Volvió la alegría a la cancha, el barrio se vistió de carnaval para recibir al Pueblo Ciruja tras 19 meses de desencuentros. Se terminaron los tiempos de tribuna vacías y silenciosas, regresó la alegría y la pasión al estadio más caliente del país. Una victoria contudente e importante en la primera función de la Demunereta frente a su público.
La pesadilla terminó y empezó el sueño, ese que se construye bien despierto y desde las tribunas. Con los abrazos que faltaban y que hoy te sobran, por suerte. Caminando por el barrio empezás a ver esas caras conocidas que hacía tanto que no veías. No sabés sus nombres, no hace falta. Sabés que son Cirujas de toda la vida y con eso basta.
Qué lindo que es volver por Dios, pensabas que extrañabas, pero no tenías idea cuánto hasta que no estuviste ahí. Había un vacío en el pecho, lo sabías, lo sentías, hoy se fue. En la esquina te tomaste una lata para refrescar esa garganta reseca por los nervios. Ya en la fila te temblaban las piernas ¿Hace cuanto no te sentías como ese niño que solo podés volver a ser en La Ciudadela?
Cuando cruzás la puerta y estás del otro lado la mirás desde adentro: imponente, maravillosa. ¡Qué lindo trepar esos escalones escurriéndose entre la gente. “Acá está bien”, te dice tu hermano, te das vuelta y medís que el alambrado no te tape la línea y te percatas que ya no están los postes de iluminación que desde ahí, te hubieran tapado media cancha.
Explota La Ciudadela, y tras el “Bienvenido al estadio más caliente del país”, sale el Santo a la cancha. No se cae el cielo, ni se viene una tormenta, son los estruendos de la bombas que lanzan desde afuera y las piernas que te temblaban a vos ahora le tiemblan a los jugadores. A los mendocinos y a los nuestros también. Que tardan más de media hora en dar dos pases seguidos y que sufren la misma falta de ideas y de precisión que en los últimos partidos, pero esta vez 30 metros más atrás, porque Gimnasia presiona más arriba y no deja avanzar al Santo.
¡Qué dura que viene la mano! Juegan bien ellos y nosotros… nada. Todo cuesta mucho, ni Tino Costa está bien hoy, Cháves desaparecido, Sinisterra no da pie con bola, los demás muy quietos, muy parados, paralizados.
Ellos cada vez se animan más y una manito que no cobran porque es la de apoyo, y un tropezón de Sinsiterra al borde del penal, y un gol anulado por off side. Todo eso para ellos, para nosotros… nada, otra vez, la nada misma.
“¡Qué lindo es volver a La Ciudadela!, ¡Qué feo es volver a sufrir!”, pensás, pero después te acordás que sufrís en todos lados, en la tribuna, frente a la tele, en el celular con TyC Play o con la radio. Se sufre siempre porque si no se sufre, no es San Martín.
El sol pega fuerte en la Pellegrini, hay espacio para sentarse en el entretiempo. Si estuviera habilitado para el 100% de la capacidad, habría que pasarse el descanso parado, porque no habría manera de apoyar el culo en el escalón.
Arranca el segundo tiempo y San Martín cambia la actitud, juega un par de pelotazos directos, uno para Estigarribia que tira un centro perfecto, de esos que se ven más seguidos en la Champion que por acá. Cano entra por el segundo palo y define cruzado.
“¡GOOOOOOOOOOL. GOOOOOOOOOO de Lo Santo!”, la garganta se quiebra. Hace 19 meses que no te abrazabas con tanta gente junta al mismo tiempo. No es que no habías gritado goles, porque en estos meses te quedaste sin voz muchas veces, pero es tan diferente desde la popu.
El corazón todavía te latía tan fuerte y cuando ese corner de mierda te trajo un mal augurio: “no me gustan los corners al pedo”, dijiste en voz alta y la profecía se cumplió: solito por el segundo palo la bajó Mondino para que Tomás López la mande a guardar. ¿Cómo se durmieron esta siesta, por favor?
“No nos pueden hacer este gol. Qué manera más pelotuda de dejarse empatar”. Pasan los minutos y suena cada vez más fuerte el “ponga huevo santo ponga huevo, que esta tarde cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar”. El mensaje es claro y los jugadores lo escuchan, pero eso se adelantan en el campo.
Si los corners en contra no te gusta, los que son a favor te entusiasman, y Tino le pegan envenenada y hace dos minutitos se lo perdió Cano, pero este tiene que ser. Uno de ellos la despeja, Diarte la lucha, la gana, Pellerano la abre y Lópes, como si fuera un volante creativo, tira un centro precioso al segundo palo. No es Cristiano Ronaldo señores, no. Es Estigarribia el que se eleva y se suspenden en el aire y gana de arriba como toda la tarde, pero esta vez donde es más letal, en el área. Más que un cabezazo es un bazucazo que se clave de pique al suelo y pegadita al palo. Golazo, explotás de vuelta, y explota La Ciudadela.
“Que termine, por Dios, ¿Cuánto falta?”. Tantos meses queriendo volver y ahora ya te querés ir. El fútbol es así, se espera un partido toda la semana y a veces queremos que termine cuando van dos minutos. Ahora quedan 30, pero ya fue suficiente por hoy.
Diarte sufre mucho por su lado, no puedo con el 8 que juega bien, por la derecha a Sansotre también le cuesta, el 10 es habilidoso, y además le hacen el dos-uno porque Cano ya no ayuda, no da más, se corrió todo y ya no le quedan piernas. Buen partido de Cano, pero es el momento de sacarlo. De Muner ve lo mimo que los 15.000 hinchas y lo saca, lo pone a Vella por ese lado, a Cuevas por el otro y a Lucas González por Estigarribia, que tuvo una tarde perfecta, con asistencia, gol y el 100% de sus duelos ganados. Partidazo del 9.
“¿Cuánto va adicionar?”, te preguntas cuando ves que ya estamos casi en tiempo cumplido. Al mismo tiempo, Lópes, el mejor de la defensa, en vez de mirar el reloj, levanta la cabeza, se viste de Tino Costa y le mete un pelotón a Cuevas que la baja con el pecho y le sirve el gol a Lucas González. A este ya no lo gritás tanto, sentís más alivio que euforia. Partido liquidado.
Mientras tanto, Lucas se trepa al alambrado y le besa la camiseta a changuito que lo festeja con él. Esto es San Martín: la tribuna empuja al equipo y los jugadores se lo reconocen a la gente. Es la primera función con boleterías abiertas, con entradas agotadas, el espectáculo fue perfecto, el telón baja y hay ovación de pie. La fiesta se completa con las camisetas al viento, con el “Ciudadela, Ciudadé” que suena en ese coro perfecto de 15.000 voces que se nota que estuvieron ensayando en sus casas.
Ahora es tiempo de sentarse, de bajar las pulsaciones, de mirar las tribunas vaciarse, de observar los remolinos que levantan los papelitos, de mirar a los que descuelgan banderas. Es tiempo de silencio, de tranquilidad, de paz. “Que linda que están las tribunas pintadas. Buen laburo de los changos de Cultura Ciruja”, pensás. Son más de 19.00: “Ahora solo falta que pierda Brown”, te decís y respirás hondo y te acordás de ese amigo que siempre te pregunta en broma si sos feliz, ahora tenés la respuesta: “En Ciudadela sí, siempre soy feliz”.