Tiene 26 años, vive con su abuela Elena en el barrio Parque Centenario y desde hace un mes ocupa la esquina de Córdoba y Maipú para la Guardia Urbana. Vio a un señor no vidente de 80 años que necesitaba ir a la farmacia Del Pueblo. Lo que hizo emociona a todos.
Víctor Bascary, el aspirante que emocionó a todos.
Todavía con el pelo rapado después del bautismo, la remera azul con la identificación bordada, un pantalón de vestir pinzado y zapatos negros, Víctor Gerardo Maximiliano Bascary Marin le da un beso a su abuela Elena, la ayuda a levantar la mesa y deja su casa del barrio Parque Centenario para subirse a la moto hasta el edificio de la Guardia Urbana de la calle Maipú. Estaciona la moto y a pie se dirige a su parada, apenas unas cuadras hasta la esquina Córdoba.
Una colchonería tiene a sus espaldas. El achilatero con la camiseta de San Martín hace retumbar la corneta. Miles de tucumanas y tucumanos caminan más rápido de lo habitual. Llevan bolsas, se chocan, se saludan, se insultan, se ríen, miran vidrieras, hacen colas para un panchuque en la peatonal Muñecas, hay perros en adopción en la puerta de la Normal y una sensación inevitable: son las últimas horas del año que se va, horas sacudidas por la sencilla historia que ha protagonizado este aspirante a agente de la Policía de Tucumán de 26 años, una historia que empieza cuando un señor de 80 años, no vidente, de bastón, intentaba cruzar la calle en busca de una farmacia.
“Estaba en mi parada de Córdoba y Maipú cuando lo vi: tenía unos 80 años y quería cruzar la calle. Como nadie le colaboraba, me he cruzado a preguntarle si lo podía ayudar o qué necesitaba. Él me comenta que necesitaba ir a la farmacia Del Pueblo de aquí a la vuelta, sobre la Córdoba al 600. Cuando llegamos, lo atienden. Saca los papeles de la obra social de él, del Pami. Supuestamente eran sin cargo los remedios, pero no le reconocían ninguno de los medicamentos. Entonces el hombre desiste de comprar los medicamentos y le dice al empleado de la farmacia que en otro momento lo iba a llevar”, relata Víctor Bascary a el tucumano en la misma parada que ocupa hace un mes durante cuatro horas todos los días de 15 a 19.
Cuando el señor de 80 años le pidió que lo acompañara de nuevo para ir a su casa, Víctor palpó sus propios bolsillos, sacó la billetera y le dijo al empleado de la farmacia que el señor iba a llevar los remedios, que él se los pagaba. “Me ha nacido ayudarlo porque el medicamento es algo vital. Lo considero más importante que la comida. Una persona mayor, de 80 años, si no se medica incluso puede fallecer. Eran 217 pesos las vitaminas. Y aparte eran otros medicamentos. Un total de 750 pesos”.
Víctor Bascary es estudiante del segundo año de Enfermería, vive con su abuela, tiene su moto, y está empezando a hacer los primeros pasos en su verdadera pasión. Claro que no le sobra, pero tampoco le falta. Y si algo le faltaba es lo que le pasó en la farmacia con el resto de las personas que esperaban su turno: “Cuando yo dije que lo iba a abonar fue un efecto contagio. Todos empezaron a sacar plata, lo que podía, a hacer la vaquita, juntando dinero para comprarle los medicamentos al señor, feliz. El señor se ha puesto feliz”.
No se quiebra Víctor cuando habla, no puede, no debe, pero la voz le cambia cuando habla de nuestros mayores. “Cuando lo llevaba a la farmacia, el señor me contaba que tiene glaucoma. Sube la presión ocular de los ojos y afecta el nervio óptico. Por el glaucoma está ciego prácticamente. Si no es medicado genera dolores insoportables. Ni siquiera puede dormir. Me puse a imaginar lo que debe pasar ese hombre, no contar con el medicamento. Luego lo acompañé a Vea, se subió a un taxi y se fue contento. Era un hombre petisito, morochito, andaba de bastón. Toda la gente estaba emocionada por el gesto, pero yo estaba concentrado en el señor que hacía pasitos cortitos. Se nota que tiene problemas de articulación, las cuadras se le hacen eternas”.
Víctor Bascary se señala con orgullo el apellido bordado que lo identifica: “BASCARY V.”. Nieto e hijo de varones policías, sabe que su padre retirado hace dos años está orgulloso, sabe que el gesto ha trascendido a través de las redes sociales y ha generado que lo señalaran como un ejemplo a seguir, a imitar, pidiéndole que mantenga ese servicio de vocación al otro, que no se deje corromper por nada ni nadie, que sea él.
Lo escribió María Alejandra Robles, testigo del hecho en la farmacia Del Pueblo y quien viralizó la historia: “Recién fue por la Farmacia del Pueblo de la calle Córdoba y entró un cadete de la policía de la provincia. Si no leí mal de apellido Bascary con un señor no vidente a comprar medicación del PAMI, pero cuando le dijeron que tenía que pagar $217 por unas vitaminas, dijo que no las iba a poder llevar y el joven le dijo que las llevara, que él las iba a pagar y ahí surgió lo que yo llamaría la magia de estos días. Gente que estábamos alrededor de ellos le dimos para que la pagaran y juntamos entre los presentes para comprar una caja más aparte de la que tenía! ¡Me llenó el alma está actitud! ¡Y sé que todavía la esperanza y fe de que todo no está perdido existe! Y hoy más que nunca sé que lo que hago todos los días durante el año para ayudar a esa gente que tanto necesita es mi misión en esta vida!!! Muchas gracias a este chico y a todos los que se sumaron para ayudar! Hoy me voy feliz a mi casa”.
Víctor Bascary lee el mensaje de esa mujer que no conoce y se sorprende: “No me imaginaba las repercusiones. Me ha llegado todo de golpe. Sí me llega el reconocimiento, pero a la vez pienso que lo importante del mensaje es que las personas seamos más solidarios con los demás, especialmente con los adultos mayores. Yo vivo con mi abuela Elena. Cuando vi al señor, me puse a pensar que podría ser mi abuela, y me hubiera gustado que alguien la ayude a poder comprar el medicamento. Y además, como estudiante de Enfermería, atendí a pacientes de la tercera edad y sé lo que se sufre, lo mal que se la pasa si no se tienen los medicamentos. Es simplemente ponerse en el lugar del otro, que alguien necesite los medicamentos, no tenga los recursos, aparece uno. Sería todo mejor para la gente si uno colaborara. Porque todos vamos a llegar a viejos, ¿eh? Todos”.
Ejemplo de la promoción 2019 de la Guardia Urbana, Víctor Bascary es uno de los tantos jóvenes tucumanos que salen a las calles durante diciembre para reforzar la presencia policial: “Estamos realizando las prácticas profesionales. Hace un año empezamos y hace un mes que salimos a la calle, que estoy parado aquí. Nosotros tenemos una buena preparación física e intelectual. Ya venimos preparados con una base formada para las paradas, nos entrenamos físicamente para estar horas parados, e intelectualmente lo mismo: tenemos mucha teoría como teoría del delito que nos desarrollan la capacidad de observación y poder detectar el posible delincuente o amenaza al ciudadano”.
“Como toda cosa buena uno está nervioso al principio, una cosa es la teoría y otra es aplicarlo a la práctica. Pero a medida que van pasando los días uno solo se desenvuelve, se acuerda de lo aprendido y lo aplica. Con todo esto que ha pasado, los compañeros están contentos. Son valores que vienen de la familia. Mi abuelo, mi padre, todos son policías. Mi papá se retiró hace dos años y mi abuelo falleció en 2015. Por eso me fui a vivir con mi abuela para que no se quedara sola. Soy un convencido de que el policía tiene vocación de servicio. Está para servir al ciudadano, es la base de nuestra existencia, aparte de prevenir el delito. Solidaridad, empatía, mis padres siempre me han transmitido eso. Mañana es 31, el último día del año, y aquí voy a estar en mi parada. Es un día fundamental para la tarea de prevención, y cuando más énfasis hay que poner. Para eso estamos, para eso servimos a todos”, se despide Víctor Bascary mientras la ciudad sigue pasándole por los ojos, parado en una esquina del microcentro tucumano, con las manos detrás de la espalda, siempre listas para ayudar a quien lo necesite como a un señor no vidente que quiere cruzar la calle. Ahí viene.