Crónica

El rumor de la larga fila para la votación que más se hizo esperar

La escena se repitió en distintos paisajes de la provincia: largas filas de votantes esperando para participar de los comicios. Qué dijeron y qué hicieron los tucumanos en la espera electoral.

11 Jun 2023 - 20:59

La larga fila en las inmediaciones de la escuela Lucas Córdoba

Faltan diez minutos para el mediodía y el furor por la cantante Taylor Swift parece haberse trasladado de forma insospechada a Tucumán. La fila que arranca en la puerta de la escuela Lucas Córdoba se extiende a lo largo de dos cuadras y media. En las antípodas de eso que suele definirse como un día peronista, la jornada del domingo se presenta encapotada de nubes y gélida. Manos en los bolsillos, camperas infladas, capuchas y hasta algún gorro de lana cobijan a la hilera humana que apenas se mueve. La espera para dejar el voto en la urna es tan ordenada como resignada. Entre los presentes, predomina un murmullo de asamblea hasta que irrumpe una moto y dos viejos conocidos se saludan con gritos elocuentes:

- Compadre… ¿madrugando?

- Ehhhh vaciá…

Claudia llegó a las nueve y todavía tiene unas cincuenta personas por delante para ingresar a la escuela. “Encima el frío que hace…”, dice mientras se refriega las manos. “Ya me voy tomando tres cafés”, le confiesa un cincuentón a un amigo mientras se pecha una factura de crema. Para llegar hasta el final hay que seguir avanzando una cuadra más y doblar en la esquina. Ahí donde un hombre calvo espera entre el tedio y el letargo: “De acá vamos a salir como a las cuatro de la tarde”. Desde acá la escuela no se ve. Las únicas novedades son algunos rumores que trafican los de más adelante. Pero no dicen demasiado.

“Ni en pedo”, dice tajante una joven rubia al constatar que esa es la fila para votar y se va por donde acaba de llegar del brazo de su madre. “¿Ves? Eso te pasa por dormir… Si venías temprano, pasabas conmigo”, agita otra joven que acaba de salir de la escuela a uno de los recién llegados. Una moto se frena junto al hombre robusto de camperón negro y gorra de River. La señora que va de acompañante se acerca y le dice algo. Un par de puestos más atrás en la fila se escucha: “¿No querés que lo hable al gendarme para que te haga pasar?”. El tipo niega con la cabeza y, acto seguido, le da una nueva calada al Pier.

- ¿Y vos de cómo no te anotaste?

- Otra vez será para la platita… prefiero quedarme en la casa – contesta el hombre que apura el paso por la vereda del frente y carga una bolsa de la panadería.

“Si quieres llorar, llorá. Si quieres llorar, llorá. Si quieres llorar, llorá… que llorar no es pecado”. La casa de la familia Acosta y las cumbias enganchadas que emiten sus parlantes son un pequeño oasis en la lenta procesión de la fila. Tal vez para atenuar el frio y evitar un calambre inminente, la señora que espera detrás improvisa unos pasos en plena calle: “Lo que hay que hacer para pasar el tiempo”. Y el tiempo sigue pasando y la fila se mueve a un ritmo de pereza, pero avanza.

Desde acá, las urnas son parte de un continente desconocido que aguarda al final de ese río espeso de gente. Estas elecciones están marcadas por la espera, la paciencia y la incertidumbre. Desde que el fallo de la Corte Suprema de Justicia suspendió los comicios que habían sido previstos para el pasado 14 de mayo, las elecciones provinciales son una meta que se corre hacia adelante en la expectativa de los votantes. Parecen estar siempre un paso más allá. Más allá en el tiempo y en el espacio. Todos los que integramos la fila compartimos la certeza de que hoy se vota. Sin embargo, para el encuentro con las urnas, todavía sigue faltando.

“Querida… Hazlo por quién más quieras tú…”. Avanzar en la fila supone alejarse de la música. No hay otro soundtrack para el tramo final del recorrido que los escapes explosivos de las motos y los autos que se repiten. Las pizarras en las veredas anuncian locros y tamales. Alguien revela que compró ravioles para el almuerzo. Pero, para que llegue ese momento, antes hay que votar. Cada tanto, viene alguien a buscar al hombre de la gorra de River. Le muestran una lista, le consultan, le entregan unos papeles. Parece que le rinden cuentas. El tipo habla bajito. Desde acá no se escuchan sus palabras, sólo el humo de los Pier nos cachetea junto al frío. El resto es rumor y más espera.

“La Amelia quería venir a votar porque dice que están pagando. Ella ya no tiene la obligación de votar, pero puede votar igual”, le comenta un hombre a su pareja. Ya falta menos, apenas doblar la esquina y transitar los últimos metros de fila hasta el ingreso a la escuela Lucas Córdoba. “Va larga la fila, che”, anuncia un recién venido que otea desde la esquina.

Una vez adentro de la escuela, la fila se disgrega y se multiplica en muchas otras filas que se chocan y se mezclan en el patio. Los fiscales y autoridades de mesa se amontonan en los pupitres y dejan un pasillo estrecho para que circulen los votantes. “Te digo que hay más fiscales que votos…”, dice un hombre que acaba de salir del cuarto oscuro. Un niño juega a los autitos, ajeno al tumulto que lo rodea.

Acabo de arrojar mi voto en la urna. Ha pasado poco más de dos horas desde que llegué a la fila. Afuera, algunos murmullos indicaban que los punteros cambiaban troqueles de votos por dinero, pero sólo los recibían hasta el mediodía. De ahí que la gente haya llegado desde muy temprano a la escuela para votar. Mariana Varela, directora de la escuela Lucas Córdoba, da otra explicación: la abrumadora cantidad de fiscales que participaron de estos comicios y el escaso espacio físico de la institución. Para demostrarlo, me pide que la acompañe hasta el centro del patio y me muestra una de las 18 mesas disponibles. Contamos 27 persones, entre fiscales y autoridades de mesa. También me cuenta que faltaron diez de las autoridades y hubo que reorganizar las mesas. Distintas explicaciones posibles para la demora en la apertura de los comicios.

Son las 14. Afuera ya no hay filas para entrar a la escuela. Solo viento frío y la expectativa de una nueva espera.

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