Una mujer que vive en Juan Bautista Alberdi tiene Covid y se le acaba de morir su esposo de la misma enfermedad. La mujer no puede vestirse de negro. Le recomiendan ni siquiera salir de su casa. Pero a falta de luto, el dolor es tan grande que
la mujer se enfunda en un camisolín celeste descartable, cofia y barbijo para llorar a su ser amado desde la vereda del cementerio.
Un empleado vuelve a trabajar después de un mes. Tiene órdenes de hacer una tarea que antes realizaba con su compañero. Pero ese compañero ya no está: falleció por covid. Entonces el empleado no quiere llorar delante de sus compañeros e inventa una excusa para salir a tomar aire y dar una vuelta a la manzana.
Lo que ve es brutal: una olla a presión en las calles a punto de explotar.
Hoy, sin ir más lejos,
una enfermera en Monteros rompe en llanto por los insultos de una vecina. Ayer, un ordenanza amenaza con tirarse al vacío. La semana pasada, un mozo acaba de perder a un amigo y sirve café con la mejor cara que puede. De vez en cuando, una joven llora en el baño de un call center. O un policía, de pie, se quiebra en el colectivo mientras el chofer se insulta con un delivery. Falta el diluvio universal, pero es el clima que se respira y el que escucha a través de llamadas y videollamadas el grupo de
Psicologías Sin Fronteras en Tucumán.
Psicologías Sin Fronteras es una organización no gubernamental nacida en España tras las inundaciones en la población de Biescas, donde murieron 87 personas y más de un centenar de heridos. Desde entonces, la idea de escuchar y contener al otro, entre psicólogos y estudiantes de Psicología, llegó a la Argentina en 2000 y
se instaló en Tucumán desde 2006.
La licenciada en Psicología, Paola Brito, y la futura colega, Laura Giménez Rojas, dialogan con el tucumano a través de Google Meet, una de las plataformas que utilizan junto a un grupo de 45 voluntarios en Tucumán para hablar con personas que necesitan precisamente ser escuchadas, tucumanos y tucumanas desbordados por el escenario que vivimos, en un contexto signado por la pandemia.
“
No todas las personas pueden ir al psicólogo. Antes de la pandemia, recorrimos la provincia siempre con un abordaje social: trabajamos con talleres para niños, dictamos talleres para mujeres, abordamos problemáticas de consumo, de alcoholismo. Tratamos casos de violencia de género, los pasajes evolutivos desde la niñez a la adolescencia, desde la adolescencia a la primera adultez, y dimos un primer acercamiento a trastornos mentales que puedan surgir.
Hasta que llegó la pandemia y cambió todo”.
Capacitadas para brindar el servicio de teleasistencia a la persona, primero se contacta a Psicologías Sin Fronteras por sus redes sociales y luego se derivan los casos a los voluntarios: “
Desde el comienzo de la pandemia fueron muchos los temas que tratamos como la situación de niños y adolescentes con la escolaridad, no solo por la presencialidad sino por la pérdida del vínculo humano entre alumnos. Lo mismo nos pasa con docentes y el estrés que sufren con burbujas de modo presencial y trabajo casi las 24 horas de modo virtual”.
Pero luego del verano que pasó por Tucumán,
el clima actual ha llegado de la mano del frío, del ahogo que representa la segunda ola de Coronavirus, del inaudito hecho de aclarar que hay otras personas que durante este tiempo también mueren pero no por covid. En síntesis: de convivir como nunca con la muerte, con la finitud y los dilemas existenciales que representan y fermentan napas de la salud mental trancadas por la inmediatez que demandó la primera ola: la necesidad de saber qué era el Coronavirus y la esperanza por la vacuna.
“Exacto: durante la primera ola, la prioridad era la vacuna. Ahora empieza a dársele algo de importancia a la salud mental de las personas, pero no, no termina de visibilizarse ni se aplican las políticas de Estado necesarias.
Por ende, están a la vista los efectos en la sociedad: hartazgo, cansancio, duelo”, explica Brito, quien atiende y supervisa el trabajo de área, quienes una vez en contacto con la persona destinan una sesión de 45 minutos virtual, equivalente al primer tiempo de un partido cuyo resultado es incierto.
“Cuando hablamos con una persona, los primeros minutos son muy importantes. Les decimos: ‘Este tiempo está destinado para todo lo que vos tengas para decir’. Muchas veces se quedan callados o empiezan a llorar. Claro que se nos hace un nudo en la garganta, pero tenemos una formación profesional que es la diferencia entre hablar con una persona formada para hacer P.A.P. (Primera Ayuda Psicológica) y con un amigo.
Muchas veces solamente los escuchamos llorar: por eso acá estamos, con la mano tendida. Cuando terminan de hacerlo nos dicen lo bien que se sienten después del alivio que significa descargar, llorar”.
“
Se producen charlas de todo tipo: hay charlas llenas de silencios, de lágrimas, de enojo. Hay temas puntuales que tienen que ver con lo cotidiano que plantea la pandemia: peleas por el espacio físico en la casa, peleas por quién usa la computadora o el celular. Nosotras somos la contención, la mano que sostiene. No prometemos soluciones, pero sí somos un espacio para el que necesita hablar”, agrega Giménez Rojas, desbordada de consultas a tal punto de que esta nota fue planificada hace casi un mes y concretada recién esta semana.
“Hoy por hoy, el virus en sí toca todo y penetra en el estilo de vida de la gente y explica lo estresados todo el tiempo que vivimos como sociedad. No solamente vamos perdiendo vínculos sino también a seres queridos.
Todo el tiempo nos encontramos con personas que atraviesan sus duelos en soledad: no saben qué hacer, no quieren hablar, no quieren preocupar a la familia, se guardan lo que sienten, no lo descargan. Para que todo esto no nos vaya comiendo hay que hablarlo, compartir nuestros problemas”.
“Si nos detenemos a pensar por un instante, vemos que la pandemia ni siquiera nos da tiempo a procesar el duelo. A diferencia de la primera ola, del comienzo de la pandemia, ya pasamos la incertidumbre y ahora sabemos a qué nos enfrentamos. Pero surgen problemas de comunicación de los referentes políticos y nos contaminamos de noticias, de estados en Facebook, de lo que escuchamos en la radio.
Hoy por hoy: todo es covid”.
Una vez producido el contacto a través de las redes sociales y derivados, Psicologías sin Fronteras reconoce que las consultas se han duplicado con la segunda ola en Tucumán
. Es tal la necesidad de la gente de hablar con un especialista en salud mental que el grupo ya planifica ampliar la cantidad de voluntarios, supervisar a los elegidos y así poder atender más casos, inclusive de manera presencial.
“Las consultas más recibidas son porque a una persona se le murió la familia, porque ellos mismos están con miedo de contagiarse, de morirse, porque necesitan realizar un duelo aunque sea virtual. La necesidad de la despedida forma parte de nuestra cultura y son cosas, procesos, duelos no hechos, que se van acumulando. Si bien es la primera vez que nos toca vivir una pandemia y que todo esto es nuevo, hay experiencias que sirven como base.
Temas como la muerte y la finitud no son nuevas: no tanto todo el tiempo como ahora, pero ya nos hemos enfrentado en algún momento a una situación así. Ya hemos tenido algún tipo de experiencia que nos sirve como base para enfrentar el duelo actual. Son experiencias pasadas que nos sirven como base para este presente”.
Sin dejar de lado consultas sobre casos de violencia intrafamiliar, de violencia de género, las especialistas insisten en que todo está marcado por la pandemia: “Las llamadas de ahora están más relacionadas a los duelos.
Por ejemplo, al no poder ir a un cementerio o estar presente en el entierro, hablamos con los pacientes en cómo realizar el duelo de otra manera, de recordar a ese ser querido: de plantar unas flores en el jardín propio, de tenerlos presentes en su memoria, de hacerle al ser querido un altarcito, de ponerle música.
Muchas veces escuchamos: ‘La vida sigue’. Pero hay veces que no hay que hacer nada. Salvo casos excepcionales, y que se entienda bien lo que decimos: no se cae el mundo si faltás al trabajo dos o tres días y te pueden cubrir los compañeros. La pandemia nos demostró que
la salida es colectiva”.
“Son en estos momentos donde tiene que aparecer la solidaridad del otro, del que está más entero, con más fuerzas para sostenernos. El individualismo no nos ha llevado a ninguna parte. Ojo: hay gente que necesita ir a trabajar para despejarse del dolor.
Hay que buscar las redes de contención. Si una vecina nos puede tener un rato al bebé para ir a la plaza del barrio a tomar unos mates y llorar en soledad, está bien. Tener ese tiempo de llorar porque no querés que te vean en la familia es necesario”, destacan.
“Recibimos tantas llamadas que hace un mes abrimos la convocatoria para agrandar la red de voluntarios y poder hacer un seguimiento a la persona que llama. Proponemos un seguimiento de dos o tres encuentros.
Cuando nos ponemos en contacto, lo primero que notamos es la respiración agitada, el tono de la voz angustiado, y trabajamos en lo que se denomina Psicología de la Emergencia”, destacan Paola y Laura, dos tucumanas que han llegado con una misión en este mundo y que, al igual que sus compañeros, reciben las gracias y el afecto por su loable tarea, fundamental, vital, necesaria, urgente, cálida y humana en los tiempos que corren.
“
La pandemia ha llegado para cambiarnos. No sé si es bueno, pero es diferente. Otra pregunta que surge de todo esto que estamos viviendo es: ¿para qué estamos? Hay gente que tiene todo resuelto, que económicamente vive bien, que no necesita ni salir de su casa para cobrar su sueldo, pero
cuando estás tanto tiempo conviviendo con vos mismo empiezan a aparecer otras preguntas: ¿es esto lo que quiero hacer?”
Por último, y antes de anunciar que a partir del servicio de teleasistencia que prestan, Psicologías Sin Fronteras en Tucumán está trabajando en ampliar el cupo a 20 psicólogos jóvenes supervisados para brindar más asistencia, el mensaje en común es uno y está destinado a quien haya leído este artículo: “No estás solo. Estamos para acompañarte. Dijimos que la salida a la pandemia es una salida colectiva. Debemos ser una cadena social.
No somos súper héroes que podemos con todo. No es un signo de debilidad llorar. Cuando compartimos lo que sentimos, es el primer paso: el que nos alivia, el que nos calma, el que nos ayuda, el que nos hace ver todo esto que nos está pasando, todo esto que nos está pasando”.