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"No paraba de llorar porque no sé cuándo voy a volver a ver al Santo"

A más de 1600 kilómetros, en Neuquén, unos tucumanos viven pendientes del club de sus amores, San Martín. El último fin de semana estuvieron en Mar del Plata alentando con lágrimas en los ojos. Conmovedora historia de pasión, amistad y nostalgia.

15 Mar 2022 - 22:06

Para Lisandro, lo que antes era tan sencillo como caminar dos cuadras desde las Pellegrini y Lavalle hasta la Pellegrini y Rondeau, ahora es toda una odisea. Nacido y criado en el corazón de Ciudadela y, como no podía ser de otra forma, fanático de San Martín, la vida lo ha llevado a lejos, muy lejos, a más de 1600 kilómetros de distancia. 

En Neuquén encontró la estabilidad laboral que en su Tucumán querido no había tenido. Fue su hermana que ya vivía ahí la que lo convenció a irse a la Patagonia en busca de un mejor futuro: “Yo en Tucumán trabajaba de cobrador de una empresa que vende agua, pero estaba en negro, acá trabajo en una empresa similar, soy administrativo, cobro al día, estoy en blanco y tengo obra social. Acá todos consiguen trabajo y los ponen en blanco rápido, como debería ser en todo el país, pero no es”, resume en charla con eltucumano.com.

Este último fin de semana, Lisandro y otros dos tucumanos que viven en Neuquén se dieron el gusto de volver a ver al Santo desde una tribuna, en vivo y directo, sin pantallas de por medio, fue la segunda vez desde que se mudó, la primera había sido a Mendoza, en diciembre del 2019, cuando la palabra “pandemia” no se había instalado en nuestro vocabulario cotidiano. 

“Cuando yo llegué a Neuquén, un amigo me dijo que me querían contactar unos hinchas de San Martín que vivían en la zona. Me agregaron  a un grupo de WhatsApp de los Ciruja del Valle, de las ciudades de Neuquén y Cipoletti, yo no los conocía personalmente hasta que un día yo propuse por el grupo viajar a Mendoza a verlo contra Gimnasia y se prendieron dos”. 

Darío Lazarte y Gastón Díaz se habrán cruzado con Lisandro más de una vez en las esquinas de Ciudadela, habrán estado a metros durante más de una previa, no se miraron ni registraron, pero el destino los juntó a cientos de kilómetros para emprender una travesía hasta el Cuyo, más de 12 horas en ruta, y tres días de convivencia en un hostel entre tres desconocidos que parecía conocerse de toda la vida. 

“Nos conocimos en el auto y nos hicimos íntimos amigos, ahora pasamos Navidad y Año Nuevo juntos, con las familias, nuestros hijos son amigos y nuestras parejas son amigas entre ellas”, cuenta. 

De ese viaje inicial en la que pudieron festejar un 3 a 0 contundente de aquel equipo de la dupla que brillaba en cualquier cancha que pisara, volvieron con la convicción de consolidar la Filia de Cirujas en Neuquén que tenía como base el grupo de WhtasApp. 

Con un asado inaugural, se juntaron todos, el anfitrión fue Pedro Barrionuevo, otro fanático dueño de un chacra que se llama La Ciudadela y en la que te recibe un escudo de San Martín tan grande que no hay forma de no sentirse en el estadio más caliente del país aunque sea por un ratito. 

Ahí se terminó de fundar la filial y desde entonces se juntan a ver los partidos por la tele o por TyC Play, a veces en la casa de uno, a veces en la de otro, siempre con la roja y blanca. 

“Ahora somos cerca de 20”, dice y cada uno tiene su historia, cada uno tuvo sus motivos para irse, cada uno lo vive como puede, y lucha contra las distancia como mejor le sale. A Lisandro, por ejemplo, el acento tucumano se le impone, le es indisimulable, lo lleva con él como parte de su personalidad. 

Y a ese acento y a su pasión por San Martín la cargó en el auto en viernes pasado, junto a sus dos amigos del primer viaje y a Walter Trejo, un tercer Ciruja que se sumó, para recorrer los 1.000 kilómetros que separan sus casas de Mar del Plata. 

“Estuvimos tres días y la pasamos espectacular. Fuimos al hotel de los jugadores que charlaron con nosotros, nos sacamos fotos con ellos. Allá compartimos con gente de la filial de Mar del Plata y de Buenos Aires que uno siempre encuentra en los viajes. Nos recibió Gabrile Álvarez un tucumano que vive allá y fue nuestro anfitrión en la ciudad y nos hicimos muy amigos”.  

Ir a otras canchas cuando no están permitidos los visitantes es todo un desafío: “Yo viajé muchas veces a verlo fuera de Tucumán, pero ahora hay que tener otros cuidados, ya no se puede ir con camisetas y banderas, hay que estar calladito, que no te escuchen la tonada y no se pueden gritar los goles, aunque con Alvarado nos dieron un sector en el que éramos todos de San Martín y estuvimos tranquilos. yo fui vestido como si saliera a bailar, cuando juega el Santo hay que ir con la mejor ropa”. 

A las sensaciones durante el partido, Lisandro las describe con claridad: “Cuando salió el equipo, vi la camiseta y al ratito hizo el gol Jourdan no me pude contener y estuve llorando como 15 minutos seguidos”. 

Después el resultado no fue el esperado y Alvarado lo terminó ganando tras un ráfaga en el segundo tiempo: “Cuando terminó el partido volví a llorar, los muchachos pensaban que era por la derrota, pero les dije que no, que no era por eso, fue porque en ese momento me di cuenta que no sé cuando va a ser la próxima vez que lo vea al Santo en la cancha. Ahí nos abrazamos y emocionamos todos”. 

Lisandro estuvo en Ciudadela por últimas vez en un triunfo contra Los Andes en el 2017, después se mudó y solo regresó a Tucumán una vez cuando la pandemia no permitía que los hinchas fueran a la cancha, así no pudo entrar. Desde entonces solo estuvo en Mendoza y ahora en Mar del Plata, sin embargo se entusiasma con un próximo viaje. 

“Hoy salió que por Copa Argentina capaz que juguemos en La Rioja o Córdoba que nos vendría muy bien. Además ese sería con toda la hinchada, así que no haría falta infiltrarse”. 

“Después tenemos planeado otro viaje a Buenos Aires, pero ya será para el final del campeonato, ya lo organizaremos bien. Mientras tanto seguiremos bancando por la tele, como siempre”, concluye. 

Previa en el hostel de Mar del Plata.

Con De Muner en los pasillos del estadio José María Minella.


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