Minuto a minuto, latido a latido, golpe a golpe del domingo bajo la lluvia que quedará grabado a fuego en cada hincha y jugador protagonistas de la resurrección más esperada y celebrada.
La última escena: todo San Martín sale a abrazar a Galeano, todo Dálmine derrumbado. Foto de Nicolás Núñez.
Si así se vuelve a la vida después de haber conocido la muerte, entonces cada gota de agua que ha caído, cada lágrima que ha sido derramada esta noche, todo ha valido la pena. Es un diluvio universal que empapa Ciudadela, es el llanto de los que están allá arriba, alentándote desde el cielo, y es el de los que están acá abajo, apretados, mojados, con capuchas y camperones al principio, en cuero y la camiseta al viento después, ya con los paraguas rotos, descascarándose contra el alambrado porque aquí, cuando el partido se moría, cuando todo era nada, cuando el sueño se convertía en pesadilla, cuando los que creen en el más allá ya se miraban entre ellos, buscando una razón, un sentimiento, cuando San Martín se quedaba afuera del primer paso del último camino que lleva a Primera, aquí ha ocurrido lo milagroso, lo estoico, lo que se guardará para toda la vida, lo inolvidable.
Cuando te quités las medias, las zapatillas, el pantalón, la camiseta, cuando pongás toda esa ropa a secar, cuando busqués en el celular para saber quién hizo el tercer gol, qué le pasó a Arce, cómo se metieron los hinchas por las ventanillas del colectivo de los jugadores ya en las calles, cuando hagas todo eso vas a sentir un pequeño dolor de cabeza como Maxi Martínez en la conferencia de prensa, que cierra y abre los ojos y mueve y cierra la mandíbula para tratar de relajarse, o vas sentir una pequeña puntada en el pecho todavía caliente pese al frío y al agua, nada grave, pero ese retazo de un corazón que ha latido al compás de una noche que trasciende al resultado, que tira contra un rincón la ropa de la hazaña, de lo épico, de lo milagroso que ha pasado en la última pelota, en el pie del más creyente de este equipo, de Juan Galeano, en el mismo arco del gol de Agudiak, dónde más, pero esta vez para pegarle con alma y vida arriba y que todos los violetas caigan derrumbados en la escena final, en la que el héroe sale corriendo sin saber adónde mientras Busse se trepa al alambrado de la Pellegrini, y se baja para sumarse a la montaña de compañeros que atrapan al goleador, y que le sacuden la cabeza como Benegas, mientras Gonzalo Rodríguez cae de rodillas, y Maxi Martínez abre las piernas y con las manos le muestra al banco de suplentes que así de grande tienen los huevos estos jugadores, como dice la canción, esos que ponen para ser campeón. Y que eso tampoco se olvida.
Porque la tarde noche memorable de la resurrección empezó con clima de perdón a los jugadores por los errores cometidos en Adrogué, en absoluta comunión con el plantel, cantándole al ascenso, con la lluvia tan fuerte que despinta la popular y las butacas de la platea y te manchan las manos que se agitan mientras se canta que esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar, pero San Martín vuelve a salir dormido y no agarra la pelota y Dálmine parece la Fiorentina o aquel Dálmine que fue puntero y que sorprendió en esta misma cancha a San Martín, pero al otro equipo, al del semestre pasado, y lo sorprendía con el mismo hombre, con el 7 barbudo intratable, Pablo Burzio, que al igual que en el antecedente inmediato, aprovechaba un descuido defensivo, una salida tardía, y ponía el primero para golpear de entrada. Entonces era como si San Martín volviera a ser aquel equipo del pasado y no esta versión 2018 que ha cambiado la imagen y se ha ganado la ventaja deportiva, como recuerda Forestello, en la cancha, metiéndole 39 puntos, una ventaja que no servía de nada y hacía de los minutos la más absoluta desolación entre los hinchas y en el equipo que no reaccionaba ni daba señales de vida con el propio Galeano, Matías García y Busse, con el propio Gonzalo y Bieler apagados, golpeados, sin sacarse la ropa de la final perdida en Adrogué.
Ni siquiera la suerte le sonreía bajo esta lluvia de mierda que no quiere parar a San Martín y cuando Gonzalo Rodríguez quedaba mano a mano con el arquero, la pelota pegaba en el travesaño, recorría toda el área y Taca no llegaba a empujarla, en un gol que hubiera cambiado todos los planes, en el 1 a 1 que no fue, que te hubiera ahorrado la consulta del lunes en los mejores cardiólogos de la provincia, la cola en el Subsidio, la guardia de turno, la cola en la farmacia para una tira de Lotrial, y todo lo que haga falta para que bajara la presión que se sintió en cada pelota, pero ninguna como esa que pegó en el travesaño y de esa contra llegó el segundo, el 2 a 0, el del golpe a la ilusión, el que si no era letal solo se debía a que San Martín tenía el tiempo, el tiempo como único aliado, todo el complemento para llegar al empate, por lo menos al empate.
Forestello se molestó porque se viralizó la terrible arenga que dio en Adrogué y se lo entiende. La que no se sabe y quedará bajo siete llaves es la que pegó en el entretiempo ante un equipo que estaba a 45 minutos de quedarse en la vía, en la nada, con todo mayo, junio y julio en la nada misma. Entonces llegó el mensaje del técnico y lo trasladó a la cancha sacándolo a Serrano y su noche de terror, mandó al gigante Costa para que con sus 168 centímetros hiciera algo, lo que pudiera, lo que estuviera a su alcance para romper por abajo lo que por arriba era imposible. Pero nada de lo que sucedería a continuación hubiera sido posible sin los laterales de San Martín, sin Maxi Martínez por izquierda, enorme, jugando cada pelota al límite, como la última porque era la última y su San Martín no podía quedarse afuera, empujando al equipo hasta la puerta del área y un penal que el árbitro no compró, como tampoco tiene precio lo que hizo Busse desdoblándose, jugando como 4, corriendo y salvando hasta de rodillas lo que hubiera sido el tercero que hubiera terminado de liquidar este pleito.
Pero con Costa, Busse, Maxi, con los intentos de Galeano, con los desbordes de Gonzalo, con Caco recuperando de a poco el nivel, con Altuna inmenso y al borde, con Taca pidiendo que le llegue una, con todo eso no alcanzaba y los hinchas de San Martín lo sabían, sabían que sin ellos nada hubiera sido posible, entonces no tuvieron mejor idea que en el peor momento del campeonato, cuando faltaban 20 minutos y la lluvia apagaba el sueño, en ese momento no tuvieron otra razón de ser que sacarse toda la mufa cantándole al país que aunque no demos la vuelta, Ciudadela es una fiesta y que de repente esto se parezca al clima de un equipo que gana, gusta y golea, con los flashes de los celulares encendidos, las bengalas por todos lados y el arquero de Dálmine llorando por si le cae uno y un grito, quizás el último de la esperanza: "Ya te va a faltar el tiempo". Un grito, un empuje ensordecedor, la sentencia de que esta gente no se merece que el sueño muera, y menos cuando Costa rompe las líneas, gambetea sin que nadie lo pise y clave el descuento, el que se grita como el gol que transmite la sensación de que si entró la primera, tiene que entrar la segunda, esa sensación que quedó postergada en Adrogué. Y llega: la sensación llega y se traslada a los pies de Bieler, de quién más, de Taca, del capitán, del goleador, para que te abraces con quien sea, no importa, para que te confundas, no importa, para que confirmes que es Bieler recién cuando pega el salto con el puño apretado, para que la locura se traslade en todo el estadio y las tribunas canten desacopladas que San Martín es un sentimiento.
Pero en esa falta de sintonía entre las tribunas, en esa confusión de los abrazos con alguien desconocido, en esas primeras lágrimas al cielo, bajo esta lluvia que no para de caer, cae el centro de Dálmine, Ignacio Arce sale tarde y se queda quieto ante el cabezazo que da en el palo y ante el cabezazo que entra adentro y dispara camisetas violetas por toda la cancha y se grita por televisión en otros barrios de Tucumán. El arquero no cae, se lleva los guantes a la cabeza y no cae, San Martín ya ha sacado del medio y no cae, llora, se tapa la cara con la camiseta y está así unos minutos, como todos los hinchas, quietos, incrédulos, sin entender cómo, cómo todo lo que costó se va así, con un hombre más y dos goles abajo, con Busse inmenso, con pelotas en el área a las que le faltaba el último empujón y no entraba, con el mundo viniéndose abajo, sintiéndolo en tus rodillas, ahora con la pregunta al de al lado, tironeándolo, cuánto falta, cuánto dio el árbitro, cuánto le queda a la ilusión.
Lo que le quedaba a San Martín eran segundos, lo que faltaba era lo mejor: una pelota saltando por los aires, el centro de Matías García, el cabezazo a la red de Altuna, el despeje milagroso en la línea, el despeje corto, chingueándola para que otra vez vaya a la cabeza de Altuna, y otro despeje, ahora casi en contra, el manotazo del arquero, el manotazo de ahogado, todo seguido de cerca por Gonzalo Rodríguez, todos en el área, un flipper de segundos que te quitó años de vida, una pelota empapada que toma Gonzalo y hace la pausa del año, justo él, para tocar atrás, seis piernas visitantes que no llegan a la pelota, a la pelota que con toda la clase y la vida le da Galeano, arriba, al fondo de la red, para que los locutores pierdan la voz, para que los hinchas ya no lo puedan creer, y se agarren, y ahora sí, ahora sí sientan que los milagros ocurren, otra vez, en el mismo arco, un gol que tapa todo, el agua, el juego, la salida de Arce, la tarde de Adrogué, un gol que mientras se agarran a piñas los jugadores en el final y hay hinchas descompensados que se van en ambulancia, mientras Forestello se va con los puños apretados, corriendo al vestuario para gritarlo en soledad después de abrazarse con un alcanzapelotas, mientras Maxi Martínez se trepa al alambrado, mientras vos volvés y la ropa empieza a secarse, mientras todo eso pasa, y antes de salir a festejar por las calles de Ciudadela, ya sólo quede tiempo para leer una frase escrita en letras rojas y blancas, inmortales en el trapo empapado junto al alambrado: "Los grandes como San Martín luchan hasta el final".