El Gringo es albañil y desde comienzos de junio le asignaron el trabajo soñado: agrandar la tribuna a la que va desde chico. Aquí cuenta su historia.
Es el atardecer de un viernes agitado, mejor dicho de una semana agitada, pero distinta, para Cristian es definitivamente distinta y hermosa. Ya está en su casa de Villa Muñecas, después de una jornada cansadora y hermosa. Sabe que aunque mañana sea sábado no habrá descanso todavía, ni el domingo tampoco, porque hay que terminar y no importa porque si hay que trabajar en La Ciudadela todo es más lindo, menos pesado.
También se imagina que el lunes cuando suba esos mismos escalones que él mismo está reparando desde hace varios días, cuando los suba haciéndose lugar entre miles que los pisan con confianza, con la seguridad de siempre, él sabrá cuanto ha costado renovarlos, y con el pecho inflado se dirá así mismo “buen trabajo, mi rey. Dejamos nuevita la Rondeau”.
Después pasará lo de siempre, saltar, cantar y, ojalá, que gritar algunos goles y festejar un triunfo importante, para el martes seguir con el segundo tramo de la obra, su primera obra que es ni más ni menos que en la cancha del Santo.
“Yo antes trabajaba para Tensolite, en la fábrica, no en obras, ahora estoy con un contratista y es mi primera obra grande. Cuando me dijeron que me tocaba remodelar La Ciudadela me puse feliz, es lo mejor del mundo, soy muy fanático”.
Cristian, más conocido como el Gringo, se despierta todas las mañanas a las siete y lleva a su hijo a la escuela, después, en la moto que le presta su papá sale a trabajar a donde le toque. Desde el 1 de junio le asignaron ir a Ciudadela. Su imagen con casco y la roja y blanca reluciente cargando escalones de hormigón no pasaron desapercibidas a los ojos de este diario, ni a la de muchos hinchas: “Un Ciruja trabajando en la reconstrucción de la tribuna”, pensaron y comentaron más de uno, pero él mismo lo aclara: “Acá todos somos Cirujas, no hay ningún Decano”.
Pasa que el Gringo no distingue los días de cancha de los de trabajo y hace bien porque hoy por hoy son lo mismo para él: “Yo siempre me visto con camisetas de San Martín tengo varias, una para cada día, nunca me pongo otra cosa, no me importan ni el frío ni el calor ni nada”.
Su vida cotidiana y su oficio lo llevan por distintos puntos de la ciudad, pero nunca olvidará estos días en los que le tocó estar en su lugar en el mundo: “Va a ser un orgullo para toda la vida saber que yo ayudé en la tribuna, encima la Rondeau es adonde yo voy en los partidos”, finaliza Cristian que el próximo lunes se perderá entre la marea del Pueblo Ciruja que aunque no lo reconozca, siempre le agradecerá por su incansable trabajo.