Don Campos tiene una vida de película marcada por los juguetes y los pequeños: los casos que más lo han conmovido y la satisfacción más grande que un puestero de plaza puede recibir: "La sonrisa cuando les dan el alta y se van contentos".
José Cristóbal Campos, el juguetero del Hospital de Niños.
José Cristóbal Campos está sentado en la misma reposera bajo el mismo árbol desde hace 20 años en la plaza frente al Hospital de Niños. Cuando llegó, de hecho, hasta la plaza tenía otro nombre y pasó de llamarse plaza Rivadavia a llamarse plaza de Los Decididos. "Y antes de llegar acá vendía en el Padilla y en el Centro de Salud. Pero un día apareció la Policía privada y busqué un lugar apropiado para no molestar a nadie", cuenta el hombre rodeado de
juguetes.
Don José, como lo llaman los puesteros que venden gaseosas en una conservadora, las cocineras que fríen conos de papas fritas, los policías jóvenes atentos a cualquier urgencia y los familiares de los pequeños pacientes que saludan por las ventanas, él es el hombre que también está acompañado por la compañera de vida y una Biblia en su regazo, una Biblia leída, marcada, anotada, repasada y señalada en los pasajes que también cita José
cuando al frente la medicina trae malas noticias y sólo la religión parece también conservar algunas respuestas.
"Siempre estoy acá leyendo la Biblia. Hace cuatro meses, una madre se cruzó y me preguntó si era pastor. Le dije que me gustaría por el compromiso con Dios y la familia. Le pregunté: '¿Su hijita está ahí en el Hospital?'. Me dijo: 'Sí, he venido porque está mal, está en terapia, está con sonda, está con drenaje'. Yo le dije: 'Quizás su hija no sea la que esté enferma sino ustedes. Perdóneme lo que le digo, sea usted o su esposo, en ustedes está la falla, doble las rodillas y pida perdón por los errores cometidos'. Ella se fue contrariada, volvió al siguiente día, se cruzó, me abrazó, y me dijo: '¡Gracias, don José! Después de hablar con usted ya está sin drenaje y sin sonda en la naricita'. Así como esa gente viene mucha gente".
Es imposible calcular cuántos niños y niñas ha visto José Cristóbal Campos en estos 20 años. Muchas veces, de hecho, atiende como ahora al mismo varón adulto que fue niño: "Estaba acá con mi señora y viene un muchacho a comprar unas crocs. Me dice él: '¿Se acuerda de mí?' 'La verdad, perdoname, no me acuerdo porque soy el único que está acá. Vos te podés acordar de mí, pero yo de tantos que vienen, conversándoles, compartiéndole la palabra de Dios, no me acuerdo de todos'. Y me dice: 'Cuando yo era niño le compré un carrito andarín'".
A contramarcha de tantos tucumanos en este enero, ese muchacho bajó de Amaicha del Valle con su sobrino en brazos. Luego de dejarlo al pequeño en el Hospital, conversó con José y José le contó una anécdota que resume en parte la relación que se forma entre el juguetero de la plaza de los niños y los familiares de esos niños. "Le contaba al muchacho una mala experiencia que tuve en Amaicha. Habíamos subido y nos cayó una tormenta terrible. El agua era como de freezer, ¡helada! Yo estaba desesperado con mis hijitos, una de ellas bebita. Les pedía a las personas de los puestos que nos dejaran entrar y no nos dejaban. Hasta de los dispensarios nos echaron'. Cuando el joven de Amaicha me escuchó me dijo: 'Hay gente buena y gente mala. Cuando quiera, vaya a Amaicha. Yo lo voy a recibir. Le voy a dar alojamiento'. Gracias a este trabajo, mucha gente me agradece invitándome a sus casas en Tafí, en El Mollar, hasta en Catamarca".
Además de las invitaciones y el afecto, están los grandes pequeños protagonistas de esta historia: "Es incontable la cantidad de niños que he visto en este tiempo. Es como dice Dios: "Tu familia se multiplicará como arena del mar". Y así veo a las criaturas, ¡multitudes! Vienen, van, algunos van, algunos vuelven, y algunos se van para siempre". Si bien es incontable la cantidad de niños que puede contar José, sí puede dar fe que son tantos pero tantos que confirma la fórmula universal para que el padre y la madre les compre un juguete: "Los padres le dicen a los niños: 'Si te hacés ver por la doctora, te voy a comprar un juguete'. Los juguetes son como calmantes al niño para que se deje tratar. De acuerdo a eso, el niño va tranquilo a ver a la doctora, vuelve a la plaza y aquí el padre le compra. Así funciona".
José Cristóbal Campos nació en San Cayetano. Toda su vida vivió ahí, en la segunda cuadra de la calle Berutti. Paradojas del destino, recuerda cuando fue niño y con qué jugaba: "Cuando era niño yo no conocí los juguetes. Hacía juguetes con los tarritos de sardina, perforaba la latita, le pasaba un piolín y armaba helvéticos, tractores, les cargaba palitos y decía que llevaba caña de azúcar. O para los Reyes pedía una pelota de fútbol, y al amanecer me encontraba con una pelota de goma o plástica, pero se me la pinchaba en el alambrado porque antes no había tapias, todo era alambrado de púa. Jugabas un partido y se pinchaba la pelota, la llenábamos de trapos adentro para que no se hundiera cuando la pateáramos. Y nos conformábamos".
Ahora, con canas frente a los juguetes que vende, ante los juguetes que muestra mientras un niño le tiraba de la calza a la madre para que le comprara un burbujero, ahora ante el niño que soplaba y de repente le ponía color a los bancos de cemento de este día gris, pompas de detergente en este día nublado, ahora José Cristóbal cuenta cómo era, es y siempre será el momento más feliz de su trabajo: "Cuando un niño cruza corriendo a ver los juguetes es hermoso. Me quedo con esa imagen. Hay tantos juguetes diferentes que no sabe con cuál quedarse: inflables, muñequitos de Dragon Ball Z, de Ben 10. Antes se vendía muchísimo: tenía dos sombrillas con globos colgados, pelotas, hasta salvavidas vendía, pero ahora no, ha bajado la venta. Las cartas salen porque son las más económicas de los juguetes. Tengo sobrecitos hasta de 10 pesos. Pero ni así les alcanza a veces: 'Y déme 5 pesos, señora, llevelo para el niño".
Entre esos niños, claro, hay clientes preferidos para José: "Hay un niño al que conozco desde muy pequeño y todavía está internado. Tiene una enfermedad en los pulmones y está postrado en la cama. Él solía venir en silla de ruedas a la siesta, la madre lo sacaba. Lo hacía jugar en la silla de ruedas. A él le encantaba y yo lo hacía jugar a la pelota acá en la plaza. Él le pedía a la madre que todas las tardes lo traiga a José. Hace rato que no lo veo. La última vez fue cuando vino un carrerista y lo sacaron en camilla. Ahí lo saludé y se acordaba de mí". Ese niño hoy tiene 12 años y es Daniel David Maidana, quien conmovió a los tucumanos en diciembre cuando egresó desde la terapia intensiva.
También hay niños que conocen a José porque lo ven todas las semanas: "Hace poco vino un niñito especial. Puede estar a media cuadra, me ve a mí y le agarra una emoción que viene corriendo y me desparrama todos los juguetes. Yo lo dejo, ¿qué le voy a decir? Ya lo conozco. Suceden muchas cosas así", relata el señor que se emociona junto a la señora cuando recuerda cómo fueron los comienzos con la venta, como ambulante, con repasadores en el antebrazo, alicates en la mano y medias en el bolso.
"Cuando no existía el trueque, ya lo hacía yo. No se vendía nada en una época y apuntaba a las carnicerías. Le decía al carnicero: '¿Eh, no querés comprar medias, repasador, cortaúña?' Me decía: 'No he vendido nada, hermano'. Y yo le hacía el trueque: ¡Cambiemos! Él se quedaba con un par de repasadores y yo volvía a la casa con un kilo de blando, de puchero, con la comida para mi hijo". Esa sensación, la de hacer feliz a un niño (sea su hijo, un vecino, un paciente del Hospital de Niños) es con la que se despide José: "Es muy lindo saber que un niño se va sano. Cuando el chiquito se va con el juguete, la sonrisa ya queda para mí". Y ese niño es como el que tiene el burbujero ahora, que sigue aquí dando vueltas, durante toda la nota, cerca de la misma reposera y bajo el mismo árbol de la misma plaza desde hace 20 años.