El testimonio de Nancy Juárez, quien asistió a las reuniones de la Iglesia Universal de Dios tres veces por semana durante ocho años.
Miles de feligreses se acercan al templo de la Catamarca al 100. Foto de Luciano Billone.
Fui a la Iglesia
Universal de Dios tres veces por semana durante ocho años. Iba los viernes de liberación, domingos de familia y lunes de prosperidad. Iba porque me sentía bien. Espiritualmente, ayuda mucho.
En mi caso viví dos milagros. Mi hijo tuvo un accidente en moto. Cayó de cabeza cerca del cordón y salió ileso. Dios le puso la mano. Y otro es el de mi sobrino, también por un accidente. Estuvo en coma un mes y despertó. Pero no caminaba, usaba pañales y no podía hablar. Con dificultades, hoy ya puede hablar, caminar y moverse por sus propios medios. Es una experiencia muy fuerte estar en la Iglesia Universal: la gente se manifiesta, llora, grita, se descompone. Eso te libera. Se realizan promesas y un pacto con Dios. Lo importante es no alejarse, no romper las cadenas, no cortarlas. Los milagros los hace Dios, no ellos.
Cuando critican a la Iglesia, lo que me molesta es que mucha gente habla sin saber sobre las colaboraciones. Son personas las que asisten, no se fijan cuánta plata tienen. He visto cosas hermosas, como un señor que iba con la mochila para respirar, no podía caminar y se recuperó delante de todos. Eso pasó una noche de Casos Imposibles. Son casos que los tomamos con naturalidad y aplaudimos.
También conozco gente que se ha curado de cáncer. Todo se trata de una cuestión de fe y perseverancia. Así es como también conocí la prosperidad: uno de mis hijos no tenía trabajo, consiguió trabajo, se compró una moto y ahora tiene su auto. Es una experiencia hermosa.
*Por Nancy Juárez