde que mejoramos su alimentación e iniciamos el tratamiento alternativo que nos propuso el pediatra, su respuesta fue absolutamente diferente. Las últimas fiestas no lo podíamos creer: salió a ver los cohetes”.
Se acercan las fiestas y diferentes organismos de padres de niños autistas comenzaron a pedir un uso responsable de la pirotecnia: más luces, menos ruidos. Es un momento temido por los familiares y por ellos mismos, que sufren sobremanera el sonido de las explosiones.
“Son hipersensibles a los sonidos. Muchas veces nos tuvimos que ir de cumpleañitos porque no podía tolerar los gritos de los nenes. Hace dos navidades tuve que encerrarme en el baño con él a taparle los oídos mientras se autoagredía”, contó Verónica a el tucumano.
En los ’70, 1 de cada 5 mil niños eran diagnosticados con algún Trastorno del Espectro del Autismo (TEA). A mediados de los ’80, 1 de cada 2.500. Hoy en día, se estima que alrededor de un 1% de la población infantil posee esta condición.
Bautista fue diagnosticado a sus tres años con TGD, un trastorno dentro del espectro del autismo. Dormía tres horas por día, era muy hiperactivo e irritable, tiraba objetos, no hablaba, no respondía al nombre ni conectaba con otras personas.
Cuando fueron por primera vez al neurólogo, el médico propuso medicarlo por hiperactividad con un antipsicótico. Bautista Tenía tres años. Pero Verónica no quiso y empezó a buscar terapias alternativas. “Su pediatra me habló de iniciar un tratamiento homeopático y de cambiar la alimentación”, comenta.
“Era muy adicto a los lácteos: tomaba hasta dos litros por día. Fue lo primero que le sacamos y a los tres días le dijimos ‘Bauti’ y se dio vuelta. Empezó a dormir, a controlar esfínter (cosa que parecía imposible) y a decir algunas palabras sueltas. Después quitamos el gluten, el azúcar y la carne y su mejoría es inconmensurable”, agrega.
Además, hace un mes empezaron a probar con aceite de cannabis y Verónica asegura está mucho más conectado: “Vengo leyendo sobre el tema desde hace un año y, como es ilegal, quedaba en anhelo. Hace poco una de las mamás del grupo (de madres de niños y niñas con autismo) consiguió para su nene, que tiene diez años y tomaba cinco antipsicóticos. Hace tres meses que toma el aceite y ahora redujo la medicación a una sola pastilla. Al ver estos resultados, una de las chicas se fue a Córdoba y consiguió. Empezamos siendo tres o cuatro y ahora somos más de cincuenta”.
Ante las reticencias a los tratamientos alternativos, cree que lo mejor es enseñar con el ejemplo. “A mí me ha costado mucho despegarme de mi esencia porque siempre me dijeron que ser vegetariano o vegano era malo, que uno necesita de la carne para vivir, que lo que es ilegal es ilegal. Pero te puedo asegurar que mi hijo está bien nutrido (ríe) y sus análisis están perfectos”, agrega Verónica.
Este miércoles dieron una charla con las mamás del grupo. A partir del caso de Bautista, muchas madres comenzaron a buscar terapias alternativas, al ver que sus tratamientos no funcionaban. Verónica comenta, a partir de su experiencia, que "los chicos que tienen autismo están drogados, dopados, no tienen vida propia. Eso no es vida. A la industria farmacéutica no le interesa que tu hijo mejore, le interesa que tu hijo esté medicado".
El 27 de noviembre, Diputados dio media sanción a la Ley por el uso de cannabis medicinal. Si se legisla en el Senado, el aceite dejará de ser ilegal y, se supone, será más fácil de conseguir. Esto no solo colaboraría con la situación de niños con TEA, sino también con la de aquellos pacientes que sufren epilepsia, cáncer, fibromialgia, Parkinson, HIV, entre muchas otras enfermedades y condiciones.