Historias de acá

Barbijos estampados para enfrentar a la pandemia con estilo

En medio de la crisis por el coronavirus, los barbijos se volvieron un elemento esencial para el cuidado. Una costurera tucumana agarró las telas que tenía a mano y arrancó un emprendimiento que busca ponerle onda a la situación.

02 Abr 2020 - 21:23

El personal de la salud luciendo sus barbijos estampados.

No sabemos si llegará a las principales pasarelas del mundo ni si estará en las portadas de las principales revistas de moda, pero el barbijo ya se ha vuelto un elemento imprescindible del atuendo cotidiano de los tucumanos a la hora de encarar nuestras actividades tomando los recaudos necesarios. No es tan solo un instrumento de cuidado sanitario, sino también parte de eso que los expertos en la materia llaman “outfit”. Floreados, camuflados, de colores y con motivos infantiles, los barbijos que fabrica Irene Villa cumplen con esa premisa que dice que al mal tiempo, buena cara; aunque esa cara ahora esté tapada. 

Cuando el coronavirus no sea más que un mal recuerdo en nuestras vidas, los barbijos serán todo un símbolo de estos tiempos. Pero, mientras eso sucede, mejor evitar el dramatismo y, a decir verdad, los barbijos en sus colores tradicionales (el blanco, verde o celeste hospitalario) tienen un aire de tragedia propio de las películas apocalípticas del cine de Hollywood. Mejor, ponerle una onda, eso al menos es lo que piensa Irene, una costurera tucumana de 32 años a quienes todos conocen como “Kiki”: “Creo que esta es una manera de apaciguar un poco lo que se vive porque los barbijos tienen ese shock de algo terrible y esta es una forma más divertida. Así  la gente la puede afrontar de otra manera a la pandemia,  es una forma tranqui de convivir con esto”. 

Dice un proverbio chino leído alguna vez en el reverso de un boleto de colectivo (tiempo atrás, cuando los ómnibus emitían boletos y se atesoraban los de numeración capicúa) que toda crisis supone una oportunidad. Para “Kiki” fue así y casi sin proponérselo. Ella trabaja en un local de celulares que, al igual que la mayoría de los comercios del centro, ahora se encuentra cerrado. A su vez, tiene un emprendimiento como costurera que consiste en fabricar ropa, mochilas, bolsos, cortinas y manteles, entre otras cosas. Hace dos semanas, cuando empezó el aislamiento obligatorio, una de sus clientas la llamó para preguntarle si se animaba a realizar barbijos para el personal médico de un hospital del sur de la provincia, dado que los descartables escaseaban y no son de buena calidad. Le encargaron más de cincuenta. Eso sí, sólo contaba con telas estampadas y coloridas. Lo que en principio fue una solución con lo que tenía más a mano se volvió un estilo y ese estilo una fuente de ingresos en tiempos difíciles: “De alguna manera esto me salvó porque, además de mi sueldo mensual que ahora sigo cobrando, yo trabajo por comisiones de ventas y, al no tener ese ingreso, esto me vino al pelo para poder afrontar mis gastos”.
 

“Ya venía juntando tela y tenía todos los materiales, pero eran telas floreadas, divertidas, no es que me propuse hacerlos así, era lo que tenía a mano. Me caracterizo por no trabajar con telas lisas y también juego con eso, con que sea más divertido. De alguna manera, siento que estoy trabajando con mi arte también”, relata lo que fue el comienzo de su línea de barbijos denominada kikibag que promociona y vende a través de su cuenta de Instagram. Eso sí, en un principio no tenía mucha idea de cómo hacerlos hasta que vio imágenes y buscó videos: “Soy perfeccionista quería que queden prolijitos”, aclara. 

Todo muy bonito, pero la pregunta que muchos en sus hogares se harán es si sirven para el fin sanitario que los requiere y acá viene lo más interesante cuando Irene explica las propiedades de sus barbijos: son reversibles, lavables y cuentan con dos capas de tela y un filtro de fliselina en el medio de un gramaje de 80 gramos, es decir, que cumplen con creces con las normas de calidad. Como si fuera poco, están pensados con una visión ecológica: “Cumplen con su utilidad, pero son estéticos. Son lavables, ecológicos y reutilizables. Se los usa y después se los lava con jabón común. El barbijo común de fliselina, después de que termine esta pandemia,  va a generar una cantidad extraordinaria de desechos. Es también una forma de concientizar a la gente”. 


Otra de las virtudes de los barbijos que fabrica Irene es que vienen en tres tamaños: para adultos, para niños de hasta doce años y para niños de hasta seis. “A los más chicos los han dejado afuera porque no se consiguen barbijos chiquitos. Además, si vienen con figuras y diseños infantiles es mucho más fácil hacer que los usen”, explica. Cada barbijo cuesta $100 pesos y, si son para el personal de la salud, tienen un precio de $80. “Algunos se zarpan con los precios y no me puedo aprovechar de una situación de crisis. Se trata de ser solidarios, por eso tienen un precio accesible y para los médicos son más baratos”, reniega. Irene lleva vendidos más de 200 barbijos desde que se impuso el aislamiento. Por estos días, trabaja todo el tiempo en tomar los pedidos y confeccionarlos. La suya es una fábrica de una sola persona. 

A la hora de elegir un estilo de barbijo, muchos optan por opciones más conservadoras, pero hay otros que dejan volar la imaginación: “Al principio tenía diez estampados diferentes: de varios colores, camuflados, con florcitas, con marcianitos… Algunos incluso me han pedido con un par de diseños sublimados como la risa de Joker o de dientes, pero yo no trabajo con sublimación y está difícil conseguir las telas porque los comercios permanecen cerrados y sólo hacen ventas por mayor”. Será cuestión de probar el que haga juego con la blusa de la dama y la camisa del caballero. Y que lo cuidadoso no nos quite lo elegante. 

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