Que levante la mano, La pelusa, El sombrero, Mañana por la mañana, Márchate, La revancha, Bailadora. Los temazos de Monterrojo, ícono tropical si los hay, mandan sobre el escenario desde hace años. Son himnos que baila Látigo, bailados por el tío de la fiesta de corbata atada a la frente, por Mabel, por vos, por eia, y por vos también.
Son pasos, movimientos, y lo bailan los que saben, los que se animan a bailar, los que no pueden quedarse sentados ni quietos. Son a los que la música les empieza a subir por el talón, le aplica un cortocircuito al gemelo, va subiendo por la cadera, cintura, pecho, paso, manito, paso, tamborileo, paso, vuelta, vuelta, vuelta y una vuelta más.
Es la música del pueblo y el carnaval, es la música que corrió al arrabal, que sacó al adoquín, que le marcó la cancha a la Miguel Lillo,
es la música que junto a La Mona Jiménez, Chiquino, Koli, Walter Salinas y Las Minifaldas en el estadio forman la banda sonora con Los Pibes del Ritmo de la Gloriosa hasta convertirse en esta orquesta que es el canto a San Martín y a la Ciudadela, el canto a los Santos que así yo soy feliz.
La cumbia del recuerdo, la nueva cumbia, la cumbia 420 pa los negros, el cuarteto de barrio de Walter, los dos músicos con la KDY del Santo en Tucumán de previa o ante una descomunal multitud en España luciéndola en el pecho, confirma que los pibes de la nueva escena musical como L-Gante también saben porque es rojo y blanco el color de la fiesta.
Entonces no hay forma, ninguna forma de esquivarle al sentir tropical de un barrio donde Bésame reina en las cocinas, donde la Roisem pega en Potente como fernet sin coca, es la música que retumba en los parlantes acostados en los baúles de los autos abiertos de La Quiaqueña, es la música que acompaña los pasos prohibidos de
Lucas Correa, el hijo del popular Vitín, el payaso furor de la previa en La Esquina del Santo al compás de la danza de Los Mirlos.
La música de Ciudadela llega a los jugadores, se la escucha desde afuera mientras entrenan en el templo o salta la tapia por San José y entra al Complejo, donde hay un grupo de jugadores que se ha sacado la bronca de encima, las capas de sarro de las biromes podridas de la calle Viamonte, que se reinventó en el camino, que asumió el robo del año pasado, que vio cómo se fue la dupla en silencio hasta el sabor del reencuentro y del abrazo que recibió a De Muner con la cara lavada, y ahí sí: se preparó para pegarse dos chirlos en la mejilla, se despertó, y se puso la pilcha que mejor le queda.
Es la pilcha la que usa el candidato, la del ganador, la que usa el que sale a ganar en todas las canchas y el que ahora gana en todas las canchas.
Eso se lleva en la sangre, eso late en el corazón, eso está en el espíritu, es la alegría que nunca robarán, y es la que se traduce en los pasos mágicos de
Lucas y
Nacho, de
Diarte y
Arce, de los que mueven el vestuario con los pibes como Gallucci, el apellido más DJ de Ciudadela, el refuerzo que se sube a las mesas de los vestuarios y acompaña a los que se quedaron a bancar los trapos como Lucas y Nacho mientras Tino sigue batiendo las palmas las palmas las palmas como cuando retumbaba:
"Nunca lo digo pero lo siento", de Uno x Uno.
“
Noto mucha similitud con el grupo anterior, en lo personal lo noto muchísimo. Se acoplaron muy bien los chicos y estamos en un proceso lindo, en el día a día. Esa alegría que remarcás es la que vivimos día a día, sabiendo y separando los momentos, ojo. Cuando se puede festejar y bailar, se lo hace. Si no, no. Algunos bailes surgen de manera espontánea, después de la charla técnica, de alguna conversación con los compañeros: ‘Che, si hoy hace un gol tal, le metemos baile’. Ya lo hacíamos a los bailes con Abel (Luciatti) y Emiliano Amor. Nos gusta”, le cuenta Lucas Diarte a
eltucumano esta noche, mientras jugaba la Selección.
“Sigue sonando Walter en los vestuarios, sumamos reggaetón, le metemos cumbia nueva, algunos grupos que ni sé cómo se llaman, está L-Gante, y hasta los utileros se prenden”, se ríe Lucas Diarte, tan Ciruja de alma que a los 2 años ya iba a la Pellegrini y Rondeau con su viejo.
Eso sí: cuando se le consulta si el viejo y querido Dante Bautista también le aplica unos pasos aclara que no, que el que también le mete es Rodrigo Cano, el discípulo del prócer.
Tras la viralización de los videos de la felicidad que vive San Martín por estos días, con los changos meta cumbia, a dos puntos de la cima, después de haber resurgido, a pesar de los golpes y los momentos vividos, de la despedida en andas del gran Gonzalo, aquí están:
mientras el Negro Arce aprendió que la alegría era viajar en una Zanella abrazado a su viejo con 14 años para ir a entrenarse en moto desde Paraná hasta Santa Fe, aquí había un muchacho que dejaba el alma en El Bosque y que, cuando el libre y las vacaciones lo permitían, también era furor con su señora y los amigos de siempre en templos musicales que también se extrañan.
“
Cada vez que venía de vacaciones después de jugar en Estudiantes, con la familia, con los conocidos, íbamos a bailar a La Retro, a La Cascada. Siempre disfrutando de lindos momentos. Por eso lo disfruto mucho a este momento: después de lo vivido en el torneo pasado y con la actual pandemia, todo se resignifica: uno disfruta de cada momento, de cada entrenamiento, del vestuario, de los amigos, y de todo este momento que muestra a un vestuario unido, que lo deja todo”. Y que a la hora de celebrarlo, lo baila así:
como San Martín manda.