Se conocieron nuevos detalles de la epopeya del “Decano” en tierras ecuatorianas.
Con el paso de los días se conocen nuevos detalles de lo que fueron los mil y un obstáculos que tuvo que atravesar la delegación de Atlético Tucumán para llegar al Estadio Olímpico Atahualpa, de la ciudad de Quito.
Tras la irregular situación vivida en Guayaquil, luego de haber viajado en vuelo de línea hacia Quito y de haber sido los primeros en bajar del avión, por un permiso especial concedido por el piloto, el plantel, el cuerpo técnico y algunos dirigentes su subieron a un colectivo que los esperaba para trasladarlos a toda velocidad y con escolta policial hacia la cancha.
Un trayecto de ruta en cerro que, en una situación normal, le lleva a cualquier ómnibus no menos de 45 minutos, y que esta vez se completó en 21.
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Lo que no se conocía hasta ahora es que, en un momento de ese trayecto el micro se descompuso y detuvo su marcha. “Fundimos el motor, hasta acá llegamos” disparó el piloto, hacia un grupo de personas que por ese entonces ya estaba en un estado de desesperación total.
“Hacelo arrancar como sea, maestro”, le respondieron en un tono bien tucumano. Primer intento, fallido. Va por el segundo, también fracasa. “La tercera es la vencida”, se escucha en el pasillo, pero tampoco. La situación era crítica, cuando se intentó por cuarta vez y la máquina logró arrancar.
El rugido del motor fue celebrado como un gol, por un grupo de jugadores que de inmediato entonó “viejo y glorioso decano, de corazón sin igual”. En el último tramo de la ruta, los futbolistas cantaban como hinchas, y llegaron con ese entusiasmo al estadio. Habían pasado una tarde de locos, habían superado todas y cada una de las adversidades que se les había presentado, solo les faltaba una cosa más para que la historia sea perfecta. El desenlace ya lo conocemos.