Daniel se acostó anoche a las dos menos cuarto de la madrugada, pero no pegó un ojo: forma parte de un grupo donde se maneja información que lo tiene en vilo: "¿Cómo aguanto?".
Noches tucumanas, en vilo. Foto:
Daniel se acostó anoche a las dos menos cuarto de la madrugada, pero nunca durmió. Jamás despejó su cabeza. Dio vueltas en la cama, pateó la sábana con la punta del pie. Dio vuelta la almohada. Chequeó el celular hasta que no dio más: vio la hora, eran las 6.15, se levantó, salió de la cama y se fue a hacer las compras para un nuevo día: “No podía pegar un ojo. Estoy en un grupo donde todo lo que están anunciando ya se sabía. De los nuevos anuncios, de los rumores de cierre para los bares a las 20, ya me enteré: no puedo dormir, me duelen los huesos y es una condena a muerte".
La historia de Daniel es la de un hombre que trabajó 18 años en el comercio y que con su indemnización abrió su propio bar seis meses antes de la pandemia: las cosas iban relativamente bien hasta que el Coronavirus secó las pintas y limpió los platos. Luego del veranito de 2021, jura Daniel, las nuevas medidas que esta noche anunció el presidente Alberto Fernández, y a la espera de la definición de mañana jueves del gobernador Juan Manzur, lo dejaron a él, a los mozos, al que pela papas y al bachero, así: con la mirada perdida, sin saber qué hacer.
"Esto significa una condena a muerte. Y que quede claro antes que la gente crea que está hablando un rico. Yo soy un hombre de barrio, criado en la calle Chiclana, que invirtió sus ahorros en un emprendimiento, que ayer peló papas porque no pudo llegar el muchacho de la cocina. No soy solamente yo el que no puede pagar el alquiler a esta altura del mes. También es el mozo que sacó la heladera en 10 cuotas de 3600 pesos y la paga con las propinas y ya debe dos cuotas”.
"Ya con la restricción de las 23 horas nos sacaron el 85% de los ingresos: causan pánico, los clientes no terminan el plato. A las 22.30 se apuran para comer, tienen la preocupación, se van rápido, los mozos pierden propina, muchos pagan las expensas con la propina, por ejemplo. Son minucias que estas medidas no ven: se quedan con lo macro y no ven lo micro. Hay una saña contra los gastronómicos. Pero nadie dice nada contra los bancos, claro”.
“En nuestro bar controlamos que las mesas estén controladas. Se los decimos así a los clientes: tenemos que levantar la voz si es necesario. Siempre pasamos el alcohol en gel por todas las mesas. No es modo bar. Es un bar que cumple con las reglas. No es como los boliches que hicieron el modo bar y sabemos que no era así. Nosotros, por ejemplo, no permitimos cumpleaños más que de a 4 personas”.
“Es grave lo que está viviendo el sector gastronómico en Tucumán: en los primeros 10 días solemos juntar para el alquiler, la luz, el alquiler y los impuestos más fuertes. Ahora no. Si cierran a las 20, ¿para qué vamos a abrir a las 18? Esto es una condena a muerte. La última piña que nos faltaba. En el horario anterior hasta la 1, en una mesa común, cada uno se pedía una hamburguesa y 2 pintas; ahora se piden unas papas, una pinta y nada más, total ya comen en la casa. La pinta es como el cigarro en el kiosco: en el bar te sirve la comida, si te sacan la comida, te fundís”.
Asimismo, Daniel critica el control de las fuerzas en la puerta de los bares tucumanos: “Viene la Policía y no les importa si la gente se va: en el medio de una pandemia actúa como ave carroñera. Se olvidan si uno se está fundiendo: si nos van a cerrar, seamos subsidiados por lo menos dos semanas. Si yo cierro el viernes y les tengo que pagar el alquiler, no llego más a pagar 90 lucas de alquiler. Son manotazos de ahogados que da el Gobierno”.
“Hay que reconocer que la pandemia ha sido fuerte y es mundial. Pero no hay ninguna salida: de 20 bolsas de papas que compraba he pasado a comprar cuatro y todavía me queda 1, esas pequeñas cosas no ven. Vendía 14 barriles de Honey y este mes voy vendiendo 4. Es todo a la mitad, pero todo sigue subiendo: nunca pierde Edet, nunca pierde Gasnor”, reclama Daniel, desgastado, al borde de un ataque de nervios.
“Todo el mundo te dice: ‘Hay que reinventarse en pandemia’. El año pasado cuando el horario del comercio era de corrido, probamos al mediodía y vendíamos 47 viandas hasta que lo cortaron y pasamos a vender dos. Vos intentás por acá y te cobran por todo. No hay oxígeno: por una letra en el cartel, por una mesa en la calle, por todo te cobran”.
“Insisto: no es que uno se quiere victimizar. Cuando era empleado, vivía más tranquilo, con mi sueldo, con mi obra social. Esta es la última piña para muchos, están destrozando la gastronomía en Tucumán, conozco mucha gente que se está quedando sin trabajo. Hay gente se está quedando sin trabajo, hay gente que viene y me dice: ‘¿Querés anotar mis datos?’. Me lo dice porque no tiene ni para imprimir un currículum. O un chico bien me pidió para dos pañales. A la noche me duelen hasta los huesos. Si se aplica el cierre de las 20 horas por dos semanas, ¿cómo aguanto? ¿Cómo aguantamos?"