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Voluntarios trabajando en el galpón en la clasificación. Foto del facebook del Banco de Alimentos.
Al calor de la crisis del 2001 surgieron diversas organizaciones barriales y ONGs. Una de ellas fue el Banco de Alimentos, primero creada en Buenos Aires y un año más tarde replicada en Tucumán. “Nosotros somos un intermediario entre el donante y las organizaciones”, explica María Valeiro, encargada de comunicación de la organización.
Todos los meses el Banco de Alimentos de Tucumán reparte entre 25 y 45 mil kilos de alimento entre las 82 instituciones con las que trabaja. Desde allí se alimenta a 17.800 niños y ancianos, solamente en la provincia, según el informe contable que realiza el Banco.
El Banco de Alimentos se encarga del acopio, clasificación y distribución de alimentos que por diferentes motivos salen de la cadena comercial, al igual que a la recolección de fondos para garantizar una canasta básica en instituciones como comedores, merenderos, hogares de ancianos y de chicos, escuelas rurales y cocinas comunitarias.
En muchos casos los alimentos no pueden ser comercializados por problemas de empaque, tamaño, abolladuras en caso de las latas o porque su fecha está próxima a vencerse. En estos casos el Banco recoge los alimentos y se encarga de re empaquetarlos para poder luego entregarlo a las instituciones beneficiarias.
Afiche de la campaña de recolección en el Mercofrut.
Algo similar sucede en el Mercofrut, donde los voluntarios recorren las naves buscando frutas y verduras que se encuentren en buen estado pero no puedan ser comercializadas por diferentes motivos. En muchos casos estos alimentos son utilizados para conservas o se los diseca.
El Banco de Alimentos tiene una estructura de seis personas que trabajan de forma fija en el galpón donde tienen la sede en Diego de Villaroel 56. Allí realizan tareas administrativas y de difusión. Cuentan con una comisión directiva compuesta por quince personas. Además se cuenta con la colaboración de voluntarios que trabajan en la parte de clasificación y empaquetado de los alimentos.
Existen diferentes tipos de voluntarios, hay empresas que trabajan desde el área de responsabilidad institucional, instituciones educativas como colegios o universidades y los voluntariados individuales.
Para que una institución comience a trabajar con el Banco de Alimentos se realiza un proceso de auditoria en la que se asegura que tenga un correcto funcionamiento. Aquellos que quieran ser beneficiarios deben contar con una personería jurídica, de esta forma se garantiza el seguimiento de los alimentos y la perdurabilidad en el tiempo del proyecto.
Voluntarios clasificando soja en uno de los galpones.
El nutricionista Adrián Ríos realiza tres visitas a la institución beneficiada. La primera es convenida entre las partes y se ve el funcionamiento del comedor y a cuanta gente asiste. Las dos siguientes se realizan de forma sorpresiva. Una vez que se corrobora el correcto funcionamiento entra en un listado de espera en el que van ingresando según la necesidad que presente.
“El Banco en general funciona como complemento a lo que entregan los subsidios de la Nación o la Provincia”, comenta Belén Correa, Responsable Administrativa. “Hoy lo que se ven en los barrios es la necesidad de contención que existe, los chicos van ahí a tener apoyo escolar o desarrollar otras actividades además de comer”.
Es por este motivo que el Banco de Alimentos complementa sus actividades con capacitaciones en cuestiones administrativas que pueden ser útiles para comedores o en oficios. Para poder aprovechar las frutas y verduras provenientes del Mercofrut se ha estado trabajando en capacitaciones para poder procesar conservas.
“Nosotros apostamos a un desarrollo integral de las instituciones con las que trabajamos, no solo a darles alimentos”, afirma la encargada de comunicación.
Capacitación realizada en la sede de calle Diego de Villarroel.
Al mes se reparten 1.270 botellas de aceite, 3.500 kilos de arroz, 870 bandejas de huevos, 700 kilos de avena, 440 kilos de sal, 890 kilos de maicena, 600 kilos de burgol, 3.500 kilos de fideos, 6.000 kilos de azúcar, 1.400 kilos de polenta, y 800 kilos de puré de tomate.
Para poder recaudar esta cantidad de alimentos el Banco de Alimentos tiene diferentes campañas de recaudación. La principal es la “Campaña del Agro” en la que productores agropecuarios donan un porcentaje de sus cosechas de granos y lo dejan en acopiadoras asociadas que lo comercializan con el fin de comprar aquellos alimentos que no se reciben en donación.
La otra es la “Campaña del Azúcar” en la que los productores azucareros realizan donaciones de su producción que es usada para trocar con otros bancos de alimentos que pueden tener excedente de otros productos. Por último “Estudiantes que Alimentan” en la que los estudiantes de diferentes colegios colaboran con leche. En 2016 se recibieron 47.000 litros a través de esta campaña.
Además de estas campañas las instituciones dejan un aporte simbólico sobre la cantidad de alimentos que se llevan. “Más o menos calculamos que las instituciones dejan el 30% del valor de mercado de lo que retiran”, comenta María Valeiro.
La organización cuenta con un camión, deposito en el Mercofrut, auto elevador y un depósito de más de 1.500 m2. El depósito pertenecía a una a la empresa de agroquímicos de uno de los socios fundadores y desde hace dos años se hizo efectiva la donación.
Hoy, el Banco de Alimentos es un nexo entre los alimentos que la industria y el mercado desperdician con una gran masa de gente que no tiene acceso a ellos. Si bien el panorama del 2001 ha cambiado estas instituciones han reinventado su función para cumplir con las nuevas necesidades sociales.