San Martín jugaba mal pero ganaba en Ciudadela y todo se encaminaba a un cierre de fin de semana con alegría y fiesta en las calles de Ciudadela. Sin embargo, un córner fatídico ahogó los festejos y encendió las alarmas. El torneo avanza, el equipo no levanta y los resultados se escapan.
Un niño llora en la platea, le saltan las lágrimas, llora como el chico que es, de entre unos 7 o tal vez 8 años. Llora con disimulo, pero su llanto es indisimulable, su papá, impotente, también suelta algunas lágrimas y le dice “no llorés, ya vamos a ganar”. Mientras tanto, San Martín saca del medio, y el cuarto árbitro levanta el cartel electrónico con el número cinco encendido con luz roja. Solo eso falta por jugar, y a San Martín, al niño, al padre y al resto de los miles que hoy, como siempre, copan Ciudadela, el triunfo se les escurre como agua entre los dedos.
Se van dos puntos valiosos, se los birla Temperley metiéndole la mano en el bolsillo con picardía y ganas, dos cosas que de este lado, del lado Ciruja de la vida, hoy por hoy parecen no abundar. Las ganas tal vez están, pero no alcanzan sin fútbol, sin creación, sin ideas.
Nos sobran los dedos de una mano para contar los pases seguidos que este equipo es capaz de encadenar. Mucho pelotazo frontales para que Dening se las arregle para que Verón exija, pero no lastime. Porque cuando el joven de Burruyacú queda frente al arco le apunta al bulto, y no a la red, por eso no marca ninguna de sus tres chances claras: ni la primera en la que definió cruzado y encontró la pierna del arquero, ni la segunda en la que le acertó al pecho del golero, ni la tercera en la que cabeceó como Lautaro sobre la hora en la final contra Francia.
Si a la falta de ideas, de la creatividad, de fútbol, le sumás poca eficacia, el resultado es un cóctel mortal que atenta contra cualquier aspiración de triunfo. Pero a veces, hasta en los atardeceres más oscuros y tórridos, esos en los que mata la humedad y la temperatura no baja, también hay oasis de frescura regalados por un defensor torpe que levanta la pierna tan alto que se lleva puesto a Bravo, obligando a Gariano a sancionar penal.
Dening, el más pícaro del equipo la manda a guardar y ese 0 a 0 inamovible debería ser ahora un 1 a 0 inamovible. Pero Temperley acepta la invitación que San Martín le hace y lo ataca más por compromiso que por convicción. Entonces llueven los centros y la defensa del Santo hace agua, Carrizo ataja una y duda en varias, los defensores revolean sin mirar y los volantes pierden todas las divididas.
No había razón para meterse tan atrás, y lejos de ser el visitante y el que empuja, es San Martín el que lo trae contra su propio arco. Así, con nada, el empate está al caer y cae nomás. “Era obvio”, piensa un hincha que peina canas y que a esta película la vio tantas veces que se la sabe de memoria, por eso no se inmuta, y solo una mueca de resignación se le dibuja en la cara tiesa. Su inexpresión contrasta con la del niño que llora porque todavía no tienen la piel curtida con las desilusiones que el fútbol nos convida durante toda la vida.
Algunas puteadas vuelan por el aire, van para Delfino porque “demoró los cambios” y “trajo todos jugadores mediocres”, otros apuntan contra los futbolistas “que son unos muertos”, pero son más los que aplauden y reconocen que, al menos, hubo entrega y todavía reina la esperanza propia de las primeras fechas.
Entre las conclusiones que fluyen en la escalera de bajada hacia la salida, predomina que Gervasio Núñez tiene que jugar más, porque en pocos minutos le dio más juego que cualquiera de los otros, que este equipo no tiene fútbol y que jugando así no va a ser protagonista.
La lectura del partido deja en claro que en este San Martín no sobra el talento y que, por ahora, no hay juego asociado que supla la falta de desequilibrio individual y viceversa. Con centrales poco dúctiles y laterales irregulares, las salidas se hacen desprolijas y sucias, y si a esto le sumamos volantes con poco juego, entonces, los pelotazos al machanchi, se vuelven moneda corriente y solo Dening puede sacarle agua de las piedras para tratar de convertir la nada en algo peligroso.
Desde el banco, salvo por Gervasio al que ya conocemos y algo mostró, de los demás no parece haber mucho que esperar porque Pío Bonacci que le puso ganas, no tuvo ninguna y Enzo Martínez perdió varias pelotas que debió proteger. Todavía falta ver a Iván Molinas, recién recuperado de una lesión, y quizás pueda aportar algo más en ofensiva.
Es cierto que la temporada es larga y esto recién comienza y la cosecha de puntos no es tan magra, pero más preocupa el rendimiento que los resultados en si mimos, porque hasta ahora solo uno de los cuatro partidos fue bueno y los otros tres fueron más bien flojos o muy malos, como el de Chicago.
Según Delfino, el equipo encontrará su pico después de las fecha 10 u 11, ojalá que para entonces no sea demasiado tarde. Más allá de eso, lo más importante de todo es que entiendan cuanto antes en dónde estás: que en las tribunas está lleno de niños que sufren los goles ajenos y lleno de viejos con el corazón endurecido por las heridas de las derrotas pero que aún siguen estando y son miles, y son ellos por los que tienen que jugar a muerte cada partido, porque esto no es un Sarmiento, ni Patronato. Esto es San Martín y hay cosas que no se negocian.