El dúo creativo brilló cuando la noche más los necesitaba y el equipo de Coyette tiró un paso fundamental para que la permanencia pueda llegar a convertirse en realidad.
Tino Costa ya clavó su bomba en el ángulo de Ardente. El abrazo de Gonzalo Rodríguez es el de todos los hinchas de San Martín. FOTO Adrián Lugones
Apenas hace un año, aquí en Ciudadela, la fiesta del cumpleaños había tenido un invitado inesperado que llegó de Rafaela y se llevó el pan y la torta. Hace un año, sí, fue la última vez que Ciudadela se quedaba sin música en sus calles, sin la cumbia que sale de las casas armando un coro de timbales con las guarachas que pegan en la esquina. Es la banda sonora que suena cuando el pueblo está feliz y es la que decoró un fin de semana glorioso, completo, con cerveza el viernes, vino el sábado y ferné el domingo.
Durante estos 365 días y noches hubo invitados de todo el país y todos los colores. Ninguno se fue feliz. Y quien lo sabe mejor que nadie fue Forestello, quien basó buena parte del ascenso en la fortaleza que creó cada vez que San Martín jugó y definió el regreso a Primera como local. Sin embargo, después del triunfo a Atlético en el clásico, Ciudadela no volvió a ganar: tampoco perdía, pero para mantenerse en la Superliga
no alcanzaba con los empates, ese plato con gusto a poco en casa y hasta en días y horarios no aconsejados para festejar como los lunes a las noches o los domingos a las mañanas, ¿verdad?
Entonces llegó un guiño del calendario: sólo el tiempo dirá pero ya está diciendo qué importante fue ese fin de semana sin fútbol por la bendita fecha FIFA, cuán vitales resultaron esas dos semanas para que Coyette, quien había llegado para reemplazar a Forestello, pero que no había tenido tiempo, lo encontrara en las silenciosas mañanas del Complejo concentrando a los jugadores para hacer doble turno si hacía falta y que todo, claro, quede plasmado en la hazaña que fue el triunfo a Racing, con un jugador menos, en desventaja y el regreso más esperado: los goles de Bieler.
Si alguien hubiera pensado después del gol de Racing en este presente, con siete puntos sobre nueve posibles, todavía en la franja roja del promedio, pero con otro aire, con otro semblante, con el pecho inflado, si alguien lo hubiera soñado pocos lo hubieran creído. De hecho, los que empezaron a creer en revertirlo todo, en dar vuelta las páginas tristes del inicio, en superarse e imponerse, esos fueron los propios jugadores empezando por Carranza, dueño del arco que le perteneció a Arce hasta la roja, con las manos y los pies para defender el triunfo aquella noche, mantener el arco en cero en Córdoba y hoy ya mostrarse totalmente seguro, confiado de arriba, de abajo y con la experiencia para calmar al equipo cuando no le encontraba la vuelta en el primer tiempo.
Otro invitado a la fiesta que no figuraba en la lista es Moreira: no hace los goles de antes pero los evita y la solidez defensiva que ha logrado San Martín se debe a que Acevedo ya no está solo y que a Ro-Ro-Rodrigo carajo se le sumaron las bandas: Petryk con sus idas y vueltas y Maxi corazón y alma para callar a los que se olvidan y sellar su franja por la que, unos metros adelante, brilla como nunca Matías García, inmenso en juego y fuego en velocidad para lograr una combinación mortal como en el segundo de Bieler contra Racing y hoy en una que se fue cerca del arco, del arco que durante la semana había quedado en el olvido ante las gestas heroicas en el arco de la Bolívar y esta noche, por caprichos de la moneda o cábalas de un viejo conocido sentado en el otro banco, invirtió los roles y sacudió las redes con un par de bombas para mirar hasta que te llegue el sueño.
¿Con qué sueñan? Los hinchas, vos, ¿con qué soñás? ¿Con la permanencia? ¿Con algo más que la permanencia? ¿Con ese partido que aparece en el horizonte pero ya se empieza a nombrar? Por lo pronto, los sueños se argumentan en la realidad que es un equipo que ha dado otro paso clave, vital, fundamental, para seguir en Primera. Y este equipo tiene a Arregui, qué loco que está... Y tiene en Arregui al patrón del bien, el que pega y pide perdón, el que se lleva puesto lo que haya adelante, el que traba y gana para que la Pellegrini le dedique su primera ovación: "Arreeeeeeeegui... Arreeeeeeeegui..." Y el mejor refuerzo que trajo Forestello vuelve a luchar cerca de su ex técnico y le pide agua y le da agua y todo sigue en una imagen que resume cómo se juega estos partidos: con todo y sin guardarse nada, en el juego, en los gestos y en los reclamos visitantes al árbitro por el hombro que derivó en penal y que Bieler erró en las manos de Ardente, caliente desde la amarilla que vio por la maratón de hacer tiempo que fue.
Ese penal que atajó Ardente dejó un par de conclusiones para sacar: 1) guardemos los celulares, muchachos, al menos cuando se trate del gol que puede abrir un partido clave para San Martín; 2) Bieler demostró que es humano y San Martín volvió a demostrar capacidad de reacción ante un golpe que antes lo hubiera hundido y salió a flote por la aparición que todos esperaban desde que puso la firma, desde que jugaba poco y nada y para colmo de males no podía superar las lesiones que en España lo habían tenido a maltraer, y de quien en un momento llegaron a decir que había rescindido su contrato con San Martín, pero nada de eso pasó: aquí la única firma que puso Alberto Tino Costa fue con su zurda en esa clase magistral de cómo pegarle a la pelota para después pegarle un pedazo de desahogo acorde a los tiempos que han quedado atrás y que unos minutos después Caco se ha encargado de plagiar y armar el mejor debate de la noche: ¿cuál fue mejor?
Así San Martín, que tantas fechas anduvo en el barro, esta noche encontró dos perlas que decoraron la fiesta de un equipo que salió preparado para disfrutarla desde el comienzo mismo, en apenas segundos con esa bomba de Bieler, ya sintiéndose ganador y yendo siempre para adelante con Pons como invitado sorpresa del ataque, los Carranza, Moreira y Arregui mencionados, y con Tino y Caco, un dúo creativo que si querés que la fiesta del cumpleaños no falle, a ellos dos, no podés dejarlos de invitar.