Uno de los perros más famosos del microcentro tucumano murió este sábado. Padeció el calor de las siestas a la intemperie y las noches de lluvia. A pesar de la indiferencia de los ocasionales transeúntes, tenía muchos amigos en la calle, aquellos que le acercaban a diario agua y comida. El recuerdo de una de sus compañeras más fieles.
El Negrito en la plaza de los Artesanos. Foto: Facebook de Jissella Miranda Agüero.
A pesar de ser portador de una contextura robusta y un color negro azabache, su andar cansino pasaba inadvertido en la vorágine de las peatonales tucumanas. Tenía un recorrido rutinario: de la Plaza Independencia a la Casa Histórica; de la Casa Histórica al Parque 9 de Julio y de nuevo a Plaza Independencia. Así todos los días, buscando una mano amiga que le acerque algo de comer a la boca, tal vez unas láminas de cartón para palear el frío en las noches de lluvia.
Para los ojos de algunos cómplices que le hacían la vida más digerible, algo estaba pasando. Hace varios días que no sabían nada del Negrito, uno de los perros más famosos del centro tucumano. Su desaparición no había pasado inadvertida para aquel hombre que le sirve agua y comida hace más de 20 años a los perros callejeros de la zona. Tampoco para Jissella, una amante de los animales que había forjado una relación entrañable con él.
A través de una red de contactos con personas que lo ayudaban, la joven recibió el sábado la peor noticia:
el Negrito se había ido para siempre. “Lo conocí hace un año y medio. Era un perro muy amoroso, grandote. Una vez dejamos de verlo por unos días y volvió mucho más delgado y con miedo. Le quisimos dar de comer y no quiso. Entonces, junto con un hombre que también lo ayudaba lo cargamos y lo llevamos a un veterinario”, relata Jissell a
eltucumano.com.
El Negrito era un perro sufrido. A pesar de ser un animal cariñoso, en muchas ocasiones fue blanco de violencia y maltratos inimaginables. “Yo lo encontré con un alambre en el cuello. Con un grupo de personas lo ayudamos y desde ese momento se quedó siempre en la zona del centro”, recuerda Jissella. Tal vez por eso había forjado su propio carácter para sobrevivir en una ciudad convulsionada y hostil. Cuentan que era un tanto reacio a recibir caricias, y que se asustaba mucho cuando alguien le tendía la mano, salvo que fuera la de alguien que él reconocía como “amigo”.
El Negrito se fue el sábado, en silencio, ante la mirada esquiva de los peatones, pero a Jissella le quedó una reflexión: “el Negrito, como muchos otros animales abandonados en la calle, son una consecuencia de la irresponsabilidad del ser humano”.