El Santo le ganaba al único invicto del campeonato, pero Coyette se quedó quieto, el equipo se metió atrás y terminó perdiendo un partido clave.
Los que se paran y se sientan marcan el tiempo del partido. Se paran y se sientan. Se sientan y se paran. Empiezan parados. Como no pasa nada en la cancha, se sientan. Están así minutos hasta que... "¡Penal! ¡Penal! ¡¡¡Penal!!!" Y toma la pelota él, Alberto; él, Tino; él, Costa; él, el distinto, el capitán que ya acomodó la pelota en el punto del penal, ahora él es el que se para, todos se paran, algunos filman con el celular pero al hincha de antes ni se le ocurre filmarlo a él, que la acomoda una vez más y algo le dice, que no le falle y que no le falla. "¡¡¡Goooooooooooool de San Martín!!! ¡¡¡Goooooooooooool de San Martín!!!" Es el gol que te hace creer que es posible.
Es la sensación que se confirma cuando el que ahora se pone de pie es Carranza, de pie y de manos, de pie, de manos y de guantes para pegarle una piña al empate: "¡Salí de acá!" Es la sensación que se contagia cuando se tira Vitale para ganarse la primera ovación después de tanto.
Hasta que aparecen los primeros dos lunares y un solo pedido en esta noche iluminada por el humo de los choripanes: Pons no puede, Caco no es 3 y que el primer tiempo se termine ya. Pero como faltan diez minutos todavía de alguna manera hay que descargar todo lo vivido, toda la tensión que genera el triunfo tan necesario y la única manera de hacerlo es cantando: "Y acá está tu hinchada que grita y te alienta porque es rojo y blanco el color de la fiesta". Con el canto, llueve. Al entretiempo nos vamos. Y mientras el utilero de gorrita de ellos les da Gatorade antes de que entren al vestuario, Bieler con pechera le dice algo a Arregui.
De vuelta a la cancha, al técnico de ellos que no para de caminar ida y vuelta por el corralito, a él le recuerdan el Mundial, a él que llora con el árbitro pero al que no se le agita el pelo rubio y lacio cuando el lainman agita la banderita cuando Pons se iba de cara al segundo.
Coyette no hace nada en el entretiempo y el equipo vuelve a meterse atrás. Entonces vuelve a aparecer la gente para recordar: "Que esta noche cueste lo que cueste que esta noche..." Y un grito que se implora, que quita años de vida: "¡Salgan!" "¡Salgamos!" "¡Salgan, uras!" Defensa vuelve a perderse el empate y el don de la tercera fila con gorrito y portátil en la oreja jura: "La de ellos no entra más".
Pero entra. Y en contra entra. El empate llega de la peor manera que puede llegar: en contra. Y es la única manera de derrumbar todo lo vivido. De tirarte abajo y de ya no poder levantarte cuando llega el segundo, el de la derrota que duele y el que deja tres imágenes sobre el final del partido: el de la cabeza en alto de Carranza y los más grandes cuando dejan la cancha, el de Vitale quebrado por el resultado y el de Bieler todavía con la pechera inexplicable escoltando a los que jugaron, a los que sufrieron la derrota, la derrota que, al menos por esta noche, duele más que una derrota.