Así también se gana: jugando mal y sin merecerlo. No siempre se brilla, se luce y se supera a los rivales. Los otros también juegan y a veces, como hoy, lo hacen muy bien. Había que ganar medio a cero y así fue nomás. Tres puntos al bolsillo y fiesta en Ciudadela.
Miritello y Sand, figuras de San Martín, levantan el puño tras un durísimo partido en Ciudadela.
¡Ufff papá, qué parto ese segundo tiempo!, ¡Qué sufrimiento terrible! No fueron 45 minutos, fueron años, una eternidad. Parecía que no había forma de aguantarlo, de sostener el resultado hasta final, si el empate estaba al caer, al caer a las espaldas de los centrales que no podían cortar una, que sufrían cada diagonal del recién ingresado Bruno Nasta al que no le dio la nasta para definir cuando se lo comió Sand, poniendo el pecho para bancar a sus compañeros que hoy no la ven ni cuadrada.
Qué se le va a hacer, a veces pasa ya hasta las mejores defensas tienen malas noches y para esos están los arqueros, para salvar los arcos, para sacar las que van adentro.
De Muner lo lee rápido y decide mandar a Pellerano a la cancha, tres centrales tiene que ser la solución para esas pelotas cruzadas o frontales que siempre caen detrás de los zagueros. Pero no, entra Pellerano y no se soluciona nada, siguen las diagonales, los pelotazos y las peinaditas, por suerte el línea levanta la bandera en un par de corridas que pintaban mal.
Solo Diarte está sólido hoy, solo él sostiene su lugar invulnerable, los demás sufren como nunca, o como casi nunca. Esta defensa que es de la mejores, hoy la pasa mal, pero no hay mal que dure 100 años, ni 100 minutos, y en algún momento todo eso se hará historia cuando se termine el partido, y se consiga un triunfo clave, ante un rival durísimo, el primero que no pierde bien ante el Santo, el primero que merece empatarlo.
Pero en el fútbol los merecimientos no suman puntos y son los goles los que ganan partidos, hoy fue Miritello, el mismo que liquidó la última cita en Ciudadela, el que hoy marcó el único tanto en una noche complicada.
Fue él también el que a los dos minutos había anticipado con la zurda y la pelota se le fue cerquita del segundo palo, y el que en ese mismo saque de arco presionó, robó y le dijo toma y hacelo a Sosa que por indeciso, por dudar, por no saber si darle de primera o controlar, terminó no haciendo ni una ni otra y regalando el gol tempranero, el que podría haber acarreado una noche más tranquila.
Después la intensidad se disipa, el partido se empareja y solo Tino Costa con algún que otro pincelazo trae algo de fútbol. Larralde hoy es más aliado de Herrera en la marca que de Tino en la creación, aunque en una si se juntan, Tino se la da en un tiro libre que todos esperan que caiga en el área, Larralde la pincha perfecta para Herrera que se desmarca y la baja para que Miritello que, habilitado con lo justo, se la lleve puesta y abre el marcador sobre el cierre del primer tiempo. Juga preparada, gol y fiesta.
En ese entretiempo festivo nadie imagina que se vienen 45 minutos de sufrimiento permanente. Tampoco lo imaginan los jugadores de San Martín que exageran en las salidas cortitas desde abajo en cada saque de arco, que terminan con errores, con pelotas perdidas unas tras otras y así Maipú se agranda y empieza a asfixiar, a venirse y a merecer el empate.
Es una orden del técnico, eso está claro, pero ¿Ni De Muner, ni Sand, ni los centrales logran darse cuenta que es hora de quemar el libreto y salir largo? Hay 30.000 personas en una cancha y otros tanto que lo miran por televisión que lo ven, que lo entienden y gritan: “Jueguen largo. Basta de esa salida de mierda”, pero ellos no lo escuchan y siguen empecinados en tomar riesgos innecesarios.
De Muner dirá, con argumentos válidos, que así se construyen la identidad del equipo, que así se logra aceitar su juego, que así se consigue el funcionamiento colectivo pretendido. Él sabrá, pero que hoy la defensa caminó repetidas veces por la cornisa del empate, es absolutamente innegable.
Ojo, De Muner lo sabe, entiende que es momento de cambiar a los que ya no pinchan ni cortan: Sosa, poco y nada; y Tino Costa, a esa altura cansadísimo. Pero el desconcierto es tal, que hasta el árbitro se desorienta, y no sabe quién sale ni quién entra, De Muner se va expulsado no se entiende bien por qué y la noche esta densa, tensa, sufrida. No podía ser distinta.
Entran Escalante y Celiz, y algo se mejora, hay aire fresco y poco más de punch. Celiz corre por todo el frente de ataque, y Escalante cuida algunas pelotas importantes.
San Martín sale del asedio por las corridas de Diarte y Jourdan que se llevan la pelota lejos de Sand y por ellos pudo llegar el segundo. Hasta tiraron los centros que se guardaron en Mataderos.
Solo hay tiempo para un último susto, para un grito con la garganta rota, pidiéndoles a los defensores que la rechacen, que basta de hacer sufrir, que así no hay corazón que aguante. Lópes no escucha, la pierde tres veces y la vuelve a recuperar ¿Con qué necesidad?
Al final no pasa nada, se termina el partido, se acaba ese segundo tiempo eterno y no se puede creer que haya sido 1 a 0 nomás, pero así fue. Triunfazo. Partido chivo de esos desahogan al final. “Hay que ganar aunque sea medio a cero”, decía un hinchas antes de empezar, y fue premonitorio, porque hoy no sobró nada de nada. No fue justo, fue con lo justo, pero no importa, vale tres puntos igual y ahora, Belgrano y la cima están ahí nomás: al alcance de la mano.