HAZAÑA DECANA

¡Cómo olvidarme esa noche que en Quito fui la Selección!

El 7 de febrero de 2017 Atlético Tucumán escribió la página más gloriosa de sus noches de Copa Libertadores. Un relato crudo y en primera persona, desde adentro, de la incertidumbre a las lágrimas, para revivir la noche que Celeste y Blanca de la que habló el mundo entero.

07 Feb 2020 - 16:48

El Bebe Acosta encabeza el festejo Decano en Quito. Foto: AFP

El mejor día de mi vida tuvo muchos altibajos, comenzando con una gran previa, pasando por unos nervios increíbles y terminando de la mejor manera, abrazado con todos los hinchas que coparon el estadio Atahualpa de Ecuador. Un día donde los nervios y la adrenalina se abusaron, pero tuvo un final único.

La jornada arrancó siendo increíble, con un asado entre un gran grupo de hinchas en la casa de no sé quién. Pero apareció una casa y el Batuque Manson puso manos en la parrilla para comenzar a deleitarnos con la previa.

Vaso va, faso viene, el sol empezó a dejar de calentar y a tirar sus últimos rayos, cuando apenas eran casi las 18. Ahí, decidimos partir al estadio junto a Juan Pablo Sosa, Daniel Coronel, Ruben García y el Pila Monteros. En el transcurso, alguien recibió señal de internet y la noticia comenzó a llegar: “Atlético no salió de Guayaquil”. No entendíamos nada, no sabíamos que pasaba, solo queríamos llegar y averiguarlo. 

Una vez que bajamos del bondi que nos dejó en el Atahualpa, tomamos caminos diferentes, ellos cuatro por un lado y yo, como prensa, por el otro. Ahí comenzó el peormejor día de mi vida…

Atlético no llegaba, y lo que es peor, aun no salía de Guayaquil. El general no sé cuánto, presidente, decía que si se jugaba en los primeros minutos, pero al toque el entrenador uruguayo quería hacerse el que respetaba los reglamentos y solo esperaba el tiempo necesario. Eso hizo que cambiaran de opinión los dirigentes y amenazaran con no jugar. Automáticamente entré en un estado de nerviosismo y decidí irme de la zona donde estaba la prensa recibiendo la información. Me aislé de todos, me fui a los pupitres y me quede a esperar. 

Los minutos pasaron, las puertas se abrieron y los hinchas de ambos equipos comenzaron a entrar. Yo seguía ahí, solito en los pupitres, rodeado de ecuatorianos y sin ningún argentino cerca. Las peores noticias llegaban y mi estado era peor. Ahí, apareció mi gran compañero de la aventura, alguien que nunca supe su nombre pero era el corresponsal de Telam, que estaba cubriendo el sub 20 y lo mandaron a hacer Atlético. El muchacho, al ver mis nervios y que no paraba de fumar, me empezó a pagar cervezas. Luego de la segunda me dice “Quedate tranquilo que se juega, y jugaran con la camiseta de la selección”. Obviamente no entendía un carajo y después de caer en sus palabras, y de que me las repitiera lentamente, me calmé. 

Apareció Leandro González en la boca del túnel y empezó a alentar a la gente, y yo exploté, solo, en el medio de todos los ecuatorianos que, muy respetuosamente, solo me miraban.

Arrancó el partido, un sufrimiento, pero del lindo. Porque el equipo siempre se mostró mejor que el rival. La tuvo Zampedri en la mitad del primer tiempo, pero se fue cerca. En el arranque del complemento, otra vez de cabeza, pero se fue por arriba. Y la tercera fue la vencida. Las sensaciones de lo vivido en el Atahualpa en ese momento son muy difíciles de escribir. Porque el centro venía muy bombeado, y el cabezazo del goleador fue aún más de colgadita, pero preciso, letal. Porque veía cómo iba cayendo la pelota dentro del arco y un nudo comenzó a salir desde mi corazón, pasó por la garganta y salió por la boca. Con fuerza, muchas fuerza, y con lágrimas. Lagrimas que no podían creer lo que mis ojos veían. 

El festejo de Zampedri, con la 9 de Lautaro Martínez. Foto: REUTERS/Guillermo Granja

Mientras saltaba del pupitre, gritaba y gritaba a lo loco. Solo. Hasta que me di vuelta y estaba este muchacho de Télam que, vuelvo a insistir, nunca le supe el nombre. Lo miré, lo abracé, fuerte, muy fuerte. Necesitaba abrazar alguien y gritar y gritar, mientras la tribuna con los tres mil decanos explotaba y el resto del estadio enmudecía. El pibe me entendió y me abrazó, festejó y me volvió a pagar otra birra. Un genio. 

Los minutos pasaron, ellos tuvieron algún remate de lejos y nada más. El árbitro dio el pitazo y atiné a pararme en el pupitre y cantar, festejar, reírme, llorar, gozar. Todo un sinfín de sensaciones que nunca había sentido, jamás. Mientras, los ecuatorianos que estaban a mí alrededor me miraban y me aplaudían, me felicitaban. Y yo, más loco. 

Fetsejo Decano en Quito. Foto: AP Photo/Dolores Ochoa

Me despedí con otro abrazo del chabón y, lejos de irme a la conferencia o a hacer notas, me fui al carajo. Di la vuelta al estadio y metí en la salida de los hinchas del Decano que iban saliendo muy de a poco. Necesitaba abrazarme con ellos, necesitaba festejar, necesitaba cantar y reírme; porque esa noche quedará en nuestra memoria para siempre. La noche que en Quito fui la Selección.

El festejo de Marcos G. Lamoglia tras la hazaña decana en Quito.


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