TESTIMONIOS

"No me daba cuenta": el secreto más difícil de una madre tucumana

Yenny rompe el silencio y, pese al dolor, lo cuenta todo en la redacción del diario el tucumano: su testimonio sin filtros sobre un tema del cual no se habla.

29 Abr 2021 - 22:17

El alcoholismo es una enfermedad incurable que puede ser mortal.

Yenny D. ingresa a la redacción de el tucumano con una botella térmica de agua en la mano. Todo lo hace en silencio acompañada de su amiga Adriana P., dice que está bien con su agua, escucha el testimonio de su amiga en silencio durante casi una hora y Yenny rompe ese silencio: “Durante mucho silencio pensé que estaba con un problema neurológico. Nunca me había dado cuenta de que lo que tenía era una enfermedad".

Bajo la luz opalina de la cocina del diario y sin tocar el agua todavía, agrega: "Yo he pensado que era un vicio lo que tenía, que era algo que hacías cuando estabas embolado o cuando te reunías con alguien y tenías que tomar. Pero ya en el último tiempo tomaba sola todos los días. Sí, yo lo atribuía al principio a eso. Pensaba: 'Estoy sola, ¿qué voy a hacer? No tengo nada para hacer. Tomo'. Pero cuando yo llego a la comunidad y me dicen: 'Es una enfermedad', yo no lo podía creer".

"En los últimos dos años que llevaba en carrera, yo pensaba que las mujeres no tomaban. Yo estaba en una reunión con mujeres, y veía que las mujeres tomaban, pero yo en un momento de la noche me desbordaba tanto que yo nunca me acordaba ni llegaba a verlas si se ponían (borrachas) como yo. Recién cuando se me pasaba el efecto, decía: 'Uy, yo soy la única boluda'".

Durante sus horas de lucidez y sobriedad, Yenny D. sobre uno de los temas tabúes y menos tocados le cuenta a el tucumano: “Yo iba a misa porque tenía que tener el papel bueno de buena señora y llevar a mis hijas a misa. Pero yo jamás escuchaba el sermón. Miraba a las mujeres a mi alrededor y pensaba: 'Seguro que éstas no toman'. Las miraba arregladas y decía: ‘Ay, tienen aros, yo no tengo’. Y les miraba los zapatos. Estaba sentada en una parroquia medio paqueta. El sacerdote me observaba y se daba cuenta que algo pasaba. Me observó durante tanto tiempo que se hizo amigo mío. Él sabía, sin que yo se lo confesara, que era alcohólica. Y se murió sin que yo se lo dijera”.

“Cuando yo entré en el grupo de Alcohólicos Anónimos fue por internet. En realidad no fue porque yo quería. Dios lo dispuso así. Acompañé a un familiar y me quedé. Era un domingo a la tarde. Era un grupo de zoom grandísimo de toda la Argentina. Nunca leí los testimonios. Hasta que a la noche, una mujer de Buenos Aires pide que se retiren todos los hombres del grupo y que quedáramos solamente las mujeres alcohólicas. Pero yo no hablaba: tenía mi cabeza inundada de alcohol. Me escribían por privado: "¿Estás bien? Por la boca te enfermás, por la boca te curás'".

“Hasta que llegó un día que no daba más y me dijeron me grabara un audio. No sé cuánto habrá durado ni si lo habrán escuchado: lloraba, gritaba. Pero me decían que lo importante era que yo estaba ahí, que quería dejar de tomar. Ahí había dicho yo que sí quería dejar de tomar. Empecé así. Esto fue el 29 de marzo del año pasado”, recuerda y acerca el rollo de papel de la cocina, para meterse de lleno en los días más difíciles que relatará a continuación.

“Yo venía dándole antes de que nos encierren. (Antes de entrar a fase 1) ya venían diciendo que iban a cerrar los bares. Entonces le venía dando yo (todos los días) para tener reservas. Y era todas las noches salir porque pensaba en aquel momento: ‘Esto en cualquier momento se va a la mierda’, pensaba. Cuando se corta todo (19 de marzo de 2020) y nos mandan a guardar, ya lo único que yo podía tomar era cerveza. Ya no podía tomar más nada. Antes me tomaba una botella de whisky en un día o en una sola noche. Tomaba tequila, vodka puro, puro, puro. A lo último ya no podía tomar ni vino. No resistía. Solo cerveza. Ya estaba en tratamiento, el médico me había dicho que tenía un quiste en el hígado, el médico me preguntaba si tomaba alcohol, yo le respondía: ‘¡Nooooo, doctor!’ Y me negaba, me hacían tomografía, y nunca le dije, hasta el día de hoy".

"Me acuerdo cuando el presidente (Alberto Fernández) dice que podíamos hacer las compras en el súper antes de que nos guardáramos, lo primero que hice fue entrar al Súper Vea: llené el carrito con fardos, fardos, fardos de cerveza y llegué a mi casa. Me vio mi hija y me dijo: ‘¡Mamááá!’. Le expliqué que una no sabía hasta cuándo iba a durar el encierro: ‘Aparte, hija, hay que sobrellevar esto, hay que estar medio alegre’. Mis hijas se creían todo lo que yo les decía. Me llevé todos esos packs de cerveza al lado de mi cama. Yo me sentaba y los veía ahí. Nunca he tenido problema para tomar cerveza con hielo, sin hielo, con nada. Vos me dabas alcohol puro y te lo tomaba. A la noche sacaba una lata, la tomaba, la ponía en una bolsa y así".

"Me levantaba medio tarde porque todos los horarios eran un desastre al comienzo de la pandemia: pensaba en poner la pava, pero mejor me abría otra lata. Me veía mi hija y me decía: ‘Mamá, ¿ya vas a empezar?’. Yo le decía: ‘Hija, con estos horarios que te acostás a las cinco y te levantás a estas horas. No es que estoy tomando a la mañana, ya van a ser las cuatro de la tarde’. ‘Ah, claro’, me decía ella. Me había perdido la mañana y ya tomaba a la tarde. La cosa es que le he metido todos esos 10 días".

Con un nudo en el estómago, Yenny D. dice: “Recuerdo que los últimos dos días ya estaba tomando hasta con mi hija la más chica. Mi hija tenía 20 años en ese entonces. Un día estaba sentada jugando a los naipes. Yo la veo que se había servido vino. La cerveza la había comprado para mí, pero además teníamos vino, fernet, vino espumante, por si a alguien se le antojaba otra cosa. Cuando me doy cuenta, al día siguiente mi hija seguía tomando conmigo. Me voy ese día al baño y me veo: era un cachivache. Estaba demacrada. Tenía las ojeras que me tapaban toda la cara. Ya había tomado dos días con mi hija. Mi hija mayor ya me decía: ‘Eh, mamá, ya te ha llamado dos veces la abuela. Dice por qué no la atendés’”.

A 13 meses de haber consumido la última gota de alcohol, recuerda: "Cuando entro a este grupo digo: ‘Esta es la oportunidad, a ver qué onda’. No he conocido otra forma. No he conocido otro modo. No he conocido otro método. Para mí era perfecto (a través del zoom) porque nadie me veía la cara. Apagaba la cámara y chau. Ellos te decían: ‘Vos escuchá, no importa si vos no querés hablar’. Era la reunión perfecta. Y yo me quedaba. Y ellas me hablaban. Y me hablaban por privado. Y conocí a mujeres maravillosas. Me veían a cualquier hora conectada y me escribían. Y así pasó el primer mes sin tomar. Y yo no lo podía creer. Y empecé con diarrea. Y fue cuando pensé: ‘Ahora me voy a morir’. Y fue cuando una mujer me dijo: ‘Es tu organismo que necesita el alcohol de cualquier forma. No le aflojés. Estabas tomando todos los días’. Y así: conté un mes, conté dos, conté tres meses. Mi hermano se quedó un fin de semana entero cuando ya iba tres meses sin tomar”.

“Cuando empezaron las reuniones presenciales, era la única que venía. Mientras me daban café, me decían que hablara de cualquier cosa, que les contara cosas de mi infancia, y así me fueron conquistando. Estaba yo y poca gente: un pendejo de la edad de mis hijas que ya llevaba cuatro años en la comunidad y dos hombres con más de 20 años en la comunidad súper recuperados. Era por mí que venía esta gente. No podía creer porque yo ya llevaba seis meses (llora). Es tan difícil... Y todo fue cambiando para mí. Yo fui mamá muy joven: a los 19 años y ya era alcohólica. Mis hijas no conocen una mamá nueva. Hasta ellas se sorprenden. Cuando cumplí un año (sobria), tres días me hicieron fiesta. No lo podía creer. Me hicieron en el grupo, me hicieron en mi casa, y al otro día un té".

“Hay mucha gente que no sabe que yo estoy en recuperación porque es como que tengo miedo. No vergüenza. Es como que tengo miedo de decirles: ‘Che, ¿sabés que voy a Alcohólicos Anónimos?’ Y de sentirme menos que ellos y querer volver a estar en la onda. Mi vida es esta. Mi vida es un mar: es todo alcohol. Todo. En la familia de mi mamá la mayoría de las mujeres murieron alcohólicas. Nunca vieron la luz. Entonces yo veo hacia el mar y me subí a una balsa. Pero yo me voy del grupo y vuelvo a la realidad: en mi familia toman todos. Todo el mundo: mi papá que es alcohólico recuperado, mi hermano y yo. El resto, todos. Entonces, yo digo: 'Soy un milagro'".

"En mi familia tomaban todos. Mi bisabuela murió alcohólica. Dos tías murieron tiradas en la calle ya para llevarlas al Obarrio. En mi familia nunca hubo diferencias entre el hombre y la mujer con respecto al alcohol. En mi familia, la mujer que no toma, no existe, es aburrida, la dejan. Toman chicos, grandes, viejos, mujeres. Entonces, imaginate lo que a mí me cuesta. Estos 13 meses me he alejado de esa parte de la familia. Intenté ir una sola vez y me hizo mal: parecía que me iba a morir. Y recién estoy aprendiendo a vivir".



  Si creés que tenés problemas con el alcohol, podés comunicarte a la guardia permanente en Tucumán: 0381-155379648




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