Quienes son capaces de escuchar a su corazón, entre el alboroto de la cabeza, pueden bailar en el silencio. Pueden, como lo hizo Alan Ramos, pasar noches enteras para descargar el video de un baile de dos minutos porque la conexión de internet en Amaicha, donde nació y se crió, no era buena cuando era niño. Pero el niño quería aprender. Quería verlo a Michael Jackson. Quería moverse en otros tiempos. Quería mezclar, jugar, crear; su malambo, su folclore, su tango, su caporal, su zapateo, su Whipala. Y también, el baile gringo. Quería ser él mismo: el resultado del ritmo de sus latidos. Y el de sus amigos, sus hermanos Annunakis Crew. Ahora que el viento se detiene por unos segundos en el Museo de la Pachamama, hay silencio. Alan baila antes de apretar el play. Y después también.
(#SoydeTucumán. Capítulo uno.)