El equipo de Forestello se despertó en el complemento y mereció los tres puntos. La mano del técnico, la mentalidad del equipo y el resultado de un examen que se rinde todas las fechas.
Todos los abrazos son para el Taca. Foto Camila Ramenzoni para SanMartinTuc
"¡Damián! ¡Damián! ¿Qué hacés? ¿Querés hacer el gol del campeonato?", le preguntó Forestello a Damián Arce. "¡A Bieler! ¡Dásela a Bieler!", le gritó el DT al 10 de San Martín. Damián, Damián, intentó calmarlo con las manos, pero al cierre de esta edición, Forestello seguía caliente, lamentándose el triunfo que San Martín tuvo en los pies después del empate, pero que no llegó.
La anécdota en cancha pinta de cuerpo entero el espíritu ganador del entrenador que llegó para ponerle un sello de realidad a los sueños de ascenso. No, no alcanzaba con el empate. No, no quiere individualidades. El lema es: "Esto es un equipo y nadie se hunde ni se salva solo". Sobre todo cuando la fórmula de la felicidad había sido patentada unos minutos previos al reto al enganche que, salvo esa acción, estuvo a la altura: Galeano se acomodó en el mediocampo, la pisó, le puso crédito al botín, se comunicó con Arce y ¡Damián! lo habilitó a Bieler para que el capitán lo grite como no lo había gritado antes y confirme su racha goleadora clave para esta recta final, para un equipo con ambiciones de Primera.
Esas ambiciones son las que se transmiten desde el banco: si Graciani no entiende que aquí se está jugando una final, sale. Y entra Altuna. Y aquí es donde Forestello saca pecho: en un plantel corto, encuentra variantes, le saca agua a las piedras y mete una variante y el ingreso clave del partido saca lo mejor de San Martín que llega al empate, que se muestra superior física y mentalmente a un equipo, a Almagro que, si ganaba, quedaba puntero.
El espíritu ganador también se nota en el otro Arce, en Ignacio, que saca una contra rápida con el 1 a 1 y los últimos minutos de juego. No, no se tira a hacer tiempo. Descuelga y, así como se la puso en el pecho a Matías García contra Chicago, se la deja en los pies a Gonzalo Rodríguez, que desborda por enésima vez su carril y le hace caso a Forestello: se la da a Bieler, ¡a Bieler!, que saca una volea de zurda que si entraba...
Pero no entró la volea. Como tampoco entró en juego San Martín en el arranque del partido. Salvo Gonzalo, buena parte del primer tiempo hubo que esperar que el equipo se saque la almohada de la cara. Se sacó Forestello con Galeano, Espíndola y el que se cruzara cerca, pero no hubo caso: el gol de Almagro condujo a San Martín al vestuario sin nada, un vestuario donde quienes estuvieron ahí, juran y perjuran que las arengas fueron mutuas, que a los gritos se entendió lo que se jugaba, y la multitud que los miraba.
En el complemento ya se vio al equipo ganador que todos quieren, el que mantiene vivo el sueño de San Martín, el otro sueño, el más lindo, el de un equipo que todos los fines de semana rinde un examen sin margen de error, que cada fecha se juega una final. Y las finales no se merecen: se ganan. Pero si no se ganan, tampoco se pierden. Al fin y al cabo, todos puntos que pueden valer mucho, muchísimo a futuro. O sin ir más lejos, dentro de siete días, contra Instituto, a cancha llena, en Ciudadela.