Tras un mes de emociones intensas, sin que nos demos cuenta llegó la Navidad que nadie vio venir, pero que llega con el mejor Niño D10S de la historia, con el regalo más grande y la felicidad que nunca olvidaremos.
Con los brazos abiertos nos despertamos, con los brazos abiertos y la sonrisa de oreja a oreja, con los ojos de par en par y en la plaza todavía, con la botella cortada, el fernet aguado y la cerveza caliente, nos damos cuenta que ha llegado la Navidad, invisibilizada por el Mundial más lindo de la historia, el que nos anuló la mufa y los asados de fin año para convertirlos en asados de final del mundo ¡Qué belleza!
Pero aunque Montiel patee mil veces ese penal eterno y el mejor Messi de hoy sea mejor que el Messi de hace 15 años, y aunque Mbappe llore desconsolado en los brazos del Dibu que lo pasea a lomos de un bondi descapotable ante cinco millones de personas en las calles y otros 42 millones de frente a las pantallas. Aunque esa postal de invierno haya vuelto en pleno verano y nos parezca tan inverosímil, en medio de tanta fiesta popular, llega, otra vez y como siempre, la Navidad.
La ineludible Navidad, con tantas connotaciones como seres vivos en la tierra, pero siempre implacable aunque que casi nos pase de largo este año en el que solo algún arbolito en las peatonal nos recordó que se venía en medio de la vorágine mundialista. Porque esta vez El Bajo vendió más gruinaldas celestes y blancas que rojas y verdes; porque en el centro se vieron (y se ven todavía) más cornetas que trineos; porque el Papá Lionel Scaloni nos trajo el regalo más lindo; porque el Niño D10S nos obsequió el fútbol más bello jamás jugado desde la lejana Qatar, mientras el D10S padre lo alentaba desde el cielo, con Don Diego, con la Tota y con todo un país.
Esa Navidad que amábamos de niño y que aborrecemos de grande cuando no nos cierran los números para afrontarla con sus regalos, turrones y panes dulces del hemisferio norte, con vitel toné de la abuela que extrañamos, de la tía que ya no está, con el recuerdo de la madre y el padre que nos faltan, este año será pura alegría porque volvimos a ser niños que coleccionamos figuritas y nos ilusionamos frente a los televisores, porque loramos, sufrimos, volvimos a llorar y a sufrir, una y mil veces, hasta treparnos al arbolito, a los faroles de las plazas, a las barandas de los puentes, a las ventanas de las iglesias, a las puntas de los obeliscos y Monumentos del Bicentenario. Fuimos niños felices otra vez, y a eso no hay Santa Claus que lo comprenda.
Y si de niños se trata, tal vez algunos crean o elijan creer que las navidades vienen con la Copa bajo el brazo, o que los Mundiales traen a Papá Noel con sus regalos. En general, no es ni una cosa ni la otra, pero quiénes somos para interrumpirle el sueño a un chico que no tardará más de un año en enterar que este diciembre fue tan distinto como inolvidable y que su camisetita que dice Messi y tiene 10 fulgurante en la espalda, venga de la Casa Adidas o del Persia, es digna de ser colgada en cuadro que en cuarenta años tomará mucho más valor del que podemos imaginar.
Las navidades, como los mundiales, siempre traen consigo deseos, promesas, balances, más deseos y más promesas, entonces ahora, cuando hace una semana tiritábamos del miedo en la previa de la final de nuestras vidas, y hoy nos encontramos poniéndoles luces al arbolito, mientras cortamos sanguchitos, sabiéndonos campeones del mundo por tercera vez en nuestra historia, pero para muchos por primera vez en nuestras vidas, no podemos evitar aunar las fiestas de todos los años, con la fiesta que no se daba hace 36 años.
Entonces, en las mesas navideñas con turrones españoles, garrapiñadas nórdicas, champagnes franceses y sidras asturianas, no se hablará de otra cosa que no sea de la alegría argentina: las atajadas del Dibu, las corridas de Molina, los cruces del Cuti, la calidad de Enzo, la majestuosidad de Messi o los festejos multitudinarios que nunca imaginamos ver y que por suerte vivimos para verlos.
Por eso, entre sanguchito y sanguchito, más de una ojeadita le pegaremos a los siempre añorados especiales de Lavecchia, esta vez más esperados que en cualquier otra Noche Buena de las últimas décadas, sabiéndonos campeones y sin nada que envidar, ni desear, listos para disfrutar.
Es cierto que no todo es fútbol señores, y muchos menos en la Navidad, pero quién interprete este artículo navideño como algo netamente futbolero, tal vez no haya entendido que esta Navidad, Noche Buena, Noche Vieja y Año Nuevo nos encuentra a nosotros, los tucumanos, los argentinos, en una situación de fiesta tal que cuando llenemos nuestras copas, que siempre tienen una mitad vacía que lamentar, esta vez podremos mirar al cielo y más que pedir un deseo, debemos agradecer porque los de arriba, los de abajo y los del medio estamos todos contentos.
Esta vez la grieta puede esperar, aunque haya algunos desesperados por volverla a abrir; y podemos brindar porque de vez en cuando la vida nos besa en la boca; porque la alegría no es solo brasilera; porque el sueño no es solo norteamericano; porque la ilusión siempre es mágica y porque a la felicidad, sea diaria, una vez al año, cada cuatro, o cada 36, siempre vale la pena esperarla. ¿Después? El tiempo está después. Feliz Navidad, Campeón Mundial.
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