En 1914, cuando Buenos Aires concentraba todo el poder intelectual del país, Tucumán fundó una universidad como apuesta federal y proyecto de nación, que convocó a filósofos europeos exiliados, formó al arquitecto más importante del siglo XX en lengua hispana y sembró institutos de investigación en todo el norte argentino. La institución que hoy meramente resiste fue, alguna vez, un semillero educativo y cultural sin igual en el NOA.
Rectorado UNT
Los primeros alumnos de la Universidad, posando en las puertas del entonces Departamento de Higiene, actual edificio del Rectorado. Año 1914. Del archivo de Medios UNT.
Cuando el doctor Juan B. Terán rubricó el Acta de Fundación de la Universidad de Tucumán el 25 de mayo de 1914, eligió para la nueva institución un lema en latín que sintetizaba todo un programa: Pedes in terra ad sidera visus. Los pies en la tierra y la mirada en el cielo. La raigambre de la nueva universidad estaría internada en tierra fuerte y viva de las necesidades prácticas. No era retórica ornamental, era una declaración de principios sobre qué tipo de casa de altos estudios quería construirse en el extremo norte de un país que concentraba su vida intelectual en Buenos Aires y Córdoba, y que miraba con incomodidad cualquier ambición cultural que emergiera desde las provincias del llamado “interior”.
La oposición más enérgica a su creación provino de la Capital Federal, que no toleraba la pérdida de su cuasi monopolio académico y se resistía a una fundación que representaba un avance hacia la descentralización y el federalismo en el terreno de la ciencia. Tucumán tardó años en vencer esa resistencia. Lo hizo el 2 de julio de 1912, cuando el gobernador José Frías Silva promulgó la ley de creación de la UNT. El 25 de mayo de 1914, con Roque Sáenz Peña en la presidencia y Ernesto Padilla en la gobernación, la universidad abrió sus puertas. Fueron firmantes del Acta de Fundación, junto al propio Terán, Ernesto Padilla, Joaquín V. González, Raúl Colombres, Miguel Mario Campero, José Padilla, Sisto Terán y Manuel Páez de la Torre, entre otros. Al asumir, Terán formuló la promesa que definiría a la institución: “Como de toda fundación intelectual, la apertura de la casa es el punto de partida de una evolución indefinida.”
La nueva universidad no nació de la nada, se nutrió de instituciones preexistentes como el Instituto Agroindustrial —donde ya se dictaba ingeniería con orientación a la industria azucarera—, el museo de ciencias naturales a cargo del naturalista Miguel Lillo, el archivo histórico de la provincia y los cursos de ciencias sociales. El Museo Lillo, en particular, era ya entonces una referencia científica regional que la UNT absorbió y potenció. Surgió además como universidad provincial, para nacionalizarse recién el 3 de abril de 1921, mediante la Ley 11.027 sancionada durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen. La transferencia formal de bienes de la provincia a la Nación se completaría en 1935, durante el segundo mandato de Miguel Mario Campero, lo que constituye dos décadas de gestión para consolidar lo que Terán había fundado con una firma.
La primera gran apuesta intelectual de la UNT llegó en 1936, cuando por resolución del Consejo Superior se creó el Departamento de Filosofía y Letras, designando como primer director al distinguido filósofo español Manuel García Morente. Junto con él llegaron a Tucumán Lorenzo Luzuriaga y Clemente Hernando Balmori. García Morente era entonces uno de los intelectuales más relevantes del mundo hispanoparlante, traductor de Kant y de Husserl al español, discípulo dilecto de Ortega y Gasset. Que esa figura llegara a Tucumán no fue casualidad: fue el resultado de una política universitaria deliberada de apertura hacia los exiliados de la Guerra Civil española y, poco después, de la Europa dominada por el nazismo.
Bajo la dirección de Risieri Frondizi entre 1938 y 1943, el Departamento de Filosofía y Letras llevó adelante una intensa actividad con el fin de atraer a intelectuales y académicos exiliados tanto de la España franquista como de la Europa dominada por el nazismo. Frondizi, que sería luego rector de la Universidad de Buenos Aires, hizo de Tucumán un polo intelectual sin parángon en el interior del país. Confluían allí no solo exiliados europeos, sino además colegas argentinos y latinoamericanos como Enrique Anderson Imbert, Alfredo Pucciarelli, Juan José Arévalo, Marcos Morínigo y Aníbal Sánchez Reulet. Entre los europeos llegados de Italia figuraban el sociólogo Renato Treves y el filósofo Rodolfo Mondolfo; de Francia, el politólogo e historiador Roger Labrousse.
Mondolfo merece párrafo propio. Autor de más de trescientas cincuenta obras sobre el pensamiento griego y el marxismo, era en los años cuarenta una de las figuras más importantes de la filosofía occidental en lengua italiana. Tanto Mondolfo como Risieri Frondizi dejaron su impronta no solamente en sus clases magistrales sino también en el modelo de universidad que propusieron y de hecho pusieron en práctica, reflexionando acerca del papel que tienen las casas de estudio y sus vínculos con la sociedad de su tiempo. Que un estudiante del norte argentino pudiera asistir a las clases de esas figuras en las aulas tucumanas no era un dato menor: era la prueba de que los pies de Terán habían pisado la tierra con suficiente firmeza como para que la mirada llegara, efectivamente, a las estrellas.
La etapa de mayor expansión llegó con Horacio Descole, el biólogo porteño que asumió la intervención de la UNT en 1946. Fueron años esplendorosos de riqueza cultural y educativa en el territorio del NOA, con grandes cambios estructurales que transformaron a la UNT en algo más que una universidad provincial. Fue el sostén científico e intelectual de toda una región. Descole organizó institutos de investigación con dedicación exclusiva y convocó especialistas europeos; con su decisión y el trabajo de investigadores como Abel Peirano, logró traer de Europa varios especialistas que, integrados a los centros de investigación, constituyeron las bases de carreras como Geología e Ingeniería Geológica. La ambición cultural del período no se limitó a la ciencia: bajo ese rectorado la UNT impulsó el primer diario universitario de Argentina, una iniciativa que hablaba de una institución que no solo producía conocimiento sino que se concedía a sí misma el rol de actor cultural de la región.
La proyección geográfica de la UNT en ese período fue inédita y no se repetiría. Desde Tucumán se investigó sobre la geología y minería de gran parte de Salta y Jujuy. La Escuela de Agricultura que la UNT estableció en Santiago del Estero en 1949 fue tan relevante que dos décadas después sirvió de base para la creación de la Universidad Nacional de esa provincia. Lo mismo ocurrió con los institutos jujeños que Descole impulsó: dos décadas más tarde se convirtieron en la base de la organización de las universidades nacionales de Jujuy y Salta. La UNT no solo formó profesionales: literalmente fundó el sistema universitario del norte argentino.
Fue también en esa época cuando nació la Escuela —luego Facultad— de Arquitectura y Urbanismo, y con ella el capítulo más luminoso y más doloroso de la historia institucional. Los profesores Eduardo Sacriste, Jorge Vivanco y Horacio Caminos construyeron una casa que estuvo a un tris de la excelencia; los claustros promovían el pensamiento abierto y libre y el inconformismo. “Solamente la autocrítica conduce a la perfección”, resumía Sacriste en 1991.
De esas aulas salió el tucumano César Pelli quien realizó sus estudios secundarios en el Instituto Técnico de la UNT y continuó su formación en arquitectura en la misma universidad, graduándose en 1948. Lo que vino después de mudarse a Estados Unidos a principios de los 50’s es historia universal. Llegó al decanato de la Facultad de Arquitectura de Yale entre 1977 y 1984, creó las Torres Petronas de Kuala Lumpur —las más altas del mundo entre 1998 y 2003— y fue premiado con la medalla de oro del Instituto Estadounidense de Arquitectos. Con nostalgia, Pelli relataba cómo sus tres maestros tucumanos le enseñaron el valor de la profesión: de Vivanco aprendió que la arquitectura debe estar integrada a los grandes movimientos de la época; de Caminos admiraba la pasión por la obra; de Sacriste rescataba el amor por el detalle constructivo y la búsqueda de una manifestación siempre en relación con su entorno.
Esos mismos tres maestros fueron además quienes, bajo el rectorado de Descole, diseñaron el proyecto más ambicioso de la historia universitaria tucumana: la Ciudad Universitaria en el cerro San Javier, un campus de escala continental que nunca se construyó y cuyos planos originales permanecieron décadas en la planoteca del Rectorado (ignorados o declarados inexistentes por quienes debían ejecutarlos) en lo que constituyó una oprobiosa malversación de fondos, que este medio ha investigado y denunciado consistentemente.
Maqueta del Proyecto de la Ciudad Universitaria de San Javier que quedó trunco.
La historia de la UNT es también una historia de interrupciones a las cuales se ha sobrellevado no sin duros embates. Según el historiador Roberto Pucci en su trabajo Pasado y presente de la universidad tucumana, desde 1914 hasta el retorno definitivo de la democracia en 1986, la UNT tuvo más interventores que rectores elegidos. De los 72 años transcurridos entre la fundación y la normalización institucional, la universidad pudo elegir sus propias autoridades sólo en períodos acotados, cuando no era conducida por funcionarios designados desde el poder político de turno. Cada dictadura diezmó su plantel. El régimen militar de 1943 significó el despido de docentes como los hermanos Silvio y Risieri Frondizi; el golpe de 1966 cerró facultades y expulsó generaciones de investigadores; y durante la última dictadura militar de 1976 se intervino a todas las autoridades universitarias de la UNT, disolviendo los centros estudiantiles, censurando programas de estudio y perpetrando los secuestros y posteriores desapariciones forzadas de alumnos, profesores, no docentes y académicos.
Como consecuencia, cada reconstrucción fue parcial. Si bien la democracia de 1983 devolvió la autonomía, no devolvió los recursos ni los investigadores dispersos. Desde la normalización institucional cuando la Asamblea Universitaria eligió en 1986 a Rodolfo Martín Campero como rector, la UNT creció en matrícula y en facultades, pero la brecha entre la institución que fue y la que es se fue ensanchando silenciosamente, con cada presupuesto recortado, con cada investigador que se fue al exterior, con cada edificio que se deterioró sin reemplazo.
Hoy la UNT tiene unos 70.000 estudiantes, trece facultades y ocho escuelas experimentales. Su red de institutos sigue produciendo ciencia en condiciones que avergonzarían en cualquier comparación internacional. Sus egresados están en las universidades más importantes de Europa y América, en organismos multilaterales, en laboratorios de todo el mundo. La Fundación Miguel Lillo sigue siendo referente en biodiversidad del NOA. La institución que formó a César Pelli, que recibió a Mondolfo, que García Morente describió como capaz de hacer “una labor formidable de organización”, todavía late.
El lema Pedes in terra ad sidera visus sigue tallado en la piedra del Rectorado. Y la pregunta que 2026 pone sobre la mesa es si quienes aspiran a conducir esa institución la consideran una tierra de promesas o apenas una herencia de batallas perdidas. Quedará en la ciudadanía universitaria recuperar la memoria de lo que la UNT puede aún ser.