CASO ALPEROVICH

“Allá quedaron las salidas a cafetear”: el apocalipsis de Alperovich en la mira nacional

Un artículo publicado en un portal de Buenos Aires repasa la actualidad del exsenador procesado por abuso sexual y recuerda sus viejas costumbres de poder, cada vez más un recuerdo de lo que supo ser durante más de doce años.

30 May 2022 - 18:28

José Alperovich, en San Pedro de Colalao, durante una salida de campaña en 2019. (Foto: Leandro Zerda)

Algunas veces, el dueño de casa bajaba por la escalera vestido, apenas con una bata de baño y un cigarrillo en la mano”, recuerda el periodista tucumano Miguel Velárdez sobre algunas de las costumbres que solía tener José Alperovich, antes de caer en desgracia. Lo hace en un artículo publicado en el portal elDiarioAR, en el que rememora las tradiciones de poder del exgobernador de Tucumán durante más de doce años y exsenador con mandato cumplido, supo cultivar y grabar a fuego en la memoria de quienes, en ese entonces, dirigentes y figuras de la política local que hoy lo niegan, no hacían otra cosa más que asentir y acceder a la voluntad del otrora –moleste a quien moleste- líder del peronismo tucumano.

Velárdez, que escribe en La Gaceta de Tucumán, vuelve a unir las piezas perdidas en el tiempo del manual alperovichista semanal, que dictaba, por ejemplo, que cada viernes debía organizar un asado para alinear a los popes y tomar decisiones de gobierno en una mesa algo más distendida que los escritorios de Casa de Gobierno. Aunque las malas lenguas de la época aseguraban que José Jorge había realizado algunas “mejoras” a su despacho para sentirse más como en casa. “Lo público y lo privado tenían una delgada línea de frontera”, describe el autor con precisión quirúrgica sobre cómo Alperovich concebía la vida política. O el poder, más bien. Una concepción que durante los primeros meses después de su eyección del sillón de Lucas Córdoba lo mantuvo como asesor de gobierno con todos los recursos del Estadio tucumano a su disposición, ya sea para salidas "oficiales" al interior de la provincia o viajes en avión provincial fuera de ella.

Hoy, con un procesamiento por abuso sexual encima, quien se mantuvo en la cresta de la ola durante más de una década se encuentra sumergido en las profundidades de un océano de dudas y, sobre todo, de silencio. Solo fotos y viejas publicaciones en redes sociales quedaron a la vista después del pasado 4 de mayo, cuando el juez Osvaldo Rappa resolvió procesar al exgobernador. Se ve, está ahí, pero permanece inerte. Ya no escribe, ya no habla, ya no desfila por los medios. Es un iceberg a la deriva y a merced del calentamiento global. Y el efecto invernadero avanza rápido. Seis a quince años es número que inquieta al clan Alperovich, que puede ser la pena que reciba el jefe de familia en caso de que la causa sea elevada a juicio y el procesado hallado culpable.

En resumen, las viejas costumbres de Alperovich ya no son tales. Y es lo que relata el periodista tucumano en su artículo, cuyos pasajes más destacados resaltamos a continuación:

Mientras gobernó en Tucumán, entre 2003 y 2015, Alperovich era un hombre acostumbrado a organizar reuniones políticas y de gestión en su propia casa, ubicada en Crisóstomo Álvarez al 4300. Lo público y lo privado tenían una delgada línea de frontera. Todavía hay quienes recuerdan los encuentros en la casa de José, tal como se hacía llamar por sus colaboradores. Era una práctica habitual que los funcionarios (desde ministros, pasando por secretarios de Estado hasta el rango de Director) llegaran de noche o de día a la casona de dos plantas. Estaba acostumbrado a que su vivienda fuera la cocina del poder. “Y la Casa de Gobierno era como su casa –advierte Milagro Mariona, vocera de la sobrina de Alperovich-. Lamentablemente es la manera de construcción patriarcal de la política, en general de todos los partidos –agrega-, donde el que está en el gobierno se cree el padre del pueblo”. 

Los viernes, Alperovich solía organizar asados en su quincho. Llegaban intendentes, comisionados rurales, legisladores, y concejales que respondían presurosos a su llamado. Aparecer en esa lista de invitados era una credencial de pertenencia al círculo de poder del peronismo. El resto de la familia se mantenía en la planta alta, mientras los funcionarios llegaban solos o en grupos y se instalaban en el living o se sentaban en el patio al aire libre a esperar que el entonces gobernador se mostrara para iniciar la reunión. Algunas veces, el dueño de casa bajaba por la escalera vestido, apenas con una bata de baño y un cigarrillo en la mano, tal como lo recuerdan algunos de sus habituales invitados.

Una de esas tantas reuniones que el ex gobernador dispuso en su domicilio particular derivó en un escándalo. Fue en la noche del martes 18 de abril de 2006, cuando un fiscal que debía investigar el crimen de Paulina Lebbos acudió a una reunión privada en la casa de Alperovich. El fiscal era Alejandro Noguera y la joven Paulina Lebbos, tenía 23 años, cuando fue hallada sin vida a la vera de una ruta provincial en Raco, a unos 35 kilómetros de la capital tucumana. Una de las líneas de investigación tenía en la mira a los hijos del poder. Esa hipótesis figuraba en la causa judicial y apuntaba contra los hijos de quienes ostentaban cargos de mucho peso político en Tucumán.

Otra costumbre que tenía Alperovich, siendo gobernador, era salir de su despacho de la Casa de Gobierno para hacer una ronda de café con sus colaboradores en algún bar céntrico, donde todos pudieran ver su presencia. Era el comienzo de su gestión provincial, a fines de 2003, cuando la clase política seguía distanciada de la sociedad y estaba fresco el recuerdo de la crisis de 2001 con los cacerolazos y el grito al unísono que se vayan todos. La mayoría de los dirigentes políticos no se mostraba en público. Sin embargo, Alperovich intuyó que podía aprovechar la luna de miel que le daba el hecho de haber sido recién electo gobernador y ordenaba que le armaran cuatro o cinco mesas con sus ministros y secretarios para cafetear en uno de los bares más concurridos del centro. En aquellas tardes en público, Alperovich se comportaba como si estuviera en el living de su casa. Inclusive hay quienes recuerdan que solía hacer alardes de sus virtudes varoniles. Aunque hubiera periodistas a su alrededor, no tenía filtros a la hora de hablar de esos temas

Con mayoría legislativa y el poder político en sus manos hizo reformar la Constitución provincial para habilitar la reelección. Por esa vía llegó a gobernar durante 12 años ininterrumpidos. En 2012, todavía le faltaban tres años en el poder, mandó a construir una nueva casa, más grande y cómoda, en la esquina de Martín Fierro e Ituzaingó, en Yerba Buena. Las reuniones se trasladaron a esa propiedad, donde actualmente vive Alperovich. Es una mansión, que ocupa media manzana, más confortable que la anterior y fue diseñada con un amplio salón de reuniones. En esta nueva casa es donde ocurrieron los hechos, según figura en el expediente judicial.

La sobrina que lo denunció en tribunales había empezado su labor en el Ministerio de Gobierno de la provincia. Luego fue asignada como asistente personal del ahora procesado en la planta transitoria del Senado Nacional. Ella se encargaba de la agenda diaria de reuniones. En abril de 2019, en plena campaña electoral, Alperovich visitó el estudio de TV de La Gaceta, donde hizo comentarios sexistas hacia Carolina Servetto, la periodista que lo entrevistó aquella mañana. Hasta ese momento, nadie sabía nada de su sobrina. En el escenario político no contaba con el apoyo de Cristina Kirchner, desde la Nación, y veía acercarse una derrota en las urnas. Había gobernado más de una década, pero esta vez se sentía traicionado por la dirigencia que migraba hacia Juan Manzur, el actual jefe de Gabinete de Alberto Fernández. “Así no quiero asumir. Mejor me voy a pasear a Miami con mis nietos o la puedo mirar más tranquilo a esta preciosura”, le dijo a Carolina Servetto. Hubo más comentarios e insinuaciones del ex gobernador. “Esta chica me encanta, es el perfil que a mí me gusta”, había dicho al comienzo de la charla periodística. La comparó con su esposa Bety Rojkés. 

Después de la entrevista se multiplicaron las críticas contra Alperovich por su comportamiento en público. La periodista tucumana admitió que se había sentido incómoda. “Fue una situación de atropello –dijo Servetto-, de mala educación, por parte de un entrevistado. Como periodista, uno procura manejarse con respeto, siendo absolutamente educado, porque así tiene que ser y espera lo mismo. Sin embargo, durante toda la entrevista, la situación fue diferente –resaltó- y es difícil cuando enfrente hay una persona que no está siendo educada”. Luego de aquel episodio, la campaña electoral cayó en picada y al final Alperovich terminó cuarto con apenas el 11% de los votos, muy lejos de Manzur. 

A los tres días de haberse efectuado la denuncia en su contra, Alperovich sabía que en el Senado no iba a poder caminar por los pasillos como si nada hubiese ocurrido. Intuía que si tensaba la cuerda podía terminar forzando a los diferentes bloques a una votación por su destitución inmediata. En ese momento solicitó la primera licencia en el Senado sin goce de sueldo. En ese texto dirigido a Gabriela Michetti, quien era en ese momento la presidenta de la Cámara Alta, dijo por escrito: “la imputación es absolutamente falsa. Y he sido víctima de denuncias en mi contra”. Nunca más volvió a sentarse en la banca, porque pidió sucesivas prórrogas a su licencia, inclusive con Cristina Fernández de Kirchner, en la presidencia del Senado.

El mismo día en que el juez Rappa firmó el procesamiento, el 4 de mayo pasado, Alperovich volvió a escribir en su cuenta de Twitter. “Jamás abusé de la denunciante y no existió ningún delito. Mucha prueba –aseguró-, entre ella testigos citados por la denunciante, me respaldan”. En tanto que la sobrina, apenas hizo la denuncia, cerró sus redes sociales, bajó al máximo su exposición pública y todavía mantiene su cargo de secretaria parlamentaria en el Senado, con categoría A7, en la grilla de agentes de la planta transitoria. Mientras tanto, Alperovich volvió a encerrarse en el silencio. Terminó su mandato, se quedó sin la banca del Senado y sin fueros. Desde aquel día, no hubo más tuits en su cuenta, ni selfies con sus nietos en Instagram. Está cada vez más recluido en su casa. Allá, muy lejos en el tiempo, quedaron las salidas a cafetear con amigos por los bares del centro y los asados con dirigentes políticos en su quincho, donde alguna vez ardía el fuego de la cocina del poder.

seguí leyendo