Nació en el ingenio Santa Lucía y desde hace 12 años recorre todos los pueblos argentinos y llega a los hospitales para compartir con los niños sus historias de ruta. Un paseo imperdible. Subite.
El Tucu Águilas Mora en el Paseo Histórico. Grandes y chicos se acercaron a conocerlo.
“Las tardecitas de Tucumán tiene ese qué sé yo, ¿has visto? Salgo de la casa por la 25, lo de siempre en la calle y en mí / Cuando de repente, detrás de la estatua de Pedro Riera, se aparece él, mezcla rara de penúltimo rutero y noble corazón / En el viaje a Santa Lucía, medio casco en la cabeza / Los camuflajes de la camisa pintados en la piel, dos borcegos negros clavados en los pies / Y una banderita de argentina en cada mano...Ja...ja...ja...ja... / Parece que solo yo lo veo, porque él pasa entre la gente / Y los maniquíes me guiñan, los semáforos me dan tres luces celestes / Y las naranjas del árbol de la plaza Independencia me tiran azahares / Y así medio bailando, medio volando / Se saca el casco, me saluda, me regala una banderita /Y me dice adiós”. (Balada para un Loco, del Polaco Goyeneche, adaptación).
Al lado del busto del ex gobernador tucumano, un prócer distinguido por los Hospitales Gutiérrez y Garrahan en Buenos Aires, adonde se fue a vivir en su moto, La Reina, su compañera más fiel, la que lo acompaña por las rutas argentinas desde 2007 cuando la Gilera 200 dijo basta y a que no saben qué hizo el protagonista de esta historia conocido como El Tucu Águilas Mora: “Corrí la cama de mi pieza para que entre la moto que ya no anda y duerma conmigo”. Y junto a su vieja moto, claro, el emblema de solidaridad sueña: “Es como cuando estoy en la ruta y pensando en mis sueños, en los sueños que cumplo. Son como una estación por donde pasa el tren, entre estación y estación cumplo una misión, cumplo un sueño y sigo. Eso me mantiene activo aparte de los angelitos que me ayudan”.
De hecho, y en un hecho sin precedentes en los juegos de palabras, Águilas Mora no lleva alas, pero pertenece a Los Ángeles Solidarios y su espalda está protegida de la lluvia y el polvo por una campera de cuero negra, bien negra, con las marcas del tiempo, son arrugas en los hombros y en los codos a la que el aire de la ruta se le cuela por los agujeros de donde cuelgan pines de todos los pueblos argentinos por los que ha pasado, pines, escudos y llaveros que van desde las Islas Malvinas hasta Hannah Montana, desde la Cruz Roja hasta Hermética. “Tengo muchas cosas de los eventos solidarios a los que voy, son menciones que he recibido en todo este tiempo: de los hospitales Garrahan, Gutiérrez, el Hospital de La Plata, el de Tucumán. Soy el emblema de la solidaridad, no llevo banderas, la única es la de la solidaridad”.
Y también lleva llaves, muchas llaves que decoran su chaqueta y hacen sonar sus movimientos como suenan las campanas de viento, tilín tilín, tilín tilín, y los niños gordos y pícaros con el bigotito incipiente que venden repasadores se acercan al héroe, el que habla mientras habla con el tucumano y a su lado los niños tocan una y cada una de las llaves: “¿Para qué es esta, señor? ¿Y esta? ¿Y esa? ¿Y esta qué es” Lo responde y atentos al significado: “Cargo llaves, llaves con compromiso, llaves sin compromiso. Algunas son llaves de gente que estuvo presa. O gente normal que tiene problemas. Al darme la llave yo los libero, en el camino yo absorbo sus problemas por un momento y luego se libera la persona”.
Tanto tiempo arriba de su Mondial HD, claro, demanda que sea mucho más que una moto, transformándose en su casa con una carpa, bolsos de ropa y un bidón de nafta para alimentar a La Reina cuando haga falta, nafta, que aunque no pare de subir, El Tucu se las ingenia para no pedirle ayuda a nadie: “Esto lo hago yo, lo muevo yo. Acá llevo de todo: filmadora, GPS, hasta un detector de chorros”, se ríe con ganas Águila. Y mientras empiezan a rodearnos productoras de Canal 10, curiosos y más niños, se impone descubrir otro misterio: ¿cómo funciona el detecto? Atentos: “Si vos caminás diez veces ida y vuelta por el mismo camino, ida y vuelta, diez veces haciendo el mismo camino, en un momento vas a encontrar una falencia en tu vida, y vas a encontrar el detalle que donde vos pisaste no tenías que pisar. Al hacerlo yo en la ruta, lo tengo incorporado: me avisa mi cuerpo, yo lo detecto. Es un sensor. En las rutas me pasó alguna vez alguna situación (con los amigos de lo ajeno), pero les gana el poder, allá arriba hay alguien más groso”.
Nacido y criado cerca de las chimeneas del glorioso ingenio Santa Lucía, su pueblo querido, su ingenio querido, hace 12 años que se ha convertido en un emblema, en un peregrino de los hospitales, con las puertas siempre abiertas de las guardias y las terapias intensivas donde los chicos escuchan sus historias, sus viajes, sus aventuras por los pueblos argentinos, o por los de Brasil y el Uruguay, pero siempre junto a su amigo Woody, el sheriff de Toy Story, a quien le habla como El Náufrago a Wilson como lo hace con La Reina: “La toco, le hablo. Cuando ando en la moto la música que escucho es la del caño de escape, aquí (dice pateando el caño) está todo: am, fm, onda corta, todo. Así llego a los hospitales y lo que llevo es esto (señalándose el pecho), la magia que hay adentro, trabajando con los chicos que están mal y voy a seguir haciéndolo”.
El casco ploteado de calcomanías con más águilas, el escudo de agrupaciones ruteras, los Guns&Roses y buenos deseos bordados, ese casco tiene un gran significado para El Tucu: “El casco es vida. El casco significa la vida. Tuve la suerte de venir a este lugar y yo era el único estúpido que usaba casco. Todavía hay una pequeña ignorancia, pero ya cambió la mentalidad entre los que, lamentablemente, perdió al hermano, al amigo, a los que pasaron por eso para tomar conciencia”. Es el casco que lo acompaña desde hace 12 años y una distancia imposible de calcular en kilómetros: “Es una pregunta muy linda. Si yo te digo cuánto tardás hasta allá, me decís 2 minutos. Yo puedo demorarme tres días: estoy fuera del sistema, no se cuentan los kilómetros, se cuenta tu amistad, la amistad de la gente, la foto. Me siguen 5 mil seguidores en Facebook. Es impresionante”.
Y si de cosas impresionantes hablamos tenemos que despedirnos hasta la próxima ruta con anécdotas que lo han marcado: “Hace un ratito me pasó una: venía bajando en la moto desde Tafí y pasé a una pareja que se estaba peleando adentro de un auto grandísimo y les aparezco yo todo mojado en la moto... A veces uno deja una enseñanza… Pero hay una historia que las pisa a todas y me pasó cuando yo iba subiendo: un auto me toca bocina, yo iba subiendo y el auto me tocaba bocina. En la genética mía me doy cuenta qué tipo de bocina es y era una mujer que me paró para preguntarme:
-¿Y la señora de blanco?
-¿Qué señora de blanco?
- La que viajaba con usted, detrás suyo.
- Señora, viajo solo siempre.
“La señora viajaba con una nena que había quedado paralítica. Ellas vieron una mujer y la nena se puso a gritar. No puedo explicar bien qué pasó, qué vio en la moto, de qué se liberó. Hoy soy el padrino de ella, de la nena, Soledad. Y cada vez que vengo a Tucumán hago un llamado para verlos. Son cosas realmente inexplicables, pero me van a seguir pasando porque vivo en la ruta. Ahora, después de la nota, estaba invitado a un evento en la ruta 9, kilómetro 1350, pero no me van a dar los tiempos ya y mañana me voy a acercar porque les di mi compromiso y ahí voy a estar”, se despide El Tucu, agradeciendo la nota con un gesto que también es un agradecimiento: de rodillas, besando a la moto que lo acompaña todos los días, hasta el próximo viaje y una invitación: “Abrite los amores que vamos a intentar, la mágica locura total de revivir, ¡vení, vola, vení!”
El Tucu y Woody le llevan alegría a los niños y niñas a todos lados donde llegan con La Reina, su moto y compañera. (Foto Facebook El Tucu Águilas Mora)
El Tucu Águilas Mora le habla a La Reina, una Mondial HD2007 que lo acompaña por todas las rutas argentinas: "Es una muestra de agradecimiento".