El director técnico del Seleccionado peruano de fútbol salió de aquí, de Bolívar y Pellegrini, donde aprendió a dar sus primeros pasos como entrenador. La trama secreta de aquella gran campaña que vivió el Pueblo Ciruja. | Por Gabriel Sanzano
El Tigre en Ciudadela.
Perú vuelve a una final continental luego de 44 años, cuando de la mano de Cubillas, “El Pelé Peruano”, se consagraron campeones. Esta vez lo hace de la mano de Ricardo “Tigre” Gareca que hoy está en la cresta de la ola, pero que empezó este largo camino aquí, en nuestra provincia, más precisamente en el barrio de La Ciudadela.
Corría el año 1995 y San Martín se adentraba en el último cuarto de una temporada larguísima que todavía lo tenía con chances de pelear por el segundo ascenso a Primera. Pero para lograrlo se necesitaba alcanzar cierta regularidad que, hasta entonces, no había conseguido en 31 fechas.
El campeonato de 42 fechas, arrancó con la conducción de Bongiovanni. “El Tano” logró rozar la punta en la fecha 10, pero se terminó yendo en la 14, luego de una serie de derrotas y malos desempeños.
En la fecha 15 debutó Jorge López, que hacía sus primeras armas como DT. El “Eterno” alternó buenas y malas: Pasaba de una fecha a otra de ganarle 7 a 0 a Arsenal a perder 5 a 1 con Rafaela. Esa irregularidad llevó a que los dirigentes buscaran una opción más sólida de cara al último tramo del torneo.Así se le abre la puerta a Gareca.
Luis Garretón, por entonces presidente del club, cuenta que la historia empezó con un llamado inesperado: “estábamos buscando técnico cuando el gerente del club, Sergio Torrado, recibe una llamada de Miguel Ángel Brindisi pidiendo que lo tengamos en cuenta a Gareca”.
El Tigre se había retirado unos pocos meses antes en Independiente, su último DT había sido Brindisi. Juntos habían ganado el Clausura 94 y la Supercopa de ese mismo año. Aunque se conocían desde comienzos de los 80, cuando jugaron juntos en Boca.
Aquella llamada derivó en una reunión en Buenos Aires en el Hotel Continental ubicado en la Diagonal Norte: “Nos juntamos a cenar, Gareca, Brindisi, Hector Grondona (hermano de Julio), Torrado y yo. Todos con nuestras respectivas parejas”, cuenta Garretón. “Fue fundamental el aval que dio Brindisi, porque todos conocíamos la categoría de jugador que había sido Ricardo, pero en ese momento no tenía experiencia como DT. Y el hecho de que uno los técnicos más importantes del país lo haya recomendado nos ayudaba a tomar la decisión”.
Llegó a Tucumán y se puso a trabajar inmediatamente. “El día que lo presentamos se llenó de gente el entrenamiento, era una figura que generaba mucha expectativa”, contó el ex presidente.
Sobre aquellos primeros días Orlando Gómez, arquero al que Ricardo hizo debutar, comenta: “Ni bien llegó, nos llevó para un costado de la cancha y nos dijo que para él iba a jugar el que esté mejor, no importaba la trayectoria. Siempre fue de frente y no hizo diferencia entre los jugadores con experiencias y los más jóvenes. Yo no había cumplido los 18 años y el Tigre me puso de Titular en Pergamino versus Douglas. Siempre me hablaba mucho para darme seguridad”, recordó.
El debut del “Flaco” fue el 19 de abril del 95, triunfo 1 a 0 contra Laferrere, gol de Carnevali. Las siguientes 10 fechas llegaron con buenos resultados asegurando un lugar en el octogonal. Desde lo meramente estadístico, el quinto puesto en la tabla no distaba mucho de lo que habían conseguido Bongiovanni y Jorge López. Pero con Gareca, el equipo consiguió otras cosas que le faltaba: amor propio y convicción para conseguir el objetivo.
Ya en el octogonal, luego de eliminar a Gimnasia y Tiro de Salta, llegaría el turno de Atlético Rafaela. La ida fue 1 a 0 en Ciudadela. Había que aguantar de visitante para pasar a la final.
Es un secreto a voces de que ese año el ascenso “le tocaba” a Colón, que ya había perdido la final del 89 frente a su clásico Unión, la del 93 vs Banfield. Esos precedentes hacían que en Santa Fe no quisieran correr riesgos, por lo que preferían a Rafaela en la final o, en todo caso, a un San Martín diezmado.
“En la semana previa al partido de vuelta vimos muchas horas de video sobre Rafaela y Ricardo nos explicaba cuáles eran sus virtudes y sus debilidades para que inclináramos el partido a nuestro favor. En esos tiempos no era común trabajar con esa tecnología”, cuenta Tiburón Gómez. “En esos días -continúa- nos hizo practicar con 2, 3 y hasta 4 jugadores menos, para que aprendiéramos a marcar así, por si había expulsados. Y cuánta razón que tenía”.
Como una profecía auto cumplida, “El Sargento” Giménez en una ráfaga de 3 minutos expulsó al “Cachi” Zelaya, al “Tano” Distefano y al “Pelao” Cabrera e incluso al propio DT. Sumado a la lesión del “Negro” Galarza, San Martin perdía al 2, al 3, al 5 y al 9. La columna vertebral.
De todas maneras, El santo aguantó y pasó de ronda, aunque herido de muerte. El Sargento no se dio el gusto de sacar del camino a San Martín, pero el daño ya estaba hecho.
Gómez, la figura aquella mañana santafesina, recuerda: “Tuve la suerte de atajar todo lo que me tiraron y mantener el 0 con 3 jugadores menos. Cuando terminó el partido Ricardo me felicitó y me dijo que Pekerman me estaba siguiendo, yo en ese momento no sabía ni quién era. El Tiburón estuvo cerca de ir al Mundial sub 20 de Qatar.
San Martín, con su columna vertebral extirpada, se vio obligado a apelar a sus inferiores para completar el equipo. De hecho a las finales la disputaron algunos jugadores que eran prácticamente debutantes como Paul Argañaraz, Carlos Salgado, Carlitos Gimenez, sumados a los juveniles que ya venía jugando, pero tenía poco partidos como “Huesito” Pereyra, Raúl Vaquel, entre otros.
Colón fue más que este invertebrado San Martín y consiguió el ascenso gracias a la conducción de un viejo zorro conocido de la casa: Nelsón Pedro Chabay. El uruguayo, como Gareca, había aprendido el oficio de técnico ganador en Bolivar y Pellegrini.
Por su parte, Ramón Galarza, uno de los pilares de ese equipo sostiene que Chabay (DT de Colón) sintió alivio ante tantas bajas de San Martín. “El conocía Ciudadela y sabía lo complicado que podíamos ser”.
Con la derrota consumada, siempre quedó la sensación de que ese equipo estaba para más y que no pudo competir en igualdad de condiciones. “Esa tarde helada en Santa Fe, mientras Colón ascendía, nosotros teníamos medio equipo titular en la platea, me acuerdo que estábamos con el Cachi, Montelongo, Distefano, Cabrera, Carnevali y algunos más. Nos mirábamos en silencio, lamentando no poder estar en la cancha”, expresa Galarza, que luego, junto con Zelaya y Cabrera se ganaron la confianza del “Flaco” que se los llevó a Talleres, donde consiguieron grandes resultados: “Ya en talleres, al comienzo fuimos resistidos, pero él siempre nos bancó. Incluso llegó a tener que irse casi hasta las manos para defendernos. El tiempo le dio la razón, terminamos ascendiendo ganándole la final a Belgrano”.
Hoy dirigirá el partido de su vida y todos los argentinos apoyaremos a Perú, porque nos caen bien los peruanos, porque hay un argentino en el banco, y porque es contra Brasil. Pero los tucumanos, y los hinchas del Santo tendrán algunas razones más: y es porque está el Tigre, que no es un ídolo, pero es muy querido, porque está el que es un hijo adoptivo, que hoy es uno de los mejores técnicos del mundo y ¡aprendió acá, en Ciudadela, papá!
El equipazo del 95.