Fue una noche eterna en Ciudadela: con los nervios a flor de piel, el Santo rompió la sequía con un golazo de Juan Cruz, otro histórico del arquero de penal, y un final no apto para cardíacos. ¿Cómo quedó en la tabla? ¿Vuelve a creer?
¡Gritalo, Darío! Foto: CASM Oficial.
Fue una noche eterna en Ciudadela: con los nervios a flor de piel, el Santo rompió la sequía con un golazo de Juan Cruz, otro histórico del arquero de penal, y un final no apto para cardíacos. ¿Cómo quedó en la tabla? ¿Vuelve a creer?
Ya, a los 27 minutos, los barras se habían subido al alambrado de la Rondeau para detener el partido, colgar una bandera dada vuelta, expresar su bronca hacia el equipo que no daba un pase como la gente, que igualaba sin goles y que hacía presagiar un final con graves incidentes a la salida del estadio.
Pero se hizo la luz y Juan Cruz sacó un remate bárbaro para llevar calma al descanso. La paz volvió a reinar en Ciudadela cuando bajaron a Pino y apareció la figura del Santo, la deidad, el enviado divino, el que nadie cuestiona, el que siempre pone la cara, las manos y ahora también los pies: Darío Sand.
El 1 se hizo cargo de un penal caliente como el estadio y puso el 2 a 0 para gritarlo con alma y vida.
Pero si no se sufre, no es San Martín: llegó un descuento de la nada, de otro partido, injusto, para Maipú. Y hubo más: Castro perdió la pelota, Sambueza definió mal y se perdió el empate que hubiera sido garantía de incendio en Ciudadela.
Nada malo pasó: el pitazo final hizo resucitar a San Martín, que volvió a prenderse en la lucha grande por el primer ascenso, que está a cuatro de Madryn y que tiene que tomar esta final ganada como el envión necesario para que todos, los que fueron esta noche y los que no fueron, vuelvan a creer. ¡Gritalo!