De visitante contra el puntero, bajo una lluvia torrencial, con la cancha barrosa y la pelota pesada. No importa dónde, no importa contra quién, no importa cómo, el Santo sale y busca el triunfo, los rivales se defienden, dejan correr los minutos, quieren que termine el partido cuanto antes. Un punto que sabe a poco. Un rendimiento que tranquiliza e invita a la ilusión.
Foto de @Club_AlteBrown
Ya no hay dudas, señores, San Martín pelea el campeonato de igual a igual, y aunque te muerdas los labios de bronca, aunque te ronde en el pecho esa sensación de que se podría haber conseguido un premio mayor, aunque mirés una y mil veces para buscarle explicación a esa pelota que no quiso entrar en el segundo tiempo cuando a Cháves se la sacaron dos veces de la línea y el arquero logró meter ese manotazo salvador increíble. Aunque querías los tres puntos y el equipo lo merecía, y otra vez la oportunidad de alcanzar la punta se escurre. Aunque pase todo eso, el Santo pelea el campeonato, señores, lo pelea y lo va a pelear, y eso es una mala noticia para todos los demás.
Sino preguntale a Almirante Brown, puntero y local, que metió 11 tipos en campo propio desde el minuto cero, para cuidar su arco, para buscar el empate y nada más. Les rebalsaba el respeto a tal punto que ya olía a miedo. Nunca jugaron, nunca quisieron ganar, nunca lo intentaron, como quien sabe que el del frente es mejor, es superior, por presente y por historia, y por todo. Así jugó Brown, el puntero, de local.
Es entendible lo de Almirante, la roja y blanca encandila al que sea, y San Martín es un rival que cualquiera en la categoría quiere evitar. Esa camiseta que infunde respeto en todos lados tiene un peso específico que hay que saber llevar, y este equipo lo lleva, con sus altibajos, pero lo lleva, con sus fisuras, pero en general, está a la altura. Y por eso sale hecho una tromba en menos de tres minutos tiene dos claritas: Sansotre que le da mordida con el arco semivacío y se la sacan de la línea; y después Vella que mete sotana y derechazo fuerte y bajo que sale pegadita al palo.
Acá está San Martín, torazo en rodeo ajeno que no vino de paseo ni a ser sparring de nadie, vino a jugar, vino a ganar y que se note de entrada, porque Borwn no existe, y porque Tigre es un invento, y porque lo grandes son grandes, acá, allá y donde sea.
La lluvia y el barro no ayudan en una cancha que es fea siempre y más cuando le caen baldazos desde el cielo, pero no importa, porque si hay que meter se mete hasta la mano en el área, como Maxi Martínez que se confundió de deporte y bloqueó como si fuera el hijo de Conte, el heredero. Por suerte el árbitro, que debe haber desaprobado anatomía en la primaria, creyó que el antebrazo es la axila y dijo “siga, siga” a lo Pancho Lamolina. Lo peor es que todo eso sucedió con la trasmisión cortada y sin periodistas tucumanos en el estadio. Imagínese, señor ciruja, que podría haber sentido si tras esos 5 minutitos sin señal televisiva, le retornaban las imágenes con un penal para Brown. Por suerte no pasó.
De ese primer tiempo favorable al Santo queda la sensación de que el rival fue ordenado en su guión de defensivo, y que López y Sansotre debieron haber sido un poco más incisivos y largar más pelotas a la hoya, para que Estigarribia intente algo donde más sabe. Porque poco lo sirvieron la 9 que no aguantó mucho fuera del área y que no recibió ninguna adentro como para gravitar.
Esa falta de profundidad se debe también a la dificultad del encuentro, a todo lo que había en juego. Está claro que San Martín asumió el protagonismo y los riesgos, pero es evidente que hubo una premisa de cuidar la pelota y no dar chances de contragolpes rápidos, algo que Brown maneja bien y que en algún momento también pudo manifestar.
El segundo tiempo fue parecido: San Martín se hace cargo del partido, y Almirante prefiere retrasarse y esperar que termine. En cualquiera de los 90 minutos, el local hubiera estado dispuesto a meterle el gancho a un contrato que les garantizará el empate, de eso no hay dudas.
Mientras tanto había un partido con pelota mojada, cancha pesada y piernas que se iban desgastando. Ariel Cháves, amo y señor del fútbol en San Martín, deleitaba con pinceladas de mucha calidad y claridad a las que le sumaba esfuerzo y sacrificio a tal punto que adonde fuera que el balón rodará se veía una cabellera platinada muy cerca de él. Su socio ideal fue Rodrigo Herrera, de mucha presencia y recuperación, y bastante preciso en la distribución, de él nació la más clara de la tarde, esa que el arquero atajó cuando parecía vencido y que a Cháves le sacaron dos veces de la línea.
Detrás de esa jugada clarísima creció un poquito Almirante, que se sintió cacheteado, que entendió que cualquier momento iba a recibir la piña del KO definitivo, por eso salió y se adelantó unos metros, no tanto para ganar, sino más para incomodar en la gestación del Santo.
Pero ahí tuvo una el Chávez de ellos, el que se escribe con Z, que se fue por arriba del travesaño tras un desvío. También llegaron algunos centros que hasta ahí no habían tirado nunca. Ese incipiente crecimiento de los locales coincidió con el cansancio de un San Martín que había hecho el gasto de la tarde y que llegaba al final del juego con pocas piernas.
En este sentido, los cambios de De Muner no rindieron, porque Sinisterra no mostró ni fuerza, ni velocidad, ni habilidad, ni nada; porque a Daniel González le costaba hacer pie; y porque Emanuel Cuevas ingresó demasiado tarde, y no fue ni la sobra de lo que había sido contra Chacarita.
Tal vez lo de Cuevitas deja en deuda al entrenador que inexplicablemente no lo tuvo de primera opción tras aquel ingreso endemoniado contra el Funebrero. No hubo un Ciruja que esta tarde no lo pidiera a gritos desde el comienzo del complemento.
Pero no estamos para cuestionar a De Muner que sabe bastante, a tal punto de haber convertido a este equipo en un candidato, y pensar que cuando sumió, hace exactamente una rueda atrás, contra el mismo de hoy, Almirante Brown, pero en Ciudadela, el Pueblo Ciruja miraba más la temporada que viene que esta misma.
Sin embargo, acá está el Ciruja señores, peleando el torneo con alma, corazón y vida contra el que sea y como sea. Y, si no se puede ganar, hay que empatar, más este tipo de partidos. Por eso el DT saca a Maxi Martínez, el punto más flojo de la defensa, para evitar que algun error pudiera dejarlo con las manos vacías en el atardecer lluviosos de Buenos Aires.
Arce se queda con la última pelota de la noche y se tira al piso, como diciendo: “Muchachos, ya está, lo dimos todo, lo buscamos más de 90 minutos, no pudimos. Ahora metamos este puntito en el bolsillo que sirve y que suma”, y tiene razón Arce, porque aunque lo querías ganar, aunque lo merecías, lo más importante es que San Martín se hizo respetar con el puntero y que ahora se viene lo mejor y el Santo está ahí, como siempre, porque los grandes, luchan hasta el final.