análisis

Las dos caras de San Martín: de la pasión de la hinchada a la apatía de los jugadores

Un equipo desalmado que no estuvo a la altura de los 8.000 hinchas que pasaron de todo para ponerle el color de la fiesta a las tierras riojanas. El aliento y la lealtad de siempre de unos contrastó demasiado con la displicencia de otros. Al final, camisetas a la tribuna y pedido de disculpa.

27 Abr 2022 - 22:52

Ahí está el Pueblo Ciruja, firme en la cabecera norte del Estadio Carlos Augusto Mercado Luna. Para estar ahí tuvo que pedir permiso en el trabajo, acomodar cosas en la casa, conseguir el mango para la nafta o pagar el colectivo. Tuvo que levantarse tempranito, cargar los bolsos con bebidas, alguna vianda y mucha ilusión. 

Ya en la Ruta 38, colapsada por una caravana gigantesca que rompe la calma habitual, llegaron los controles, excesivos, abusivos, de esos policías que aprovechan el poco de autoridad que les otorga un uniforme para hacerles pasar un mal rato a esos miles que solo quieren ver un partido de fútbol. 

La Rioja está invadida, es rojo y blanco el color de la fiesta, la ciudad no tiene nada de su tranquilidad de todos los días porque hoy juega el Santo y el mundo lo sabe, menos sus jugadores, que duermen una siesta larga que viene desde el viernes y ya los 5 minutos pierden 1 a 0. 

Pellerano y Lópes van a la misma pelota, sin la coordinación de otra veces, o de otros años, y Lópes abre el brazo. Si es penal o no, ya nadie entiende, pero Penel lo cobra, Machado lo patea y Sand casi lo ataja. Gol que cambia lo planes.

¿Qué planes? Nos preguntamos los que no entendemos por qué no juega Tino ni tampoco sus reemplazantes naturales: Prokop y Escalante. El que arranca en ese lugar es Celiz que dice ser 9 de área, pero que desde que llegó jugó de cualquier cosa menos de eso. 

Con ese planteo, el equipo pierde brillo y sorpresa, algo que le venía sobrando, salvo por el viernes pasado. Hay demasiado enredo y pocas luces, se lateraliza mucho y se repite en centros. 

Aun así, San Martín es más y merece la igualdad, Quilmes está recluido atrás, bien al fondo y solo su arquero sostiene el resultado: le negó el gol a Sansotre, Jourdan y Celiz.

En las redes y en las tribunas se pide por Tino. De Muner los escucha, pero erra el cambio porque también mete a Imbert y saca a Jourdan y Sosa y le saca profundidad por las bandas para centralizar demasiado el juego. 

Así sin sus atacantes abiertos, ahora Sansotre y Diarte tienen más recorrido para hacer, y los centrales quedan muy solos para defender. Quilmes no atacaba en el primer tiempo, pero en el segundo se animan porque ya no hay quien fije a los laterales en defensa. Tal vez todo eso se evitaba si se hacía el cambio más obvio de todos: Tino por Celiz.

Para colmo llega el segundo, porque Sansotre le da la espalda a la pelota y la pelota a la espalda, y un tal Molina la clava contra el palo. Dos tiritos al arco de Sand, dos goles. 

Ese mazazo golpea tan fuerte que no hay reacción, ni aunque entre Cano por Pellerano. Tampoco hay reacción cuando al fin sale Celiz. 

No se cae una idea y solo el pedido desaforado de un penal tras una mano sacude la modorra. Penel no aplicó el mismo criterio y esta vez dijo siga siga en una situación idéntica a la que había sancionado penal en el primer tiempo. 

Llega el pitazo final del árbitro después de que Quilmes tuvo alguna que otra para ampliar ante una defensa que a esa altura ya es un flancito. 

Se terminó una nueva Copa Argentina para San Martín, se terminó justo cuando recién está comenzando. 

Los jugadores, avergonzados de su propia actuación, le tiran sus camisetas a la hinchada. Se saben en falta, admiten con ese gesto que no estuvieron a la altura de ese Pueblo Ciruja que pasó mil y una para estar ahí, en esa cabecera y que las volvería a pasar y que volvería a estar siempre por lo colores. 

Ese Pueblo Ciruja no necesita ofrendas tribuneras tras derrotas sin penas ni glorias, no pide nada a cambio para estar y acompañar, para aplaudir y alentar. Eso sí, solo necesita que los jugadores estén a su altura y eso no es fácil. Todavía están a tiempo.


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