Algunos audaces y salidores, otros sobrios y seguros. De todos los estilos y para todos los gustos. eltucumano.com realiza un homenaje, en su día, a los grandes atajadores que tuvo nuestro fútbol. Primera entrega: San Martín.
Ignacio Arce es el único arquero que hizo un gol en los 90s minutos de la historia de Tucumán.
Hablar del arquero es hablar de un tipo raro, ya de por si se viste diferente, usa otros colores, ni siquiera parce del mismo equipo. Además puede tocar la pelota con la mano y hasta agarrarla: algo que roza lo indigno para el que tiene vocación de potrero. Por eso en el barrio, en los baldíos y en las calles nadie quiere ser arquero: “Un gol cada uno”, suele proponerse para democratizar el martirio; “¡Ulti pa quedar!”, dice el más pícaro, sabiendo que tal vez evita la tercera o cuarta ronda; “Yo ya he quedao cuatro veces, te toca a vos”, ordena otro en el medio de un partido que ya lleva 4 horas y que va 16 a 13.
Sin embargo, de vez en cuando, aparece alguno, que de manera voluntaria se ofrece para el puesto, al comienzo se lo recibe con desconfianza, se lo mira de reojo, pero se le concede el honor de atajar toda la tarde, porque no importa si es bueno, en el peor de los casos será un mal necesario. Para esos personajes extraños que prefieren los buzos, los pantalones largos y los guantes aunque haga 45 °C, para ellos va este pequeño homenaje. Porque nadie tiene un camino tan estrecho entre el héroe y el villano como el arquero, que puede calzarse un traje u otro varias veces en un mismo partido.
Empezamos con San Martín. Si hay un arquero que encarna la ciclotimia de la relación entre el puesto y su hinchada es Ignacio Arce. No hay dudas de que el Negro ya tiene ganado una buena parte del corazón de Ciudadela. Dueño de una personalidad a prueba de balas, es de esos tipos que no nacieron para quedarse bajo los tres palos. Es fácil imaginarlo de chico siendo goleador, y que cuando le tocaba atajar, las pedía a todas. Así es ahora Arce: se para en la medialuna y se ofrece como opción de pase constantemente. Le pega perfecto con las dos piernas, y su viveza lo ha convertido en uno de los máximos asistidores del equipo. Además cerrando el 2019 se transfomó en el primero en su puesto en hacer un gol de jugada en las historia del fútbol Tucumano. La contra partida es que su exceso de confianza más de una vez le ha traído algunos errores que se pagaron con goles del rival, sin embargo, luego de idas y vuelta, el pueblo Ciruja parece empezar a quererlo así: con sus virtudes y sus defectos.
Si nos vamos un poco más atrás, tal vez con el estilo contrario de Nacho, encontraremos a Germán Caffa. Llegó en el 2008 tras la salida de Lavallén, no tenía demasiados pergaminos, pero con par de partidos se ganó un lugar entre los titulares. No era de voladas espectaculares, pero sí de intervenciones claves y precisas que convertían al equipo de sólido a invencible. Aprovechaba su altura muy bien y manejaba el aérea como pocos, su experiencia en fútbol paraguayo lo había curtido en el juego aéreo. En un Nacional B donde llovíaN centros, San Martín, con Caffa, tenía el arco techado. El resultado está a la vista, puntero durante 30 fechas, campeón y ascenso inapelable: Germán tuvo mucho que ver con eso.
Javier Lavallén formó parte de la era de la resurrección del club. Llegó en la Liga y fue el custodio del arco durante 3 ascensos consecutivos. En el camino alternó buenas y malas. Estuvo a punto de perder el puesto en varias ocasiones y terminaba reparando sus propios errores. Sin embargo, hay dos jornadas que lo cuelgan del cielo rojo y blanco. La primera, menos recordada, fue bajo una llovizna intensa en Formosa en la final de ida del Argentino B. La expulsión de Lucas Oviedo había condicionado el partido, Sportivo Patria cascotea el rancho y Lavallén responde una y otra vez, manteniendo el arco en cero con actuación de 10 puntos, consumando medio ascenso, el trámite se completaría 6 días después en una Ciudadela colmada: triunfo 2 a 0 y al Argentino A.
La segunda transcurre un año después, una mañana de domingo en Córdoba. Racing es el rival y otra vez es una final. San Martín la pasa mal, Javier mantiene al equipo con vida hasta lograr forzar los penales. Ahí, el platense se viste de héroe: ataja 3 y además mete el suyo. Dicen que en Nueva Italia, si uno hace silencio durante unos segundos, todavía puede escucharse un griterío ensordecedor que canta: “Vamos Vamos Lavallén, Vamos Vamos Lavellén”.
Durante los 90s pasaron muchos arqueros, tal vez Gustavo Lema y Rubén Urquiza sean ejemplos de buenos futbolistas que no tuvieron suerte en Bolivar y Pellegrini. Sin embargo, si hablamos de esa década, la referencia a Francisco Guillén es ineludible. Oriundo de La Cocha, el Patón hizo todas las inferiores en el club, cuando llegó a primera le costó ganarse la titularidad, la presencia de grandes arqueros como Maguna, entre otros, hacía que no le sobren chances. Sin embargo, tuvo dos momentos de un nivel altísimo. Primero en el Nacional 85, cuando Pucho Reinoso lo eligió como titular, para ese certamen donde un verdadero equipazo Ciruja terminó quedando afuera en Chateau frente al Argentinos Juniors de Pepe Yudica.
Pero sin dudas, su momento de mayor gloria se dio durante el año 1992: nadie olvidará en Tucumán el penal que le atajó a Atlético en los cuartos de final del reducido, posibilitando la clasificación a la semis, que luego terminaría en el famoso ascenso ante Almirante Brown. De aquella tarde de invierno en Isidro Casanova, el gol olímpico de Scime se lleva los laureles principales, sin embargo, la gran figura del equipo fue Guillén, que se pasó 90 minutos volando de palo a palo, evitando lo que debería haber sido una goleada.
Ya en primera, ese mismo año fue elegido el mejor arquero del Apertura. Actuaciones soberbias en partidos televisados contra River y San Lorenzo lo hicieron conocido a nivel nacional. Siempre hubo sospechas sobre un supuesto arreglo del partido entre San Martín y Boca que definía ese torneo. De haber existido tal arreglo, a Guillén no le avisaron. Busquen en YouTube, se atajó todo.
La ingratitud del puesto de la que todos hablan, toma cuerpo en Maguna. Golero que atajó durante casi 10 años y que un mala tarde de 1986, frente a Atlético Concepción, lo condenó de por vida. Si bien esa historia es harina de otro costal, esperamos que haya tiempo para la redención de este gran arquero tucumano.
Para finalizar el artículo no podemos dejar de mencionar a dos grandes en su puesto: por un lado el Tuerto Adet, a quienes muchos consideran el mejor portero de la historia del fútbol tucumano. Un mito dice que un grande de Buenos Aires quiso llevárselo, pero al verle su párpado caído decidieron no contratarlo, pensando que no veía de un ojo. El otro caso es el del Uruguayo Eduardo Larrosa, el primer extranjero en la historia de nuestro fútbol, que además tuvo el honor de custodiar el arco de San Martín durante la consagración del Campeonato de República de 1944.
En fin, a todos los arqueros que, solitarios, se revolcaron muchas veces para evitar lo inevitable, hoy eltucumano.com les envía un feliz Día Internacional del Arquero.