ANÁLISIS

"Vení, vení...": San Martín, Forestello y la canción que sale del alma

Los hinchas brindaron una fiesta inolvidable en las tribunas y emocionaron hasta las lágrimas al técnico que llegó para llevar al Santo a jugar la gran final para volver a Primera.

20 May 2018 - 23:07

San Martín agotó las entradas y está listo para jugar la final por el ascenso a Primera. (FOTO: Facundo Tártalo)

Es la que cantás cuando terminás de creer en algo o en alguien, cuando terminás de convencerte, cuando ya no quedan dudas, cuando ya sabés que es de la mano de él, solamente de él y de nadie más. Por historia, es la canción que más se hace esperar, la que todo hombre espera, pero no cualquiera la escucha. No alcanza con dirigir al gran equipo que es San Martín, al equipo con todas las letras que es San Martín. No alcanza con haber transformado a este equipo, el mismo equipo que no pegaba una hace un tiempo no tan lejano, el mismo equipo al que le costaba muchísimo aquí mismo, en Ciudadela, el mismo equipo que hoy, que esta tarde, que este domingo se ha impuesto con una agresividad, juego y carácter reservado sólo para los equipos destinados a grandes cosas. No, no alcanza con todo eso. Para escucharla, hay que tener algo más, algo que se aprende en la calle, en el barrio, algo que tiene que ver con la identidad, con la sangre que se le imprime a cada paso, con el grito que se pega cuando hay que pegarlo, con ese tono paternal que utiliza el hombre cuando a sus jugadores los define como buenas personas, en tiempos donde los valores cuestan más caro que una derrota. Es la canción que presagia un final feliz, que confía en el final feliz, el sábado 2 o el domingo 3 de junio, el día que quieran con tal de que llegue. 

"Todavía no he ganado nada", dice Forestello. Y se sabe que hay técnicos en la historia de San Martín que han ganado mucho y no han recibido esta canción que a este hombre le hace un nudo en la garganta cuando la escucha en la cancha y que lo quiebra en un llanto cuando la misma canción le retumba en las calles de un barrio que le queda pintado. "Es del palo nuestro", lo define el gran Gogui Moreno, que ha visto ir y venir 30 años de técnicos en este vestuario de San Martín que ha conocido el silencio y que desde hace rato sólo es testigo de arengas, de la última palabra que empuja a la cancha a Maxi Martínez con el pie derecho y a TacaTacaTaca Bieler a su lado, con la cinta de capitán que el hombre en cuestión le puso en el brazo. Todo un vestuario atrás donde, al lado de una piña en la puerta de otros tiempos, está pegado el cartel con un mensaje que los inspira: "Mira a los ojos de cada hincha, a través de ellos verás el sueño de todos!!! Huevo y corazón".

Y así salen, y así limpian a un rival sin piedad, y hasta por un momento es rara la sensación durante el partido porque si no se sufre no es San Martín y acá nadie sufre, y al partido casi que le sobra todo el segundo tiempo, entonces es cuando llega la reflexión, ese instante que tanto cuesta lograr durante el partido, es la pausa que hacen los hinchas cuando piensan en todo el camino que han realizado a puertas de una final. Es ahí, cuando llega: "Vení, vení...", sale la canción desde el corazón de la brava. Y en la platea se empiezan a mirar. "Cantá conmigo...", y los apretados de la Pellegrini empiezan a saltar, mientras en la platea se miran dos amigos, de esos reacios, fuertes como los fernet que toman, pero que se vuelven a mirar, sonríen, se paran y justo ellos también cantan: "Que un amigo vas a encontrar...". Pero es cuando calzan las sílabas justitas para que pegue con la canción, es ahí cuando ya Ciudadela es un puño apretado y se lo hace saber al país: "Que de la mano... de Forestello... Todos la vuelta vamos a dar".

Sí, es la canción que emociona por dentro a su destinatario. Es la primera vez que se la cantan. Es la primera vez que la escucha. Y cuando ya en conferencia de prensa Pablo Posleman le consulta qué sintió cuando la escuchó, Forestello trata de clavarla al ángulo con su respuesta, típico del goleador que fue, y le contesta otra cosa, como incómodo con la pregunta, con el gesto del hincha, con la prueba de cariño que recibe, un sentimiento que no lo va a dejar en la cancha y que se traslada a la calle, a la Bolívar, con San Martín, de cara a la final contra Sarmiento, todos próceres y él ahí, sentado en el primer asiento, del lado de la ventanilla, ocupado hasta en el detalle de decirle a Maxi Martínez que tenga cuidado con sentarse ahí al lado del chofer, no vaya a ser cosa que frene de golpe y cabecee el freno. Porque hasta en esas cosas está atento Forestello: así como festejó el gol de Galeano contra Dálmine sacándole la pechera a Bossio, hoy volvió a salir en el entretiempo dándole indicaciones al héroe de aquella noche, al gran jugador que ya existía, claro, pero que Forestello descubrió. Y aún durante los minutos finales del partido de hoy, cuando la cancha era una cortina de humo y flashes, ahí le pegó un grito a Nacho Arce para que no se compliquen, para que no boludeen y la saquen a la mierda, hombre. 

En esas cosas tal vez pensaba Forestello cuando un hincha le abrió la ventanilla, le dio la mano, Forestello le devolvió el gesto, trató de mantenerse serio, casi ajeno, un duro que al que si no se le conoce puede parecer molesto o malhumorado con la situación, hasta que la canción retumba en la chapa y pintura del colectivo, y vení, vení, le dice el hincha a Forestello, y se trepa como un amigo, se sube y mete un poco del cuerpo y toda la cara y le grita: "¡Vos acá vas a hacer historia, papá!". Ahí es cuando se emociona Forestello: tratando de contener lo incontenible, atrapando con esa mano en la que creen los hinchas las lágrimas antes de que caigan, como si pudiera disimular lo que ya no se puede, lo que no se contiene, la inmensa ilusión de un pueblo que a pesar de los golpes y los momentos vividos, siempre estuvo a su lado, y hoy agotó todas las entradas y le metió diez cuadras de cola. 

Es el mismo pueblo que ya había viajado a Adrogué sin siquiera una entrada y lo vio desde el techo de la vecina, desde ahí vio y asimiló el golpe que significó esa tarde, el golpe que sanó la lluvia contra Dálmine, y una levantada que se confirmó con el empate rodeados de tanta soja allá para meterle acá toda la carne al asador de entrada nomás, así, como se juega un partido crucial: con Arce en el arco sólido con las manos y práctico con los pies, con una defensa sin fisuras y un Serrano que, pasan los años, pasan los jugadores, y ahí está, firme cuando hace falta, con el mejor Matías García del campeonato, con Turbo lúcido y feroz, y con él, con el otro que se ganó su propia canción, con el que hace todo bien, el que no perdona, el que se quedó para vivir estas cosas, también cara a cara con esos locos de las ventanillas, con el "Olé, olé, olé, olé... Bieler... Bieler...".

Son pasiones, son amores hechos canción, y bajan desde los cuatro costados de la cancha y siguen llegando hasta la Amador Lucero, y se meten entre las mesas de La Previa del Santo y salen por los parlantes de La Quiaqueña, y vuelven a unirse para dejar ir, ya sí, a descansar a sus jugadores, a los que también se les agradece por los huevos que ponen para ser campeón, y para que de repente alguien diga Junín y el otro mandame un wassap, y vos decís que vamos a poder, y si no se puede vamos igual, porque quién detiene este sueño de volver a Primera, quién puede frenar a este grupo humano que empezó a tomar cuerpo justamente en el vestuario de Sarmiento, después del 2 a 0 en Junín, cantándole al celular otra canción, todos apretados, esa canción que aprendió Forestello desde el primer día que llegó a Tucumán, esa que se acentúa en Ciudadé, y que termina con el verbo que todos repiten, que todos lo dicen, una y otra vez.


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