OPINIÓN

Ciudadela ardió sin escuchar: Diarte, condenado antes de defenderse

En el mundo del fútbol, el silencio casi nunca es inocente. Se interpreta, se juzga y sobre todo se condena. Lucas Diarte lo sabe mejor que nadie, lo vivió en carne propia. Volvió por tercera vez a San Martín de Tucumán y, antes de asentarse futbolísticamente, quedó atrapado en una escena incómoda. | Por Daud Azadte

07 Ene 2026 - 14:57

Volvió Lucas. ¿La tercera es la vencida?

En el mundo del fútbol, el silencio casi nunca es inocente. Se interpreta, se juzga y sobre todo se condena. Lucas Diarte lo sabe mejor que nadie, lo vivió en carne propia. Volvió por tercera vez a San Martín de Tucumán y, antes de asentarse futbolísticamente, quedó atrapado en una escena incómoda: supuestos insultos a la platea en un partido ante Gimnasia de Mendoza en la Ciudadela, allá en el reducido del 2024, luego de perder la famosa final en Rosario ante Aldosivi, una reacción que recorrió la cancha y un clima espeso que se instaló sin pedir permiso. Durante meses, el veredicto pareció unánime. 

Pasaron muchos meses. Meses de murmullos, de versiones incompletas, de miradas torcidas, de dedos acusadores. Meses donde el jugador eligió callar mientras la historia se escribía sin su voz, sin su consentimiento. Insultos hacia su persona en las calles tucumanas, en el supermercado, en todos lados. En un fútbol que exige explicaciones inmediatas, donde el hincha no espera, Diarte optó por el camino más difícil: aguantar… callar.

La polémica no nació de la nada. No hubo cruces con la platea. Solo hubo “UN” solo cruce. Hubo gestos. Hubo enojo. Y hubo una lectura rápida: “Diarte insultó a la platea, a la gente”. El contexto no ayudaba, la bronca de Rosario seguía latente en el corazón de todos los cirujas. Era solo empatar o ganar ese partido contra los mendocinos para pasar de fase, pero no se pudo. Y la bronca de todos salió disparada por los aires.

Pero el tiempo, a veces, ordena los relatos. Y la palabra, cuando llega, puede incomodar más que el silencio.

En una nota exclusiva brindada el año pasado en el programa radial “El Show de la Filial”, que se trasmite por FM. Horizonte 107.7, Diarte decidió contar su verdad. No una verdad disfrazada ni cómoda. Una verdad cruda. Según relató, su reacción no fue contra “la gente” en general, sino contra una persona puntual: un hincha que conoce, ligado al fútbol amateur, alguien que conoce a él y a su familia. Alguien que, desde la platea, lo insultó a él, y lo peor… insultó a sus hijas. Conmigo sí, pero con mis hijas, ¡no!

Ahí cambia todo. O al menos obliga a mirar la escena desde otro ángulo, desde otra perspectiva. Como hinchas de San Martín tenemos que conocer la otra cara de la moneda y no cegarnos por la bronca y la impotencia. 

Porque el fútbol tolera casi todo, pero hay límites: La Familia. Y cuando el insulto cruza la línea y los toca, la camiseta pesa menos que la sangre. La reacción, humana antes que futbolística, aparece. No para justificarla, pero sí para entenderla y defenderla.

Diarte explicó que prefirió callar para no escalar el conflicto. ¿Por qué? ¿Para no exponer a sus hijas? ¿Para no alimentar un circo mediático que, en el fútbol argentino, suele devorar a todos? Pagó alto el precio del silencio: quedó como culpable sin defensa, como provocador sin contexto, como protagonista negativo de una historia incompleta. Juzgado sin el debido proceso judicial, directo a la hoguera, a cumplir su condena. Exiliado en la provincia de San Juan por un año. 

¿Fue un error no hablar antes? Probablemente. En este fútbol de consumo rápido, el vacío se llena enseguida. Y casi nunca a favor del jugador. Tratado de mercenario, de jugar a menos, de no “ser” un hincha del Santo y de ser indigno de vestir los colores rojo y blanco. 

La tercera etapa de Diarte, será la más difícil en San Martín no es solo una cuestión de rendimiento. Es una prueba de carácter. Volver por tercera vez no es insistencia romántica: es exposición total. Ya no hay sorpresa, no hay paciencia extra, no hay margen para el “vamos a ver”. Todo se evalúa con lupa milimétricamente. 

Hoy, con su versión sobre la mesa, reforzada en un video institucional del Club San Martín de Tucumán, junto a su compadre el jugador Victor “Tucu” Salazar, publicado hace días, el debate cambia. Ya no se trata solo de si juega bien o mal. Se trata de hasta dónde puede exigirse silencio cuando el agravio toca lo personal. Se trata de entender que detrás del futbolista hay un padre, un tipo que también tiene límites, que tiene alegría como frustraciones. 

Eso no borra el bajo nivel mostrado por el equipo en ese partido que fue crucial para pelear por la oportunidad de llegar a la final del reducido, que en aquel entonces era dirigido por el traductor Diego Flores, ni garantiza aplausos automáticos. La cancha sigue mandando. Ciudadela sigue siendo exigente. Pero ahora, al menos, la historia está completa.

La tercera vez no siempre es la vencida. A veces es la más dura. Y Diarte eligió atravesarla pagando costos, callando cuando todos hablaban y hablando cuando ya nadie lo esperaba.

El fútbol, como la tribuna, es implacable. Perdona poco y recuerda todo. La pelota todavía puede cambiar el final. Pero esta vez, la voz llegó. Tarde para algunos. Necesaria para otros. Incómoda para todos.

Lucas Diarte dio “su” verdad. Tarde, sí. Incompleta para algunos, necesaria para otros. Ahora el juicio queda del otro lado del alambrado. Creerle o no creerle ya no es una cuestión de audios ni de versiones, sino de sensibilidad y de tiempo. El fútbol, como la vida, también es contexto. Y tal vez esta vez no se trate de absolver ni de condenar, sino de escuchar. Después, como siempre, hablará la cancha, donde el pueblo ciruja exigirá al máximo a los jugadores para lograr el tan ansiado ascenso a la Primera División. 


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