EL GIGANTE DEL NORTE

"La Hazaña de Quito" desde adentro: a cinco años del día que el mundo habló de Atlético Tucumán

Este lunes 7 de febrero se cumple un nuevo aniversario del histórico partido del Decano en Ecuador. Tensión, nerviosismo y alegría en una noche llena de anécdotas y detalles insólitos que aún sorprenden.

06 Feb 2022 - 10:33

Fernando Zampedri tras el gol. Foto LA Hazaña de Quito.-

El 7 de febrero de 2017 quedará grabado a fuego en la memoria de los hinchas de Atlético Tucumán. 

El Decano tenía que afrontar su primer partido internacional en condición de visitante, ante El Nacional, en la ciudad de Quito. Un hecho que de por sí era inédito para la provincia, y que cobró relevancia internacional.

El plantel se alojó en Guayaquil, con intenciones de viajar a la capital ecuatoriana unas horas antes del partido, y así evitar los efectos de la altura.

En el aeropuerto, con la delegación subida al avión, empezaron los problemas. Lo que vino después fue una sucesión de hechos que no hacía más que alimentar lo insólito de lo que estaba ocurriendo.

La histórica noche que el Deca fue la Selección en Quito, quedó reflejada años después en el libro publicado por Rodolfo Gerez Cardozo (periodista, ex integrante de la redacción de eltucumano.com) y Silvio Nava (jefe de prensa e historiador del club). 

La obra literaria, que lleva el nombre "La Hazaña de Quito", puede conseguirse en Tucumán en los locales “Thermo Estampados”, de calle Monteagudo 287; “Mr. Chocolate”, de Avenida Belgrano 2065; y “Libro de Oro”, de Corrientes 532. En Buenos Aires, comunicándose vía whatsapp al +5491153388878, y a través de Mercado Libre haciendo click en el siguiente enlace: (https://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-925023204-libro-la-hazana-de-quito-la-noche-que-fuimos-la-seleccion-_JM)

Durante 8 capítulos, el lector descubrirá fotos inéditas de aquella gesta épica, y se encontrará a lo largo del texto con algunos detalles increíbles, de los cuales te mostramos un pequeño adelanto:

Fragmentos del capítulo 2, "Guayaquil"

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Las imágenes del momento muestran a los jugadores alrededor de la nave, incrédulos y desahuciados, mezclados con hinchas y dirigentes que caminaban de un lado al otro intentando conseguir señal en sus teléfonos celulares. “Estuvo la idea de hacer un piquete en la pista, pero no sé qué tan en serio iba. Se corrió la voz entre los que estábamos ahí pero no pasó a mayores”, cuenta Lucchetti. “¡Están locos ustedes, vamos a terminar todos en cana!”, reaccionó Leito ante la propuesta.

Las bodegas del avión estaban cargadas con las camisetas y botines que se iban a usar esa noche, más los insumos para el equipo médico y un bolso con dinero destinado para los gastos que pudieran generarse en Quito. También iban las valijas personales de cada uno de los viajeros, porque el plan original preveía que el avión viajara de regreso a Tucumán apenas finalizado el partido.

Faltaban tres horas para el silbatazo inicial y nadie podía creer, entender ni explicar lo que estaba pasando.


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El viaje duró poco más de media hora, pero los nervios lo hicieron eterno. Antes del aterrizaje, el piloto hizo un anuncio: “Les pedimos a los señores pasajeros que dejen descender primero a la delegación de Atlético Tucumán, porque están con un apuro importante”, generando una situación insólita e incómoda. “Cuando nos paramos para bajar, algunos pasajeros nos aplaudieron. Jamás entendí por qué nos aplaudían si no habíamos hecho nada. Es más, eran ellos los que nos estaban haciendo un favor”, cuenta Zampedri.

Ya en tierra firme, los jugadores comenzaron a correr por la manga para subir al colectivo. Casi llegando a la meta se encontraron a Luis Juez, embajador argentino en Ecuador. Enérgico, el funcionario del Gobierno los aplaudía, apuraba y arengaba. “Por favor, decime que jugamos”, le imploró Silvio Nava. Y escuchó lo que quería escuchar: “Sí, vamos que se juega, le metamos un pique”.

Fragmentos del capítulo 3, "Quito"

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Mientras la delegación volaba, en las oficinas y los pasillos del Atahualpa se sucedían las conversaciones entre los distintos actores y la televisión sorprendía mostrando un zócalo verde con una cuenta regresiva de 45 minutos, el tiempo que establecía el reglamento que se podía esperar a un equipo antes de darle el juego por perdido. 

El sol empezaba a esconderse y el estadio, colmado de hinchas locales y visitantes, quedó con una iluminación mínima durante unos 40 minutos, tiempo en que, a pesar de la firmeza inicial de los ecuatorianos de no jugar, terminaba de cocinarse la idea de definir la clasificación en el césped.

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Lo que la TV no contaba por ese entonces es que Mario Leito no paró de hacer llamados desde Guayaquil durante esas horas. Mientras buscaba un segundo vuelo para llegar a Quito, el presidente de Atlético intentaba gestionar la confirmación de que se iba a jugar. “Comencé a hablar a gente de Conmebol hasta que pude dar con el director de competencias. Le conté lo que nos estaba pasando y me dijo: ‘Dejame que vea y te devuelvo el llamado’, antes de aclararme que yo tenía que hablar sí o sí con el presidente de El Nacional, porque de otra manera iba a ser muy complicado”, recuerda.

Pero Manjarrez no respondía, andaba a las corridas por los pasillos del estadio hablando con Quintana, con Ávila, con su DT y sus jugadores. Cuando Leito se sentó en el avión, ya resignado, hizo un último intento con el teléfono, sin esperanzas. Y lo consiguió: pudieron hablar, por primera vez en el día, de presidente a presidente. 

—Hola, Manjarrez, le pido por favor que nos esperen, ya estamos yendo.

—¿Cómo le va, don Leito? Los vamos a esperar el tiempo que establece el reglamento.

—Señor, se lo suplico por la gente que ha viajado hasta ahí, le recuerdo todas las atenciones que hemos tenido con ustedes cuando han venido a Tucumán. Juguemos esto en la cancha.

—Veremos qué sucede, nuestra postura es la de respetar lo que digan las autoridades y los reglamentos.

Fragmentos del capítulo 5, "El partido"

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Cuando Leandro González asomó su cabeza por el túnel y se convirtió en el primer jugador de Atlético en pisar el césped del estadio Atahualpa de Quito, el corazón de los miles de hinchas que estaban ahí —o en cualquier parte del mundo— se invadió por una nueva y extraña forma de felicidad. 

El alivio por lo superado, el orgullo por representar al país, la adrenalina por el contexto, más la expectativa y el temor propio de imaginar los posibles desenlaces de la historia, se juntaron en un combo intenso e inédito que duró menos de un minuto y que, muy probablemente, nunca se vuelva a experimentar en un partido de fútbol. 

Con el número 10 en su espalda y el escudo de la Asociación del Fútbol Argentino bordado junto al corazón, Leandro puso la mano derecha sobre la estructura de plástico que conectaba el campo de juego con los vestuarios, y con la izquierda empezó a hacer señas al público para confirmar la noticia que habían esperado durante horas: “Estamos acá y vamos a jugar”. Como respuesta, la tribuna rugió en abrazos y puños al aire. 

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A los 14, Zampedri tuvo una nueva posibilidad de convertir y no pudo. Como si fuera una repetición de la jugada del primer tiempo, esta vez Barbona le puso un centro exacto, el delantero saltó en soledad por el segundo palo y su cabezazo se fue desviado. “Yo por dentro pensaba: ‘Si me errara goles con el pie al menos podría decir que es porque tengo botines de dos números menos que el mío, pero de cabeza no me puede volver a pasar”, explica con una risotada.

Al ver esa jugada, Lavallén decidió el primer cambio para sumarle peso al ataque. Hizo señas al profe Puerta, que estaba en pleno precalentamiento con los suplentes, y llamó al Polaco Menéndez. Mientras conversaba con él, también empezó a indicarle a Leandro González que se alistara para salir. “¿Yo? Sacalo a Rodrigo que está cansado”, le contestó. Confiando en su número 10, el DT dio la orden para que saliera Aliendro. Obediente, el mediocampista decidió trasladarse rápido por el otro costado de la cancha y caminar por el borde del campo de juego, pasando detrás del arco de Lucchetti, hasta llegar al banco de suplentes. 

—¿Cómo estás, Rodri, cómo te sentis? —preguntó el DT.

—¿Yo? Bien, perfecto —respondió el jugador.

—Pero Leandro me dijo que estabas cansado.

—¡Qué hijo de puta!

La calentura de ese momento no duró nada. Iban 15 minutos cuando se hizo el cambio, 17 cuando se produjo la charla y 18 cuando llegó la jugada eterna e inmortal.

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Fragmentos del capítulo 6, "La gente"

Capítulo en memoria de Facundo García, un joven hincha de Atlético que seguía por televisión aquel partido cuando sufrió un infarto. 

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El cabezazo de Zampedri que terminó adentro del arco de El Nacional quitó la última porción de cordura que les quedaba a los hinchas de Atlético que habían podido llegar hasta el Estadio Olímpico Atahualpa. Hombres y mujeres, grandes y chicos, amigos y familias perdieron los filtros en el momento de mayor éxtasis de la noche de todos los tiempos. Se tiraban al piso, rodaban por las escaleras, se paraban para saltar, para abrazarse, para llorar un poco y volvían de nuevo al piso, en un instante inmortal en el que la felicidad fue tan grande como el desahogo.

Además de todo lo que sufrieron en la previa del partido, esa reacción podría explicarse a través de un breve viaje al pasado. En la historia más reciente del club, los fanáticos fueron testigos de muchos más tropezones que festejos: los intentos frustrados por subir a Primera en la década del 90, el descenso al Argentino A, los años de peregrinar en la tercera categoría para volver a la B Nacional y un paso fugaz por la élite del fútbol nacional en 2009/2010. Fueron años de encontrar las mismas caras en las mismas tribunas, en las canchas más recónditas del país, persiguiendo siempre el mismo sueño y, casi siempre, con un final para olvidar. Pero ahora era distinto. Había llegado el momento de la recompensa.

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En la localidad ecuatoriana de Cantón Huaquillas, a 570 kilómetros de Quito, unos 58 tucumanos que habían iniciado una travesía de tres días en ómnibus saltaron sobre las sillas de un bar que les cobró una entrada de 5 dólares e improvisó dos pantallas gigantes para que pudieran ver el partido. Llegaron hasta allí con las caras largas y el corazón estrujado, tras haber sido estafados por una empresa de turismo.

A la hora de vender el viaje, la compañía había aclarado que el micro en el que salían desde la Terminal de Ómnibus de San Miguel de Tucumán no tenía los permisos para ingresar a Ecuador, pero que en Tumbes, Perú, los iban a esperar dos minibuses de una firma local para hacer un trasbordo, cruzar la frontera y llegar hasta el estadio. Esos coches nunca aparecieron y, en el afán de llegar como sea, los hinchas pasaron el límite migratorio a pie.

Una vez en el país de los hechos, se subieron a una docena de taxis. El último y desesperado intento para ver al Deca involucraba llegar hasta el Aeropuerto Regional de Santa Rosa, ubicado a media hora de la frontera. Averiguaron por internet el precio del pasaje del último vuelo que les diera tiempo para llegar al partido, hicieron una colecta para que nadie quedara afuera y, una vez que llegaron a la terminal aérea, se enteraron de que era tarde: el avión acababa de despegar.

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Y así como hay hinchas que no llegaron, y otros que dejaron el alma para ver aunque sea el segundo tiempo, hay un grupo mayoritario que estuvo ahí, bancando en la tribuna, detrás de la inmensa bandera que dice “La Inimitable”, el nombre que identifica a la barra de Atlético. Cada uno de ellos guarda en su corazón una experiencia única e inolvidable. 

La invasión de estos hinchas a la capital de Ecuador había comenzado tres días antes. En avión, en colectivo y hasta en autos particulares, la gente fue llegando a la ciudad y con el paso de las horas eran cada vez más los que se reconocían caminando por las calles con alguna prenda de Atlético.

El lunes 6 de febrero, un día antes de la noche eterna, la pintoresca Plaza Foch se impregnó de tucumanidad. Cientos de hinchas se reunieron en un inolvidable banderazo para compartir unos tragos y unos cantos, para gritar desde el centro del mundo los himnos de su corazón. “¡Jugaste la liga, y yo juego la Copa!”, el hit del momento, pero también los clásicos de siempre: “Desde que yo nací, yo siempre te alenté, yo lo recuerdo…”.


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