Damián ayuda a niños y adultos a sobrellevar sus horas más críticas. Esta es la historia de un kinesiólogo con capa.
Damián, disfrazado de Gokú, héroe animado de la serie Dragon Ball.
Tiene 41 años y cuatro identidades distintas. Por las tardes, alterna entre Superman, Batman y Gokú. Por las mañanas es simplemente Damián Vélez, un kinesiólogo egresado de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) ─de la primera camada, la del 97─, esposo y padre de dos varones, uno de cuatro y el otro de siete. Damián trabaja en el Hospital de Niños, aunque admite que no trabaja, disfruta. Sus otras identidades, en tanto, salvan el día de chicos y grandes.
La vida cotidiana no es fácil. A veces, las identidades se entremezclan de tal modo que ni en el barrio saben quién es quién. No son pocas las veces que por las calles del barrio San Cayetano se ve a Batman conducir un auto verde, encapuchado y la ventanilla baja, saludando vecinos y llevando a los chicos al colegio. Tampoco faltan las ocasiones en que se ve al “hombre de acero”, cuyo alter ego es un periodista, caminando por la peatonal en busca de un regalo por el Día de la Madre. “Nunca me faltan los motivos para ser superhéroe”, celebra mientras recuerda todas las veces que se confundió de vestuario. Por supuesto, todas buenas experiencias.
Damián le pone colores a su trabajo desde que comenzó a atender en el centro de atención pública, hace más de 9 años, cuando el estallido del conflicto entre médicos autoconvocados y el gobierno de turno, en pleno brote de bronquilitis, obligó la contratación de kinesiólogos para cubrir la demanda de miles de niños con las vías respiratorias obstruidas. Fue gracias a una amiga modista, que comenzó a disfrazarse en serio. “Fue por una amiga de la infancia que encontré de casualidad. Le pasé una chaqueta que amaba y le pedí que ponga una calcomanía de Superman. Me llama y me dice que había hecho toda una S bordada con una capita. Me voló la cabeza. Y después me hizo el ambo completo de Superman, con cinturón y todo. Toda idea de ella. Marcela se llama, la famosa modista de barrio de San Cayetano”, recuerda.
Dependiendo del ámbito, un kinesiólogo es tan cercano como una enfermera para los pacientes. Más aún si se trata de pequeños que permanecen internados semanas o meses, y necesitan de las técnicas del profesional para mantener la motricidad y facilitar el transporte de oxígeno. Damián trabaja con pacientes críticos y delicados, y no hace diferencia a la hora de entrar a una terapia intensiva o a un pabellón. “El mayor efecto que causás es en los papás, porque se descontracturan, porque no ven a un señor con ambo y barbijo, serio; que llegue alguien disfrazado es distinto, se les dibuja una sonrisa”, señala.
“Estoy al lado de un niño sedado, en su peor momento, pero voy disfrazado y a los enfermeros les quitás el estrés. Es el paciente, la parca y vos. Muchos no te ven, pero para los que se están despertando, para ellos es diferente. Están con un tubo en la garganta, pero los va a atender Superman y Gokú”, cuenta Damián sobre su día a día, que no siempre ofrece risas. Hace dos años, el caso de una pequeña le quitó el aliento. No recuerda de qué personaje estaba disfrazado, sólo que la niña y su madre reían mucho al verlo, y que se despidió con la promesa de volver. A la misma hora y en el mismo lugar, al día siguiente, sólo lo esperaba la madre, de pie junto a la cama donde debía estar la nena, para agradecerle por las risas. Su hija se había ido contenta. Todos sabían que estaba por partir, pero el hecho de verla feliz en sus últimos momentos fue una caricia para toda la familia. “Son cosas que te levantan”, reflexiona.
Damián derriba la barrera entre profesional y paciente. No cree en esa distancia imaginaria que los separa. Por el contrario, insta a sus colegas, a los que aún creen en esa fuerza opositora entre ambos, a que se pongan al nivel de los niños y los padres que sufren por ellos. Damián es una de esas personas a los que muchos llaman “héroes sin capa”, o con capa, dependiendo del vestuario. Si algo tiene claro Damián, y esto dicho por él mismo a este diario, es que no es Superman: “No creo ser Superman, porque tengo una panza terrible”.