Historias de acá

Del Trula a Francia, la nueva vida de un rugbista tucumano

Damián Arias nació y se crió en “Trulalá”, uno de los barrios más populares de Tucumán, y desde hace ocho años juega profesionalmente al rugby en la ciudad francesa de Bourg-en-Bresse. “Tuve muchos amigos de la infancia que terminaron mal, algunos ya murieron”, confiesa el ex jugador de Lince.

06 Feb 2020 - 23:27

Damián jugando en la tercera división de Francia.

Damián Arias nació en el barrio Juan Bautista Alberdi Norte, a quienes todos en Tucumán conocen como “Trulalá". En la ficción, Trulalá es el nombre del pueblo de la serie animada de Manuel García Ferré "Hijitus", cuna de un superhéroe pobre y solidario que vive, literalmente,  en un caño. En nuestra realidad, es un nombre que suele repetirse en las crónicas policiales de los diarios y que suele nombrarse con todo el peso de los estigmas que cargan las barriadas populares. El joven tucumano encontró en el rugby una manera de superar ese origen humilde y de escapar al, muchas veces trágico, destino que parece condenar a quienes fueron sus vecinos. Desde hace ocho años que juega profesionalmente en Francia donde se destaca como el pilar derecho del USBPA (Union sportive bressane Pays de l'Ain), el equipo de la ciudad de Bourg-en-Bresse que milita en la tercera división. “El rugby me ha dado todo, me ha permitido conocer gente, ser un tipo solidario, de bien”, confiesa. 

A los 14 años Damián era un chico gordito, bastante gordito. Por los antecedentes de diabetes en la familia, Claudia, su mamá decidió consultar con un médico que le recomendó practicar algún deporte. Pocos días después, mientras miraba por televisión el partido de la liga francesa de rugby entre el Toulouse y el Stade Francais, le dijo a su madre: “Mirá mamá, ese es el deporte al que quiero jugar”. Podría pensarse que es apenas una casualidad que hoy Damián juegue al rugby en ese país, pero él asegura que es lo que siempre quiso, que no fue el azar el que lo puso ahí, sino un camino que comenzó a trazar en aquel entonces: “Desde chico mi sueño era jugar en Francia”.  Lo que sí parece fortuito es como llegó a Lince. Su mamá trabajaba en el hospital Avellaneda donde estaba internado Gustavo Fanlo, ex jugador y dirigente del club. Fue él quien le sugirió que lo llevara ahí. 

En Lince formó parte de un equipo casi imbatible que ganó seis torneos al hilo. Pero más allá del éxito deportivo, Damián encontró un club donde nunca nadie lo excluyó por venir del “Trula”: “En lince nunca sentí rechazo o discriminación. Era un ambiente espectacular donde el trato era igual hacía todos, ellos no hacían ningún tipo de diferencia. El tiempo de las juveniles fue una etapa que me marcó para siempre. La gente del club veía el potencial de cada jugador. Ellos me ayudaban mucho porque siempre había un compañero que me llevaba a entrenar o me traía a mi casa. Siempre me daban una mano, tanto a mí como a los otros compañeros que no podían bancar los viajes”. 

Mientras trabajaba en la carnicería La Carlota, el pilar comenzó a destacarse por su juego y fue parte del mundial de menores de 20 años con los Pumitas. También disputó algunos partidos con el seleccionado tucumano. Fue el wing de los Pumas José María Núñez Piossek quien lo recomendó para jugar en Francia. A los 20 años Damián tuvo la oportunidad de emigrar al rugby profesional. Como se venía entrenando en el PlaDar (El Plan de Alto Rendimiento de la Unión Argentina de Rugby en donde los jugadores son preparados para la alta competencia), la transición no le resultó muy difícil. Primero, integró el equipo de la ciudad de DAX, Union Sportive Dacquoise, donde jugó tres años. Después, pasó tres en el Union Sportive Montauban. Y ahora juega su segunda temporada en el USBPA con el cual viene de descender a la tercera categoría por sólo un punto y ahora lidera la zona en busca de regresar a la segunda. 


“Cuando llegué acá me impresionó el profesionalismo y el alto nivel del rugby. Los partidos son más duros, sobre todo en la parte física porque los contactos son más fuertes y hay más velocidad, se juega a otro ritmo. Lo que más destaco es poder trabajar de lo que a uno le gusta, que es un sueño para cualquier jugador”, cuenta Damián Arias en diálogo con eltucumano.com desde Bourg-en-Bresse, una ciudad de casi 41.000 habitantes cercana a Lyon donde vive junto a su esposa Camila, también tucumana, y su hijo de seis años Lisandro. Si bien logró adaptarse bastante rápido al rugby francés, a la cultura de allá le costó un poco más: “Lo más difícil de la adaptación es el idioma, al principio no hablaba nada de nada. Me costaba mucho desenvolverme, pero con el tiempo fui perfeccionando el lenguaje. Sociabilizar me ayudo mucho, si no hablás no te podés comunicar”. Entre las cosas que más le sorprendieron de la sociedad francesa fue el orden y lo que todavía más le cuesta asimilar es la forma de ser de la gente: “Acá hay personas que son muy frías, distantes. Esas cosas mucho no me van. También hay gente que se hace mala sangre por cualquier cosa siendo que tienen de todo”. 

A pesar de que hace tres años que no viene a Tucumán, mantiene un contacto permanente con su familia y con algunos amigos del barrio. Cuando él cumplió los 18 años, sus padres se mudaron a Lomas de Tafí, pero sus principales amistades y algunos parientes continúan en Trulalá; lugar al que recuerda como un ambiente hostil: “Tengo buenos recuerdos de la familia, pero después son todas pálidas: los robos, los tiros, la droga, todo eso te deja un mal recuerdo. Tuve muchos amigos de la infancia que terminaron mal, incluso algunos más chicos que yo que ya murieron. En estos barrios son los mayores los que arruinan a los chicos, son los que les hacen probar la droga y después se hacen adictos, ese es el motivo por el que terminan mal. Pero también hay gente muy buena que vive ahí, gente de bien”. A la distancia, el rugbista de 29 años reconoce el esfuerzo y la influencia de sus padres para no caer en las tentaciones que estaban a la orden del día en el barrio: “Tenía muchas ofertas para llevar una mala vida, pero gracias a los con consejos de mi vieja y de mi viejo pude tener una vida diferente”. 


Desde Francia, Damián siguió las noticias sobre el caso que conmocionó a todo el país y que puso bajo la lupa al rugby argentino: el asesinato de Fernando Báez Sosa en manos de diez rugbiers en Villa Gesell. “Me ha dolido mucho por la familia del chico fallecido. Son inadaptados, tipos que no han reflexionado en lo que estaban haciendo. Yo escuchaba que decían que todo era por culpa del rugby,  pero creo que no es así, el deporte no te enseña a ser violento. Si hay algo que te enseña el rugby es el autocontrol. Yo creo que ha sido gracias al rugby que no me he mandado ninguna cagada”.

El año pasado, Damián se enteró a través de Facebook de la fundación del San Miguel Rugby Club en el barrio conocido como “La Bombilla” y decidió donarles las camisetas. Las casacas fueron confeccionadas en el taller de costura de Claudia, su mamá: “Me parece un proyecto excelente. Me parece muy humana la iniciativa de crear un club así y que quieran ayudar a los chicos. Me ha tocado el corazón verlos entrenando sin tener siquiera botines. A veces esos chicos no tienen la posibilidad y esta gente está intentando que las cosas cambien. Esa es una contribución para toda la sociedad”. 

Si el calendario deportivo se lo permite, Damián planea volver este año a Tucumán para reencontrarse con su familia, los asados con amigos del Trula y los ñoquis de Claudia. También quiere conocer el club San Miguel y a sus jugadores: “Me gustaría ir a jugar con ellos”. 


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