Germán Miroli, dueño de Amsterdam Love, abre las puertas de un mundo cada vez menos tabú y más explorado. "Vienen clientes de 70 años y una vez nos compraron una máquina de 15 mil pesos".
Consoladores, vibradores y libros en el sex shop.
Pesan y se necesitan las dos manos para acostarlos sobre la mesa y comparar tamaños, texturas y colores. Hay uno negro capaz de dejarte con la boca abierta, y otro que es un puño firme y cerrado diseñado para revolucionar la cama de los tucumanos y tucumanas. Sin tantas vueltas: hay consoladores, vibradores, anillos y un mundo de juguetes para adultos creados para la felicidad y capaces de quitar los prejuicios adentro del sex shop, dejándolos en la puerta cuando la voz grabada de una mujer española nos dice: "Hola, bienvenidos".
Una vez adentro de la tienda, se esquiva un corazón iluminado por focos de marquesina y llegamos al espejo de teatro del salón principal, donde espera sentado Germán Miroli, el dueño de Amsterdam Love, acompañado de un maniquí con cueros y cadenas, una imagen que responde al fetiche sado, pero que apenas abre todo ese mundo que esconde historias para todos los gustos: "Aquí solamente no pueden entrar menores de 18 años. Salvo eso, vienen personas de todas las edades, tenemos clientes y clientas de 70 años. Muchos vienen a contarnos sus problemas y se llevan un producto. Después vuelven y nos cuentan cómo solucionaron sus problemas. Salvamos parejas y hasta una monja nos dejó un mensaje".
El local es una casa de techos altos en Laprida casi Córdoba, construida originalmente para otros fines, pero más funcional que ninguna a los tamaños que decoran las paredes del lugar, al que ahora mismo entra una pareja de veinteañeros, tímida cuando se encuentra con la sesión de fotos para ilustrar esta nota, entonces da vueltas sin mirar, esperando que la charla acabe y ahora sí: a ver precios porque es viernes y el sex shop lo sabe: "Los más jóvenes la tienen clarísima y saben qué quieren, pero los mayores no se quedan atrás. Una pareja de 70 años entró una vez: era como si estuvieran en el súper. 'Gordo, llevate esto, mirá aquel otro. La señora le dijo a la chica riéndose: 'Él paga, ¿no?' Se llevaron de todo".
Más allá de la edad de los clientes, hay un tema clave en la atención y tiene que ver con cómo acercarse al cliente, dejándolo tranquilo que compare dilatadores o que se anime y pregunte si está a la venta esa bicicleta tamaño bicicleta: "Cómo abordar a la clientela es un tema muy fino, que se trabaja mucho con las empleadas. Hay que saber detectar si el cliente quiere ser atendido o no. Es un tema tabú. La vendedora detecta cuál es la actitud con la que la persona entra".
¿Y lo de la bicicleta? "Fue algo único: habíamos comprado la máquina de adorno para el recorrido virtual que hacemos en
nuestra página.
Venía con una silleta tipo prostática, con un agujero grande, donde entraba y salía un consolador. Y se movía en base a la velocidad con la que vos pedaleabas. Lo mismo pasaba con una máquina de remo, según la fuerza del movimiento.
Costaban 15 mil pesos. Las trajimos de adorno y se vendieron".
Germán Miroli, dueño de Amsterdam, invita a entrar y liberar las fantasías de todos y todas.
Entre los jóvenes tímidos y los clientes que se llevaron la bicicleta hay una franja de parejas con muchos años juntos y un desgaste tan cierto como el paso del tiempo. "El paso inicial de muchos es a través de la cosmética y de la lencería, es lo primero a lo que se anima la gente: un gel, un lubricante, algo saborizado, un perfume. Es lo que les sirve para medir si la pareja quiere incorporar cosas o no, qué funciona más", explica Miroli, mientras Florencia le deja una tarjeta a una clienta chocha de la vida, mientras él asiente más serio. "El hombre es más prejuicioso que la mujer, se siente más afectado si no puede solo. Pero es como lo que pasó en su momento con el viagra: costó, pero se instaló y ya está aceptado".
Esas parejas que llegaron por primera vez a este mundo fascinante y exploraron etapas del erotismo en todos los niveles volvieron para contarlo: "Muchas personas terminan haciendo una terapia de pareja y después vuelven para contarnos cómo les fue, si pudieron o no encender la pasión. En toda pareja llega un momento donde ese punto falla: hay una distancia que se marca por no animarse a dar un paso más adelante desde la fantasía, a través de un anillo o un disfraz, potenciar la intimidad, incentivar a la pareja".
Ya llegamos a la parte de la monja, pero antes hay que saber qué demanda el público para derribar tabúes y terrenos inexplorados: "Hicimos una serie de ocho charlas con una sexóloga: la primera vez había 4 personas, pero en la última hubo 50: no entraban en el salón. Nosotros lo tomamos como un tema de salud sexual. Cuando los tucumanos y las tucumanas entienden que alguien les explica bien las cosas, al consolador se lo toma de otra forma, entiende que un juguete erótico no es de pervertido ni tiene que ver con cosas asociadas desde la ignorancia".
También hay qué conocer qué está de moda en los tiempos que el sexo se reinventa, como las tupper sex, reuniones de chicas que se reúnen en la casa de una líder asignada, una empleada del sex shop llega con una valija con una amplia gama de productos para probarlos y también las despedidas de soltera: "Muchas chicas vienen y buscan cotillón. Mientras eligen, se quejan de los strippers, dicen que no son buenos, hay algunos policías que no son profesionales, entonces Natalia va y les ofrece juegos y hablan de la sexualidad".
Ahora sí, oremos: "El día que entró una monja también estaba atendiendo Natalia, la encargada. La monja entró y le dijo a ella que esto (los productos del local) era algo bueno para las mujeres consagradas, porque no le eran infiel a Dios. Dijo que ellas siguen siendo mujeres, siguen sintiendo necesidades y que a través de esto (los productos del local) no tenían que recurrir a la carne, a la infidelidad para satisfacerse. Claro que no compró nada. Pero estuvo muy bueno el mensaje y hasta nos dejó la bendición". Y la parejita de jóvenes al lado, escuchó atenta, sin asombrarse.