Diarte otra vez figura, un ingreso revulsivo de Cuevas en el segundo tiempo y tres anotaciones espectaculares le bastaron al Santo para conseguir un triunfo clave en Buenos Aires ante Chacarita. Los de Ciudadela siguen peleando arriba y cada partido se vive como una final.
Qué lindo se siente ese trago reparador que alivia los raspones de la garganta malherida tras esos tres gritos del alma que hincharon las venas, inflaron el pecho y desorbitaron los ojos. Había que ganar para demostrar que este equipo va a dar pelea. Había que ganar para alcanzar Tigre y meterle presión Brown. Había que ganar para seguir arriba. Y se ganó, nomás. ¿Jugando bien? No, para nada, pero eso nadie le importa ya, o al menos nadie le importa hoy. Ahora es tiempo de bajar los decibeles, de que la presión arterial vuelva a una cifra menos nociva, de sentarse a comer los ravioles de la vieja o el asadito del viejo, de disfrutar de los que queda de este domingo, que ya es hermoso.
Porque empezó tempranito, entre mates y tortillas, con los nervios crecientes a medida que el reloj se aproxima a las 12.10 y a las 12.12 ya sufrías, y a las 12.19 ya explotas por primera vez. Cuando Diarte se conviertía en Roberto Carlos y le rompía el arco a Tripodi que ni siquiera mete la mano, porque su vasta experiencia le enseñó que a esas pelotas no hay forma de atajarlas.
La jugada había empezado como empiezan todas las de San Martín: en los pies de Ariel Cháves, cerebro de este equipo que lo necesita como cualquiera al agua. Él la pinchó a la espalda de la defensa de Chacarita que se paraba demasiado en línea, Vella picó habilitado llegó al fondo y tiro un centro perfecto, Imbert la dejó pasar, Diarte la dominó la clavó en el ángulo.
Con el tres en la espalda, besándose el escudo, con el corazón en la mano, y el alma en cada pelota, Diarte es el símbolo de este San Martín. El soldado caído en la injusta guerra con AFA que hoy va por la revancha con las armas más nobles que tiene: jugar a muerte cada partido y cada pelota.
La garganta había sufrido la primera exigencia del mediodía y estabas dispuesto a que no haya más. Pero Arce, que mata a más de uno por partido, que siempre está al borde del error, que toca más pelotas que los algunos volantes y que nunca va permitirnos olvidar de que él es el Negro Arce, el del gol agónico, el que patea un tiro libre innecesario, el que te salva en varios partidos, el que sale mal con Dálmine y el que también te entrega un gol increíble como el de hoy: una pelota regalada a los pies de Perdomo nos recuerdan demasiado a lo que hizo este mismo campeonato contra este mismo rival en La Ciudadela, justo antes de que llegue De Muner. Arce es así, y no parece que vaya a cambiar. A veces el mejor de todos y otras, el peor.
Por suerte para Arce, y para todo el Pueblo Ciruja, y para que este domingo siga siendo hermoso hasta la hora de dormir, Chacarita se conformó con el empate y le entregó la pelota a San Martín, tratando de taparle a Cháves y liberando a los centrales, para que tiren pelotazos que no llegaban a nada.
De Muner pensó que en la banco estaban las soluciones, y mandó a la cancha a Daniel González y Emanuel Cuevas. Cuevitas no jugaba desde hacía más de 10 fechas, ni al banco iba, y hoy entró porque Sinisterra está con Covid, e hizo más que el colombiano, y todos los demás juntos. Fue decisivo su ingreso con dos golazos con el sello de un crack que había mostrado cosas interesantes en el primer tramo del torneo y que después desapareció. Aunque él mismo se dilapidó la de ser titular la semana que viene al recibir dos amarillas, una más estúpida que las otra.
La primera por sacarse la camiseta en un festejo, algo que se sanciona con amonestación desde hace 30 años. Y la segunda a menos de cinco para el final, con el partido ya liquidado, yendo a disputar con vehemencia innecesaria una pelota intrascendente.
Volviendo a los goles, en el segundo, Diarte le metió un taco perfecto a Cuevas para que le rompa el arco a Tripodi, casi sin ángulo, pero con tanta violencia y precisión que no hubo otra que festejarlo y ahí el segundo ardor en la garganta, el tercero contando la puteada a Arce.
Unos minutitos después, Estigarribia se convirtió en Cháves y le filtró una gran pelota para que González le sirva el gol a Cuevas que volvió a definir con mucha clase. Tercer grito de gol y la garganta a la miseria es una de las cosas más hermosas que te pueden pasar este mediodía de primavera en pleno invierno.
Y ya no renegás más de esos porteños recalcitrantes de la trasmisión que ni con el 3 a 1 dejan de hablar de “Chaca”: “Chaca jugó bien", “Chaca no merecía perder”, “Chaca se quedó en el segundo tiempo”, “Chaca tiene que ser más ambicioso”. Chaca y TyC Sports, a llorar a la iglesia.
La mesa está servida, la vieja te pregunta cuánto falta así va tirando las pasta al agua, San Martín aguanta con 10, y el reloj marca 48 del segundo tiempo. Ya está, hermano, ya lo ganamos, falta el último gritito, el del final, esta vez más tranquilo, porque hace rato que sabés que la cosa está liquidada y hay que disfrutar las pocas veces en que se gana sin sufrir tanto, o con cierto margen, no es normal para nosotros, los Cirujas.
Lo que sí es normal es esta ilusión que te brota del pecho otra vez, esta tremenda alegría de saber que hoy te espera una sobremesa de folclore, de tango, del rock o de cumbia, que la tarde es larga y que hoy hay fiesta en Ciudadela y todo Tucumán, porque hoy ganó El Santo, papá y venga el que sigue.