ALERTA MUNDIAL

"Millones de ucranianos y rusos murieron en la segunda Guerra Mundial y esto no puede repetirse"

Potente pedido de paz del tucumano Gerardo Pisarello, secretario primero de la Mesa del Congreso de España. Duro mensaje contra el lobby armamentístico, las reglas neoliberales y las grandes rivalidades geopolíticas imperiales.

24 Feb 2022 - 11:43

Gerardo Pisarello. (Foto: vozpópuli)

Tras el bombardeo ruso contra Ucrania, un tucumano alza la voz en Europa. Gerardo Pisarello, secretario primero de la Mesa del Congreso y protavoz de la Comisión de Exteriores, alertó que "millones de ucranianos y rusos murieron en la segunda Guerra Mundial y esto no se puede repetir", y cargó contra el lobby armamentístico, las reglas neoliberales y las grandes rivalidades geopolíticas imperiales.

Reporta Europa Press que Pisarello expresó su "más absoluto rechazo" a los ataques a Ucrania y remarcó que las tropas rusas deben retirarse "por el bien de la humanidad". En ese sentido, planteó que el Gobierno de España tiene la "obligación", en el seno de la Unión Europea (UE) y de Naciones Unidas, de trabajar "por el fin de la guerra y por la paz".

En ese sentido, admitió su "preocupación" por la ofensiva rusa, dado que la "guerra nunca es el camino" y este ataque supone una "vulneración flagrante del derecho internacional". "Millones de ucranianos y rusos murieron ya durante la segunda Guerra Mundial y esto, la verdad, no se puede volver a repetir", enfatizó el tucumano, y recalcó que no puede haber "miles de víctimas inocentes" y "miles de refugiados" atravesando las fronteras.

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Ayer, en el Congreso español, emitió un potente discurso con un mensaje de paz en el que cargó contra el lobby armamentístico, las reglas neoliberales y las grandes rivalidades geopolíticas imperiales, contra Estados Unidos y su Doctrina Monroe y contra la OTAN.

"Nuestra esperanza real está en que sean las gentes trabajadoras, que sean las mujeres, la juventud, que sean los movimientos feministas y ecologistas quiénes impulsen, desde ya, un movimiento por la paz y la seguridad colectiva", sentenció.

El discurso del tucumano Pisarello

La verdad es que que Vladimir Putin haya desconocido la Independencia y la integridad de Ucrania vulnerando el Derecho Internacional y que como reacción a ello de hayan anunciado sanciones drásticas contra Rusia no es una buena noticia.

Por el contrario, creemos que nos obliga a insistir como nunca en la necesidad de evitar una reacción en cadena y de buscar desde ya alternativas diplomáticas.

Una guerra que tendría consecuencias devastadoras para Ucrania, para Rusia pero también para Europa y el resto del mundo.

Y si esa guerra implicara la activación intencionada o por accidente de armas nucleares o de alta capacidad destructiva, el escenario sería todavía más espeluznante.

Nosotros creemos que no hace falta llegar a tanto, incluso tratándose de una escalada de sanciones contra Rusia, la sola amenaza de respuesta a esas sanciones ya generaría turbulencias que afectarían los precios de la energía, de los alimentos, de las necesidades cotidianas de la gente común.

Ayer mismo las naciones productoras de gas dijeron en Qatar que si las sanciones contra Rusia afectan a Europa Occidental ellas no podrían proporcionar cantidades suficientes de gas de reemplazo.

Por lo tanto nadie, absolutamente nadie, puede salir beneficiado de un escenario de escalada bélica y de represalias recíprocas. Salvo, quizás, el poderoso lobby armamentístico que hace tiempo lleva captando cifras millonarias que deberían invertirse en sanidad, en cuidado del medio ambiente, en ingresos dignos. 

¿Qué el discurso nacional imperial ruso de Putin sobre Ucrania ha sido una cerilla arrojada sobre un barril de petróleo? Sin lugar a dudas. 

Pero es inexplicable sin estos últimos 30 años en los que la OTAN, o mejor, los Estados Unidos, se han dedicado, no a buscar un acuerdo razonable de seguridad compartida sino a sembrar de bases militares y de misiles las fronteras con Rusia.

¿Qué país aceptaría una cosa así? Desde luego no lo harían los Estados Unidos si México, pongamos por caso, formara una alianza militar con un adversario directo suyo.

DE hecho, lo acaba de recordar el senador norteamericano Bernie Sanders. Los Estados Unidos llevan 200 años operando bajo la llamada Doctrina Monroe y arrogándose el papel de intervenir contra cualquier país que amenace lo que consideran su "esfera de influencia".

Bajo esa doctrina, en 1962 estuvieron a punto de desatar una guerra nuclear con la Unión Soviética porque esta colocó misiles en Cuba a 144 kilómetros, no en la frontera, de las costas americanas.

Y bajo esa Doctrina, que John Bolton y otros asesores de Trump consideraban de plena vigencia en 2019, los Estados Unidos han invadido o participado en el derrocamiento de decenas de gobiernos del mundo contrarios a sus intereses.

Lo que ocurre es que estos días estamos asistiendo a una amnesia selectiva y a un doble rasero escandaloso. El régimen ruso es efectivamente oligárquico y nacionalista que no parece ofrecer nada atractivo al pueblo ucraniano.

Pero nadie recuerda que esta deriva comenzó ya con el régimen neoliberal de Boris Yeltsin apadrinado por Occidente.

Nadie recuerda que cuando Putin lanzó su asalto brutal contra Chechenia en 1992-2000 fue aplaudido por Bill Clinton y por Tony Blair, simplemente porque en ese momento Putin respaldaba a Occidente en la mayoría de sus asuntos, incluida en la guerra de la OTAN en Afganistán.

Se habla con insistencia del carácter iliberal del régimen ruso actual. De acuerdo. Pero ¿cuál sería el orden sedisentemente liberal defendido por Estados Unidos y la OTAN?

Desde luego no el que pasó de proteger durante años las tropelías de Saddam Hussein para luego inventarse motivos para invadir Irak y apropiarse de sus recursos, dejando el país destruido.

Desde luego tampoco el que pasó de consentir los desmanes de Gadafi para luego impulsar una invasión militar a Libia cuyos desastres perduran todavía hoy.

Desde luego no el orden que nos trajo atentados en Europa y millones de migrantes tratados como objetos y devueltos a la desesperación.

Desde luego no el que silencia y borra a los palestinos mientras ampara a la Turquía de Erdogan, un país que está en la OTAN y al que se ha utilizado para masacrar a los kurdos o para prestar ayuda militar al Gobierno de Kiev.

Por lo tanto, no nos engañemos. Aunque Moscú tuviera regímenes diferentes al de Putin, continuaría legítimamente preocupada, al igual que Washington, al igual que Berlín, al igual que Bruselas, por las políticas de seguridad de sus vecinos.

Y esto, señor ministro, no lo están diciendo solamente pacifistas ingenuos. Ayer mismo, Javier Solana, repito, Javier Solana, decía: "Estamos viviendo las consecuencias de sugerir que Ucrania entraría en la OTAN".

Algo parecido han dicho exembajadores estadounidenses en Moscú, como Jack Matlok y militares alemanes como el almirante Kay-Achim Schonbach o el general retirado Harald Kujat.

Esto solo admite un corolario. Que igual que hay que exigir con claridad a la Federación Rusa que cese las hostilidades y respete la integridad territorial de Ucrania, también hay que exigir a la OTAN que desista de la idea de incorporar a Ucrania entre sus miembros, al menos aplicando el Artículo 10 del Tratado que la rige.

Y aquí Europa puede y debe jugar un papel. Que no puede ser asumir el impresentable discurso belicista de Boris Johnson. Que no puede ser asumir el discurso muchas veces exaltado del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, que ni Alemania, ni Francia, ni Italia, están reproduciendo.

Por el contrario, Europa puede y debe trabajar para erigirse en la mejor aliada de la paz, de la desescalada militar, de la desnuclearización y de un multilateralismo cooperativo y democrático. Y eso pasa por insistir contra viento y marea, en que la única solución realista y aceptable para Ucrania, para Rusia, pasa por una aplicación flexible, si se quiere, de los acuerdos confederales de Mink de 2015.

Ahora bien, todo eso exige de Europa a nuestro entender, inteligencia y valentía. 

Exige valentía, ante todo, para no resignarse a un papel subordinado y para creerse de una vez su autonomía estratégica de las grandes potencias.

Exige valentía para vincular esa autonomía estratégica a una autonomía energética que no se resigne a depender de las nucleares, del gas ruso o del gas esquisto estadounidense.

Una autonomía que implique un programa urgente y serio de transición ecológica que no sea puro bla, bla, bla y que solo puede conseguirse en un contexto de paz.

Este es el tipo de valentía inteligente que en plena Guerra Fría mostraron dirigentes como Olof Palme, como el antifascista italiano Alterio Spinelli o el propio Mijail Gorbachov, partidario de que Rusia y Europa formaran parte de una casa comú, colocando el diálogo y el objetivo de la paz en el centro.

Obviamente pensamos que es muy difícil que estos cambios puedan venir de una Unión Europea que todavía sigue demasiado condicionada por el lobby armamentístico, por las reglas neoliberales y por las grandes rivalidades geopolíticas imperiales.

Por eso, la única manera en que la paz se abra camino es que sea la ciudadanía organizada, comenzando por las clases populares que peor lo han pasado con la pandemia, quiénes alcen la voz.

Una guerra en Ucrania no solo podría llevar al corazón de Europa al peor conflicto bélico en 75 años. Frenaría los procesos de recuperación, las inversiones en salud, en educación, en vivienda y abriría las puertas a nueva Guerra Fría que resultaría terrible en recortes de derechos y libertades.

Por eso, nuestra esperanza real está en que sean las gentes trabajadoras, que sean las mujeres, la juventud, que sean los movimientos feministas y ecologistas quiénes impulsen, desde ya, un movimiento por la paz y la seguridad colectiva.

No hay otra alternativa. Frente a las mentiras de los señores de la guerra, frente al oscuro negocio de las guerras imperiales por el control de recursos energéticos, sólo hay un camino: la conquista ciudadana de la paz y de un orden internacional menos brutal, más cooperativo y sostenible.

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