Se acerca un nuevo cumpleaños del Club en medio de terremotos y tormentas que golpean por todos lados a las frágiles estructuras institucionales. Hace casi tres décadas la inestabilidad se apropió de los pasillos de Ciudadela que no logra encontrar su norte.
“Era obvio que se iban caer”, “Siempre lo mismo en San Martín”, “Estaban mal puestas”, “El viento se embolsó arriba”, “Se despegaron porque la base estaba mal hecha”, son algunas frases recopiladas de hinchas del Santo que obtienen respuestas de otros que dicen: “Ahora son todos ingenieros”, “Ninguno se acercó a aportar nada y ahora critican”, “Si sabías que estaban mal puestas ¿Por qué no lo dijiste?”.
Este tipo de intercambio de palabras, más o menos agresivas según cada caso, pueden observarse en cualquier red social donde se haya hablado sobre las torres de iluminación que se desplomaron el último miércoles. Sucede que entre los hinchas están los que defienden el voluntarismo del que tiene la iniciativa y también los opinólogos críticos que desde la comodidad de un sillón se calzan el traje de expertos.
En ambos casos, son hinchas que ejercen su derecho a opinar con libertad, pero el problema sucede cuando se pasa de los dichos a los hechos y con el mismo desparpajo con el que se escribe en Twitter, se acciona en el club.
En unos días, San Martín cumplirá 111 años desde su fundación y llega a esta fecha golpeado por todos lados: la pandemia atacó en lo deportivo y en lo institucional, arrasando con un proyecto que marchaba firme hacia el objetivo de conseguir un ascenso tras haber sufrido un descenso unos meses antes.
Por otro lado, el hecho de no competir socavó la economía del club debido a que un alto porcentaje de los ingresos se producen gracias a las recaudaciones.
Desde lo político, las elecciones que debían llevarse a cabo en junio de este año se postergaron y aún no tienen fecha, Roberto Sagra anunció que no se presentará y por el momento, solo Adrián Seco mantiene firme sus intenciones de postularse. Lo cierto es que nadie más pareciera estar convencido de querer agarrar el fierro caliente del San Martín de post pandemia.
Para colmo, cuando la agrupación Por San Martín se aprestaba a inaugurar con bombos y platillos, con la presencia estelar del intendente Germán Alfaro, el nuevo sistema de iluminación en el marco de los festejos por el aniversario, una tormenta aguó la fiesta derribando las torres tan solo un día después de haber sido removida del lugar donde habían permanecido por 52 años.
La caída de las “nuevas” torres de iluminación denotan y, la vez, podrían tomarse como metáfora de lo que hoy es San Martín como institución: frágil, endeble, por momentos decadente.
Esa fragilidad no es exclusiva de la gestión de Sagra, ni tampoco de la anterior. Por el contrario, esta endeblez está lejos de ser nueva: es un proceso que empezó hace 30 años y que, aún con sus honrosas excepciones, ha sido un factor común en todas la Comisiones Directivas post Natalio.
Sucede que cuando Mirkin padre dejó la presidencia tras 18 años para ser candidato a intendente de San Miguel de Tucumán en las elecciones del 91, nadie lo supo en el momento, pero la Ciudadela se empezaba a convertir en una zona sísmica donde los terremotos serían una constante dotando de una inestabilidad sin precedentes y, hasta ahora, sin solución al club.
Si bien al comienzo de los años de los 90 las estructuras firmes resistieron de pie los primeros temblores y la resaca mirkinista todavía brindaba frutos, sin el cacique la tribu empezó a dispersarse y el desorden no tardó demasiado tiempo en tomar las oficinas del club. Se generaron deudas millonarias y las renuncias de dirigentes se volvieron tan habituales como las derrotas a tal punto de que el fútbol fue gerenciado y el equipo tocó fondo descendiendo a la Liga.
Por suerte, el peso de la historia, el acompañamiento masivo e incondicional de la hinchada y algunos aciertos dirigenciales sacaron a San Martín de ese infierno y con varios vaivenes, el club osciló entre la tercera y la primera categoría en los últimos años.
Sin embargo, desde los instruccional se creció poco y nada, aunque el hecho de que Sagra haya llegado al fin de su mandato luego de que Oscar Mirkin también lo hiciera, habla de un pequeño progreso en relación a las anteriores gestiones.
Es cierto que este avance incipiente invita al optimismo, pero no hay que perder de vista que la Comisión Directiva anterior estuvo a punto de quedar acéfala y que en la actual renunciaron, a los pocos meses, los dos vicepresidentes de la lista original y que la administración, por lo menos desde afuera, parece ser unipersonal con la asistencia de un segundo dirigente en la contratación de los jugadores.
En este contexto, no llama la atención que, de golpe, un grupo de socios, voluntariosos y entusiastas, emprendan una obra de importante envergadura, por supuesto con el aval correspondiente. Uno de los socios, es uno de los vicepresidentes que renunció y prefirió “trabajar desde afuera” en una decisión a la que es difícil encontrarle explicaciones lógicas.
Con esa misma soltura con la se presentó a elecciones y las ganó, para luego renunciar, hace unos días impulsó una obra que no resistió más 24 horas. Como si fuera poco, ahora enuncia frase del tipo “no hay tormenta que derribe el amor por el club” o “Vamos a ponernos de pie como tantas veces”, lo que hace pensar que no hubo, ni habrá, un momento de reflexión, ni de dimensión sobre la gravedad de lo sucedido.
Incluso, el mismo grupo (repito: voluntarioso, entusiasta, y agrego bien intencionado) será el que se encargue de reparar los daños ocasionados, lo que desprende algunas preguntas obvias: ¿Qué pasa si se produce un nuevo accidente, pero con víctimas humanas? ¿Alguien más va a supervisar los nuevos trabajos? ¿Cuáles son las garantías ahora? ¿La dirigencia de San Martín permitirá que sigan trabajando? ¿La dirigencia dirá algo al respecto?
Sin ánimos de hacer leña de las torres caídas, creo que asistimos a un momento institucional totalmente anárquico, donde Sagra, tal vez atento al armado de un plantel competitivo para ascender rápido, y con un frente de batalla muy grande abierto contra AFA, dejó liberado un terreno que se volvió un baldío, o peor aún, un desierto que muchos, con buenas intenciones, creen que pueden ocupar.
Una prueba de esto es el fallido que se produjo en el zócalo de uno de los noticieros más importantes a la provincia donde redactaron para acompañar las imágenes: “Jorge Glasberg – Daniel Galina. Dirigente de San Martín”, cuando en realidad no ocupan ningún cargo. Es cierto que se trata de un error periodístico, pero que a la vez refleja que, ante la ausencia de voces oficiales, los roles de unos y otros son, al menos, confusos.
Lo cierto es que sea quien sea el que ejecute esta y cualquier obra en el club, debe ser bajo la supervisión total y absoluta de las autoridades que de ningún modo pueden desprenderse de esas responsabilidades.
Algunos trascendidos indican que los directivos de San Martín supervisarán las nuevas obras que ya no estarán a cargo de la agrupación Por San Martín, sino que la institución contratará los servicios de alguna empresa constructora. De confirmarse, sería exactamente lo que corresponde, así que, en este caso como en cualquier otro, más vale tarde que nunca.
Es saludable que haya socios con vocación de servicio por el club, no hay dudas que Daniel Galina es uno de ellos, al igual que Pinky Glasberg y algunos otros que siempre está tratando de aportar algo, pero también creo que es momento de repensar los roles propios y ajenos, de pregonar por un club con más actividad y participación de los socios y con más presencia directiva en todos los ámbitos.
San Martín necesita con urgencia fortalecer con sus estructuras institucionales. Algunos pasos se han dado en los últimos 6 o 7 años, sin embargo, queda mucho camino por recorrer. Por empezar, habría que construir estrategias sólidas, dejando de lado la chabacanería y las diferencias coyunturales, hay gente capacitada adentro y afuera del club para llevarlo a cabo, lo que no hay es una planificación seria.
Se cumplen 111 años el próximo lunes, y es un buen momento para replantearse algunas cuestiones y que cada uno se ubique en su palmera y desde allí aporte lo que le corresponda. Es momento de profesionalizar el trabajo del club poniéndole la cabeza a lo que se viene haciendo con el corazón. Es momento de apelar a la razón, porque pasión siempre hubo y habrá de sobra.