HISTORIAS DE ACÁ

"Nos dijeron cosas feas": Adolfo y Petrona, los abuelos tucumanos que vencieron al Coronavirus

Se contagiaron de covid-19 hace un mes. Gracias al trabajo sin descanso de los trabajadores del Hospital del Este, recibieron el alta el último fin de semana. El agradecimiento es inmenso, pero en esta historia no todo fue alegría. VIDEO

14 May 2020 - 13:54

Adolfo y Petrona, toda una vida juntos. Las fotos son gentileza de la familia Chocobar.

Adolfo Chocobar y Petrona Rojas vieron cómo las siete camas de su casa en Anfama fueron quedando vacías, a medida que sus hijos se iban en busca de su propio destino. Cierta mañana llegó un vecino de Adolfo y Petrona, miró los cuartos y les sugirió poner un hospedaje. Adolfo y Petrona acondicionaron los cuartos, cambiaron las sábanas, regaron las dalias fucsias y las rosas rojas de la entrada, hicieron correr la voz por el pueblo, pusieron un cartel y comenzaron a llegar los visitantes pasajeros.

“Siempre fuimos gente de trabajo. De chico yo hacía monturas completas para los caballos. En Anfama nos criamos con mi señora. Y luego pusimos el hospedaje para la gente que iba a Tafí del Valle. Los hijos se fueron yendo. Tenemos siete hijos: Oscar, Valeria, Laura y Sonia viven en Ushuaia; Adolfo, Sandra y Walter, en Buenos Aires. Después de cuatro años sin verlos, este año con mi señora fuimos a visitarlos. Disfrutamos mucho de los nietos. En Ushuaia, mi hijo Oscar tiene una pollería: no sabe los arrollados que hace. Riquísimos”, le cuenta esta mañana Adolfo a el tucumano.

El viaje de Adolfo y Petrona para visitar a los hijos y nietos duró 25 días. Después de disfrutar de los paisajes de Tierra del Fuego, estuvieron unos días en Buenos Aires para ponerse al día con todos los hijos y los dos solos volvieron a Tucumán. Ya aquí, eligieron cumplir la cuarentena obligatoria en la casa de El Siambón donde viven con su nieto Edgar. En vano era abrir el hospedaje de Anfama sin turistas, pensaban Adolfo y Petrona cuando una noche a él le empezó a doler el estómago: “No podía comer nada. Todo lo rechazaba. Ese fue el primer síntoma”, relata el hombre de 73 años, al lado de Petrona, de 67, quien agrega: “Yo tenía tos, pero nunca pensamos que teníamos el virus”.  

Edgar es el nieto de Adolfo y Petrona. Luego de hacer la secundaria en Ushuaia, volvió a Tucumán para cuidar a sus abuelos. A esa preocupación sana de nieto porque a los abuelos no les pase nada, a esa preocupación Edgar la sintió como nunca una mañana fresca de abril: “Estábamos desayunando cuando mi abuelo le dijo a mi abuela: ‘Me duele mucho el pecho’. Mi abuela estaba nerviosa. No sabíamos qué hacer y mi tía, desde Ushuaia, llamó a Tucumán y consiguió que nos mandaran la ambulancia. A las 12 del mediodía vinieron los médicos. Cuando nos pusieron los barbijos, le pregunté al doctor: ‘¿Que a mí también me van a llevar?’ Fuimos los tres juntos en la ambulancia al Hospital del Este. Cuando llegamos, ya cada uno por separado, nos sacaron sangre y nos hicieron el hisopado. Te meten el palito con algodón en la garganta y en la nariz. A mi abuelo le pusieron suero en el acto. Y esperamos los resultados”.

Adolfo y Petrona dieron positivo de Coronavirus. Edgar, no: negativo de Covid-19. Aislado en una cama del Hospital del Este, Edgar fue el encargado de ir dando las noticias por WhatsApp al grupo de la familia Chocobar, a los hijos que viven en Ushuaia y a los que viven en Buenos Aires, los siete hijos impotentes ante la imposibilidad de venir a Tucumán para estar cerca de sus padres, atentos a cada mensaje de Edgar, hijo de Oscar Chocobar, quien desde Tierra del Fuego le cuenta a el tucumano cómo vivió los días y las noches más difíciles: “Nos habían venido a visitar de vacaciones. Al llamarlos, cuando ya estaban en Tucumán, supimos que papá estaba mal y mamá con dolor de garganta”. 


“No sabemos si fue en el avión o en el aeropuerto que se contagiaron. Pero se empezaron a sentir mal. Primero llamamos a la Policía de Tapia, ellos llamaron al 107 y los fueron a buscar. Cuando les dio positivo, fue horrible: 22 días sin poder hacer nada, todo el tiempo esperando los mensajes de Whatsapp. A veces mi hijo Edgar no tenía mucha señal en el Hospital del Este. Y a mí particularmente no me quería preocupar. Por ejemplo, yo no sabía que mi papá había ingresado a terapia intensiva. Mi hijo me decía que no tenía de qué preocuparme. Y cuando yo quería hablar con mi papá, mi hijo me decía que mi papá estaba en el baño o que estaban poniéndole el suero. Mi hijo y mi mamá ‘inventaban’ alguna excusa para que no me pusiera peor”.

Doña Petrona, como buena madre, no quería transmitir más angustia a sus hijos hasta que llegara el día de dar las buenas noticias, las noticias que llegaron el último sábado: “Nosotros nunca imaginamos que podíamos tener el virus. Yo tosía, mi marido tenía dolor de estómago. Le teníamos terror a las noticias y respeto a la enfermedad que es mortal. Siempre nos cuidamos porque somos personas mayores. Las chicas y los chicos del Hospital nos apoyaron un montón. Nos cuidaron como a nadie durante todo este tiempo. Fue hermoso cuando el enfermero vino el último viernes a hacernos el último hisopado, nos dijo que nos había dado negativo, que ya estábamos curados y nos dio un abrazo. Pero también vivimos momentos muy feos con los vecinos, nos dijeron cosas muy feas”, cuenta Petrona desde su casa en El Siambón, y rompe en llanto.

“Nosotros somos gente de Anfama, somos gente de bien, que nunca le hizo daño a nadie. Estábamos haciendo la cuarentena aislados. No tenemos vecinos cerca, no salíamos a ningún lado. Pero las personas lo mismo nos dijeron cosas muy feas: nos discriminaron mucho. Le pedían al delegado comunal que nos llevara presos: ‘Han venido con el virus, ¡sáquenlos de acá!’, le pedían. Fue gente de Raco y también de El Siambón. Pusieron cosas muy feas por el face. Mis hijos leyeron  y se enteraron de todo. Sabemos que la enfermedad es mortal. Aquí tenemos la casita aislada, ya estamos sanos, pero lo mismo no nos quitamos el barbijo. No le hicimos mal a nadie, pero nos dolió mucho todo lo que dijeron”, agrega la compañera de vida de Adolfo.

Al lado de Petrona, por el altavoz durante la comunicación, se escucha a Adolfo quebrarse por lo vivido. Cuando se aclara la voz, Adolfo dice: “Nos trataron muy mal por contagiarnos de algo que no sabíamos que teníamos. Cumplimos con todas las cosas desde que volvimos a Tucumán. Creemos que nos contagiamos en Buenos Aires. A mí me empezó a doler el estómago. Tengo arritmia desde hace 10 años y también me dolía el pecho. No puedo explicarle lo que se siente estar ahí internado, lejos de la familia, sin saber cómo está tu señora, tu nieto”.

“Tenía los brazos hinchados por tantas agujas. No se puede dormir del dolor las primeras noches. Además de los chicos que nos cuidaron como nadie, me encomendé a Dios, recé mucho para vencer esta batalla tan dura que nos tocó en la vida. Nos hicieron sentir mal los vecinos con lo que dijeron, pero ya empezamos a disfrutar nuevamente de las cosas que nos gustan: de nuestra casa, del clima, poder caminar por estas habitaciones, comer los fideos caseros que hace mi señora y sobre todo despertarnos cada día con un sueño: poder volver a ver a mis hijos cuando todo esto termine, aquí en Tucumán, todos juntos como antes”, se despide Adolfo y sonríe: las siete camitas de Anfama siempre están listas.



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