Pedro Núñez vendió praliné desde los diez años en la tribuna de calle Pellegrini. Fanático de San Martín, se hizo famoso por una gran cualidad: "Agarraba el praliné desde abajo y siempre le caía en la mano al hincha que le pedía". Antes de fallecer a los 85 años, su hijo Roque revela el último deseo que se cumplirá este domingo sobre el manto sagrado e inmortal.
Talón y Roque, en el abrazo del alma.
Hubo una vez un niño que se despertaba los domingos con un recorrido que nacía en su mente, lo dibujaban sus ojos y lo ejecutaban sus manos. Eran las manos de un niño que se llamó Pedro, manos de un niño de catorce años, un niño empezando a ser grande, haciéndose paso entre los cuerpos grandes con camiseta roja y blanca de piqué. Y con un gorro de papel de diario sobre la cabeza para el sol, porque nadie más que el hincha de San Martín sabe cómo pega el sol en la tribuna de calle Pellegrini, ahí, donde empieza la historia de Pedro Nuñez, del Talón, el primer vendedor de praliné de Ciudadela.
“Mi papá empezó de chico en la cancha. Siempre me contaba que debutó en la venta al lado de un amigo, que lo hacían crrrrrrudos a los primeros pralinés. Eran chicos. No sabían hacerlo al praliné. Y encima cuando les pedían los hinchas el praliné, ellos les tiraban por la cabeza, los revoloteaban a los pralinés”, cuenta Roque Núñez, hijo del Talón, quien nació en la misma casa que su papá, dónde más que en Ciudadela barrio popular, en la Roca 1855: “Roca y Pellegrini. Ahí vivía mi papá. Ahí empezaba a cocinar los primeros paquetes de praliné. Y pasando los años se empezó a hacer popular”.
Como cada domingo que jugaba San Martín, la familia Núñez se despertaba con el olor del praliné: “Todos sabíamos la receta: se pone el agua, dos cucharadas de azúcar y dos de maní crudo. Empieza a hervir, se empieza a encaramelar y ahí hay que moverlo hasta que se pone blanco, después toma el color caramelo, el color del praliné y ahí se lo saca”, relata de memoria Roque, quien con diez años empezó a acompañar a vender a su padre.
Entonces ahora aparecen las manos de un niño que se llamó Roque, manos de un niño de diez años, un niño empezando a ser grande, haciéndose paso entre los cuerpos grandes con camiseta roja y blanca de piqué. Roque y su padre pagaban su permiso para vender en la cantina del club. Una vez adentro de la tribuna Pellegrini, saludaban a Don Angelino que vendía masas, a Doña Donata la bollera, a Hormiga que vendía helados y a Coronel, que vendía pochoclos también: “Pero el praliné era el boom hace 50 años. Así como los carros de masa antes podían entrar a la cancha, nosotros hacíamos el praliné dentro de la tribuna y hasta achilata en los tiempos de calor”.
Hay hinchas que se acuerdan del primer gol que gritaron, otros del primer clásico ganado a Atlético, algunos de Jacinto, otros del Coya, algunos de Troiti, otros del Capo, algunos de la vuelta en Chaco, otros del olímpico del Bomba, y también de la primera vez que fueron el último hincha en bajar los escalones envueltos en lágrimas.
Pero el primer recuerdo que tiene Roque Núñez de su padre Pedro fue cómo un hincha le pidió un praliné desde el último escalón, cómo ese hincha levantó la mano y chifló entre el hueco de los dientes para pedirle un praliné y cómo su padre sacó un praliné de la bandeja de madera que construyó y cumplió el recorrido que soñaba desde chico: “Agarraba el praliné desde abajo y le caía en la mano al hincha. Era impresionante la calidad que tenía. Y cuando le tiraban la moneda lo mismo: no se le escapaba una, las agarraba en el aire. Y una vez lo vi parar una moneda con el talón”.
¿Por eso le dicen Talón a Talón? No. La historia del apodo la cuenta Roque, quién más: “le decían Talón porque cuando era adolescente cruzaba por delante de la avenida Roca el tren, El Provincial. Y él andaba saltando de vagón en vagón mientras andaba el tren. Sabía saltar. Y en una de esas ha perdido el equilibrio y ha caído bajo las vías y lo ha alcanzado a apretar y le han cortado el dedo gordo del pie. Así que le faltaba el dedo gordo del pie. Y ahí quedado Talón, desde entonces le dicen Talón. Desde chico le decían Talón. Y esa es la historia de por qué le dicen Talón, de por qué le decían Talón...”.
Era tal la fama de Talón en la cancha de San Martín que en una nota escrita en los diarios de papel le pusieron “El Díaz Barrera del praliné”, como homenaje al basquetbolista tucumano. “Los domingos llegamos a vender 2 mil paquetes de praliné”. Y fue tanto el éxito de Talón que se compró una camioneta japonesa de las de antes donde a su hijo Roque ya se sumaba su nieto Agustín Núñez, quien hoy tiene 20 años y ha llevado la foto de su abuelo a las páginas partidarias del club y a las redes sociales que hoy despiden a Talón, fallecido a los 85 años.
Junto a la foto que despidió a Talón se hizo público un pedido del primer pralinero de Ciudadela: “En las sobremesas nos contaba a mí y a mi hermano su gran sueño: que sus cenizas sean esparcidas en la cancha. Nos decía: ‘Quiero ser cremado y que mis cenizas reposen donde he vivido millones de cosas’. Eso nos decía y gracias al club vamos a cumplirle el sueño: el domingo a la mañana vamos a ir a Ciudadela a esparcir las cenizas de mi padre en el campo de juego”. Ahí, tan cerca de donde Talón ha pasado toda su vida, del otro lado del alambrado, con una bandeja de praliné en la mano, sobre la Pellegrini, donde siempre hubo, hay y habrá un hincha de San Martín.
La Pellegrini, la tribuna más caliente del país.