ANÁLISIS

San Martín, Ciudadela y las luces de una noche inolvidable

El equipo de Coyette dejó las sombras del pasado y brilló pese a tener todo en su contra: jugó con un hombre menos casi todo el partido y, estando en desventaja ante el puntero e invicto, logró un triunfazo que le devuelve la fe.

21 Oct 2018 - 01:00

¡Gritalo, Ciruja! Jugando así, todo es posible. FOTO CASM Oficial

¿Qué tiene ese arco? ¿Qué pasa en esas redes? En esas redes y no en otras, en esas que se sacuden con una pelota y derrumban cualquier reacción, sentimiento o furia detrás de un teclado. Es el arco de la Bolívar, el de Agudiak, el de Galeano, es el arco que esta noche suma otro capítulo de resurrección: el que acaba de firmar Claudio Bieler, quién más, pero con una marea de hinchas de la que habla el país, la que tiene la capacidad de sacarte de las sombras e iluminarte el camino, contagiando a un grupo de hombres que ha dejado en claro que puede y que quiere ser de Primera.

Ese camino a la luz costó más que una boleta de Edet: desde el inicio mismo, desde el recibimiento conmovedor para el equipo, el recibimiento de la fecha, vean Paso a Paso esta noche, porque esta noche por fin pueden sacarse la tensión de los hombros, de los pies, aliviar la garganta y ver todos los detalles de la fiesta que fue Ciudadela. Una fiesta que empezó con el cielo iluminado por los fuegos artificiales a las ocho menos cinco. Que siguió con los flashes de los celulares a las ocho en punto. Que continuó en una madre en su butaca emocionada como si fuera la primera vez que veía a esos hijos que siente como propios deslomándose. Pero que se cortó a las ocho y cinco cuando saltó la térmica y dos torres de iluminación, justo hoy, justo en ese momento, se apagaban, explotaban, no resistían y el clima amenazaba con apagarse mientras los jugadores estiraban las piernas hasta que se haga la luz.

Y se hizo la luz, pero no alcanzó a iluminar a Gonzalo Rodríguez en la primera acción del partido luego de una preciosa sociedad entre Tino y Taca a los pies del 7 que la agarró mal cuando daban ganas de verlo sacudir el arco, ese arco, no el otro, como lo hizo contra Sarmiento en la final. Las sombras de la definición no doblegaron al delantero que siguió yendo al frente en una actitud ganadora que tuvo todo el equipo como la que había tenido ante Boca pero también pagando la falta de efectividad y con la boleta en la mano, en la mano de Arce que el árbitro se apuró en cobrarle con tarjeta roja, cargada de intereses en una sola cuota, de un solo manotazo y qué clima de fin de mes de repente.

Pero fue en el momento más crítico del partido, apenas a los 17 minutos del inicio, que San Martín comenzó a dar muestras de superación: esta noche no había crisis que le cambiara el ánimo y justamente en Carranza, y su reacción de manos y piernas para ahogar a Lisandro López y a Cristaldo, encontró calma y la seguridad de que con un hombre menos contra el puntero e invicto del campeonato no era imposible terminar la noche como terminó. Porque el arquero no se dio por vencido ni aún vencido después de esa injusticia que fue el gol de Solari. Respondió de manera notable cuando el Santo estaba para el cachetazo, para que le corten la luz y que Ciudadela sea una larga noche a oscuras.

Claro: con ese animal que cree en las causas justas dentro y fuera de la cancha que se llama Arregui había esperanza pero tampoco alcanzaba. Arregui le pegó una trompada a la pelota cuando Lamolina volvió a cobrar para Racing, siempre para Racing, pero después tomó esa pelota y volvió a ser salida. Pero en estos tiempos que vivimos, se sabe, cuando no alcanza con lo que se tiene siempre se mira de reojo el banco y hay que apuntar al otro Costa, a Franco, al Paqui, al que siempre que entra (esta vez por el flojo Vitale), como aquella vez contra Dálmine, siempre pero siempre tiene un saldo guardado en los pies y sino preguntale a la defensa de Racing que en la primera de cambio los desbordó, puso el centro glorioso a la cabeza del Taca Bieler que saltó más que todos y cabeceó para el empate, para volver a gritar en ese arco, en el que había coronado el ascenso y ahora estampaba el empate para darle cuerda al canto de la gente: "Vaaaaaamo, Santo vamo... Pooooonga huevo que ganamo".

Y lo iba a ganar San Martín, enorme, empujado a la salvación de la noche, alentado como siempre, sin guardarse nada, sin conformarse con el empate, descascarando toda la chapa que traía el rival y su técnico y sus estrellas. Porque nadie brilló más que Matías García esta noche en una jugada memorable, solo contra todos, desbordándolos, gambeteándolos, humillándolos y llegando hasta el final para el toque atrás que después de haber perdido tantas cosas algo tenía que encontrar y fue su socio en el área, a Bieler, el otro animal que volvió con todo y vayan a calmarlo ahora, o vayan a calmar a los hinchas que deben haber perdido algunos años de vida en los últimos minutos mientras Carranza volvía a aparecer y el árbitro daba cinco minutos más y vos me querés matar, y Coudet se quiere matar, pero dejalo vivir, no lo echés, dejalo a él que también mire esto: el puño apretado de Coyette, el abrazo inolvidable en el medio de todos y los brazos agitados de Maxi Martínez, el hincha que también volvió a ser feliz esta noche, la noche que las sombras del pasado quedaron atrás, la noche de las luces, la noche de Ciudadela.


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