Dos jugadores tucumanos se convirtieron en cazadores de talentos y armaron una escuela de fútbol que contiene a 150 chicos y adolescentes. La historia del equipo maradoneano de la provincia y el sueño de llegar a primera: “En San Martín y Atlético si no tenés plata, no jugás”.
El equipo que viajará a Buenos Aires a probarse en los clubes más importantes del país.
Pablo Velárdez y Gonzalo Galarza eran rivales. El carrilero por derecha y el marcador central se cruzaron muchas veces en las canchas de la Liga Tucumana, se hicieron amigos y hoy visten los mismos colores en el equipo de veteranos del Club Los Plátanos.
Hace poco más de un año, mientras miraban un picado de potrero, se les ocurrió una idea: armar una escuelita de fútbol. Les dijeron a los que estaban jugando esa tarde. A su vez, ellos les avisaron a sus amigos, hermanos y vecinos y una semana después había treinta changos entrenando en las canchas ubicadas detrás del predio donde funcionaba la fábrica de cohetes Pacífico, en Cebil Redondo. Así nació el equipo y la escuela donde hoy se entrenan alrededor de 150 chicos de entre 7 y 16 años; el equipo y la escuela que llevan la marca maradoneana y el mismo anhelo que llevó a nuestro profeta del fútbol de Villa Fiorito a jugar en primera: La Mano de Dios.
“Gracias a Dios pudimos sacar a dos chicos de las drogas. El primer objetivo es alejarlos de la calle. Uno está tratando de que tengan una contención en el deporte, estos changos tienen una proyección muy buena para salir adelante con el fútbol”, dice Pablo Velárdez mientras recuerda la vez que se le acercó “Nacho”, un chico del asentamiento Once de enero que entonces tenía a su padre preso y una madre que hacía lo que podía para criar a sus hijos. Nacho tenía un presente de drogas, alcohol y delincuencia. Gracias al fútbol, dejó atrás esa vida y hoy, con veinte años, se entrena de lunes a viernes con el equipo La Mano de Dios y atiende un miniservice. “Ahora lo estoy incentivando para que termine la secundaria”, dice Velárdez entre emocionado y orgulloso.
Junto a su ex rival y ahora compañero, Gonzalo Galarza, desde hace varios años que recorren la provincia buscando nuevos talentos. Ambos han desarrollado ojos clínicos para los jóvenes cracks de potrero, aunque el proyecto de la escuela busca que todos se sientan parte del equipo. Por eso, en La Mano de Dios, juegan aquellos chicos que los clubes grandes de la provincia descartan porque no dan la talla o porque no tienen para bancarse los boletos para ir a entrenar: “Los clubes de acá, como Atlético y San Martín, no les dan oportunidades a los chicos, futbolísticamente son mejores que los chicos que tienen entrenando ahí, pero si no tienen plata los chicos no juegan. Nosotros no somos así”.
Gonzalo Galarza tiene 33 años y pasó por clubes como Villa Amalia, Unión Aconquija y San José, entre otros. El otro profe de La Mano de Dios comparte la filosofía de su compañero, por eso repite las palabras que alguna vez le escucho al histórico entrenador de juveniles Jorge Griffa: “El rival más duro es la calle. Un chico en un club, es un chico menos en la calle”. Cuenta que ha aprendido a percibir el talento cuando los jóvenes jugadores encaran mano a mano a un rival, o cuando paran la pelota. Eso sí, la clave es darle más de una oportunidad, no una sola prueba, sino varias.
Pablo es devoto de la iglesia católica y de Diego Armando Maradona, la única deidad del fútbol con iglesia propia. Esa idolatría futbolística la comparte con Gonzalo, de ahí el nombre de la escuela: “A los chicos les encanta”, aclara el carrilero por derecha. La escuela ha ido creciendo con la llegada de chicos y adolescentes que vienen desde todos los puntos de la provincia: Alderetes, Yerba Buena, San José, Alberdi, entre otros. Tanto creció que son alrededor de 150 los chicos que se turnan para entrenar con sólo tres pelotas y dos juegos de camisetas. Como conos improvisados y artesanales usan botellas de gaseosas pintadas: “Nosotros hacemos todo a pulmón y no recibimos apoyo de nadie”.
El próximo 9 de julio, los entrenadores viajarán a Buenos Aires con un grupo de once chicos que se probarán en River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo. También jugarán partidos contra los juveniles de Lanús, Ferrocarril Oeste y All Boys. Serán dos semanas que pueden sellar el futuro de esos jóvenes tucumanos que sueñan con jugar en primera. “Los chicos están re ansiosos, no ven la hora de que llegue el viaje. Hoy en día es muy difícil como están las cosas, con la crisis económica que hay en el país”, cuenta Gonzalo. Hace meses que venden rifas y empanadas y organizan bingos para poder financiar el viaje. “Hicimos de todo para darles a los chicos la posibilidad de que ellos vivan esa experiencia única. Estamos convencidos de que les va a ir muy bien allá”, dice con seguridad.
Según contaron los entrenadores, dos jóvenes tucumanos ya tienen prácticamente acordada su continuidad en las inferiores de Independiente. Se trata del arquero categoría 2003 Juan Castillo y del volante por izquierda categoría 2002 Nicolás Costilla. Cuando los jugadores logran llegar a los equipos grandes, a la escuela les pagan los derechos de formación. Con otros clubes, como Arsenal y Quilmes, tenían acuerdos a cambio de equipos para entrenamiento, pero hoy esos convenios se han caído.
“Para mí el fútbol es algo maravillo. Es algo que amo y disfruto. Todavía sigo jugando a pesar de los años. El fútbol me dio muchas amistades, me conocen por entero. Vale experiencia, vale mucho para la vida”, dice Pablo Velárdez que tiene 38 años y un pasado de gloria deportiva en clubes como UTA, Sportivo Guzmán y Central Córdoba. El entrenador cuenta que “se la rebusca” como albañil y electricista y el resto del tiempo se lo dedica a la escuelita. Eso, muchas veces, le ha valido el reproche de su familia: “Me dicen cómo lo vas a hacer gratis, pero es lo que yo amo y quiero dejar algo, transmitirle mi experiencia a los changos más jóvenes”.
De la mano de Pablo Velárdez y Gonzalo Galarza, La Mano de Dios apuesta a ser un semillero de ilusiones. También de cracks.