ANÁLISIS

¡San Martín de Primera! ¡Porque es rojo y blanco el color de la fiesta!

Santo, corazón y vida, jugó la final soñada como se juegan las finales y pegó el grito más esperado de los últimos diez años. Sensaciones e imágenes de un día histórico e inolvidable para guardar toda la vida.

04 Jun 2018 - 00:08

San Martín es de Primera, Maxi Martínez es el símbolo del hincha en el campo de juego. La foto es de Nicolás Núñez.

¿Cuántos días esperaste este día? ¿Cuántas noches soñaste esta noche? Justo vos, que hace tanto que no dormís, que no sabías cómo pasar las horas previas porque no hay fórmulas para matar esta espera, la que hoy se terminó. De verdad, no chamuyés, a medida que se acercaba este día, el día más esperado de los últimos diez años, ¿qué hiciste?, ¿cómo la llevabas? Hayás dormido unas horas o no hayás pegado un ojo, llegó, llegó el domingo, ¿qué día somos hoy? Anotalo bien: domingo 3 de junio de 2018. No te lo vas a olvidar más. Como no te olvidaste de aquel día, cuando conociste Ciudadela, el amor de tu vida.

Hoy tenías una cita con la historia, con el barrio, con lo recibido, con lo dado, con lo dejado en el camino, con lo perdido y con lo encontrado, como ese abrazo al que tenés al lado y no sabés quién es ni cómo se llama, lo único que sabés que es que tu hermano y que llegó de cualquier lugar para abrazarte, pero antes tenés que cumplir con un par de rituales: te tenés que despabilar con una cachetada de agua helada del caño, un par de chirlos en la cara, y ahora tenés que elegir la camiseta que te vas a poner, no cualquiera, esa que no te falla en estos días, que no te puede fallar, la de piqué, o la de la Lotería de Tucumán, o la CCC, o la Lotto, la KDY y también la Brisa, cómo que no, si estuviste ahí, siempre estuviste ahí, juegues en la Liga o en la A.

Listo para ir al templo, te persignaste frente al espejo, le diste un beso a la foto de tu viejo que te alienta desde el cielo, le pediste a él que hoy no te falle, hoy no, y te fuiste temprano, tarareándola, a gamba, yanteando, en el 12, en la moto que empeñaste para viajar a Junín, o en el auto. Sacaste por la ventanilla esa camiseta para que le dé el viento, izaste la bandera para que flamee por todas las calles al compás de las bocinas, y empezaste primero a silbarla, después a tararearla, y antes de entrar a la cancha ya la cantaste, a ella, a la canción del ascenso, la que se canta con las palmas arriba, recordando que son tantos momentos que juntos pasamos, porque acá sobra aguante, siempre te acompañamos... Y de repente algo se te mete en el corazón, te acaricia el alma, y no sabés bien por qué pero empezás a saltar, a empujarte con el otro, a cantarle a una cámara si está cerca, a hacer el pogo más feliz de tu vida porque Aquí está tu hinchada que grita y te alienta... ¡porque es rojo y blanco el color de la fiesta!

Entonces ya estás adentro, y toda la previa queda atrás, toda, absolutamente toda cuando sale el equipo, cuando sale San Martín a jugar la gran final, con los bastones rojos de la camiseta y después de punta en blanco, rojo y blanco, hermano, todo rojo y blanco como la salida con las porristas de Su Crédito bancándose el frío hasta que el clima cambia en un segundo, en un instante, se va el frío, te juro que se va el frío en el preciso momento que Maxi Martínez pisa el verde césped como decía don Luis Rey, y cuando lo pisa el hincha que juega se viene abajo esto, las bengalas te queman la camiseta, te pican en la cabeza, pero qué importa, si mirá lo que es esto por el amor de Dios, el megaultrapapelazo que hicieron tus hijos cortando papelitos todas las noches mientras vos les cantabas las canciones y les contabas de Pillapollo, de Jacinto, del Capo, de Pedro Pablo, del Bomba, del Ratón, de Jota y ahora se te hace un nudo en la garganta porque los llevás de la mano, en los hombros, pitazo inicial, ¡y juegue San Martín!

Y juega San Martín. Y sale a comerlo crudo a Sarmiento, a golpearlo de prepo, porque así pega más, pega más, y después de que un silbido sinfónico acompañe un remate de Bazán sobre el travesaño llega lo que tanto pedías, lo que tantas veces soñaste en el partido que vos ya habías jugado en tu cabeza mil veces, en el primer deseo de todos los deseos: clavarlos de entrada, de una, para borrar cualquier sinsabor de la ida en un minuto y empatarlo, pum, a pelarse, córner de Busse, un desvío en el camino, la pelota en los pies de Lucas Acevedo, el tanque de la defensa, el que había soñado con este gol en la previa de Adrogué y se fue expulsado, el que hoy le puso el pie derecho y salió a gritárselo al cielo, a él, a ella, un grito con la boca bien abierta para que toda la tensión, todo el nerviosismo, toda la espera, toda la previa, todo lo que tuviste que hacer para conseguir esa entrada, y todo el corazón para acompañarlo si te quedaste afuera, todo se iba en ese cachetazo para el 1 a 0, el gol que venía acompañado del momento de la tarde, del gran momento de la tarde.

Porque no te habías acomodado, no habías recuperado el aire del primer grito y de repente lo ves a Gonzalo Rodríguez, sí, a Turbo, enorme, en su mejor versión, siempre en las finales, como la camiseta que nunca te falla, habilitado por Caco, rumbo al gol, al segundo, ahí, lo ves entrando al área, y te agarrás del camperón del otro cuando la para tres dedos, le sale el arquero, está por darle con alma y vida, y se te detiene el mundo, es un segundo que dura como duraron los minutos y las horas estos días, todo ese mundo se te pasa cuando Gonzalo está por darle, y le da con alma y vida, quemándole el arco a ese arquero que está saliendo a evitar lo inevitable, al gol del ascenso, el del 2 a 0, el que da vuelta el partido para terminar de creer que hoy es el día, que lo gritás con los ojos abiertos, preguntándole al otro si es verdad lo que estás viviendo, si todo lo que esperaste está pasando en dos minutos, si estás llorando porque hay momentos que sólo las lágrimas pueden resumir.

Y si le hace falta algo a la fiesta es saber que los changos que volvían de Sunchales, que El Jefe que se fue con el Parravicini, que todos los que no están y estos días siempre vuelven, que todos ellos te guiñan la vida desde arriba cuando el delantero de Sarmiento remata en busca del descuento y la pelota pega en el palo, recorre el área chica y se va, y sale, y el corazón te vuelve a latir, y se prenden fuego los papeles de la Pellegrini y un policía corre con el látigo con el que le pega a los caballos para apagar el incendio hasta que llegan los matafuegos y ese momento enfría el partido y San Martín juega como Rubén Darío Forestello hizo que San Martín juegue, con una agresividad voraz, animal, insaciable, para jamás aplacarse, y terminar el primer tiempo con los aplausos que sentencian 45 minutos hermosos, pero que faltaban 45 más.

Entonces ahí aparece lo que hace todo equipo que está para grandes cosas, lo que hace todo equipo que está a la altura de sus hinchas, de su historia, de la mística tiene que tener, y que es lo que tiene Nacho Arce en cada pelota, y el Paragua, y Serrano en versión Dani Alves, y Altuna enorme, muy grande, demasiado grande para comerse el medio campo, y que se suelte Galeano, y que Busse sea la voz y el alma de Forestello en el campo de juego, pero para que la fiesta sea fiesta deba aparecer él, el capitán que se quedó para salir campeón, el que la pasó mal, el que declaró que la pasó mal, y el que se sacó todo con goles, Claudio Bieler, TacaTacaTacaTacaTaca, como una metralleta en el área y el puño en alto para el tercero, para liquidar el pleito, y para el quinto después de que Acevedo vuelva a coronarse en el área, y nadie haya registrado el descuento de Sarmiento salvo Forestello pegando un par de gritos porque este hombre nunca descansa, porque no lo permite, porque es el gran protagonista de esta historia y después del partido se acuerda de Diego Cagna y le deja el lugar a ellos, a los jugadores, a los que pusieron todo, absolutamente todo para ser campeón, y eso, eso no se olvida. 

Se los dicen cientos de miles de personas que son las más felices del mundo esta noche, no hay personas más felices hoy que los hinchas de San Martín, que los jugadores de San Martín como Maxi Martínez dando la vuelta olímpica solo y en pelotas, jodiendo con una selfie imaginaria, señalando para arriba, para donde se va el Santo, para donde trepa él en el alambrado de cara a la Rondeau como lo había hecho con Dálmine, la noche de lluvia donde San Martín empezó a ascender, después de haber estado a punto de quedarse sin nada y apareció Galeano para confirmar que este grupo nunca se ha dado por vencido ni aún vencido, que ha logrado la comunión necesaria para regresar a San Martín a Primera, para avisarle al Decano que ya se acercó Ciudadé, y que en unos meses habrá clásico en lo más alto del fútbol argentino, todo gracias al ascenso a Primera, el día que tanto esperaste hecho realidad, para sacarte la camiseta con este clima, con esa locura que cuenta la canción del ascenso, la que se lleva en las venas.

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