Entre la niebla de El Infiernillo, donde los turistas se detienen a sacarse una foto con una llama, el dueño del animal, la misma persona que cobra unos pesos por el retrato, Walter Marino Díaz, saca de abajo de su campera unas fotocopias que llevan impresas su obra poética. Su sobrenombre es Walter de los Cerros, y escribe sobre los niños del Infiernillo que caminan kilómetros para llegar a la escuela, sobre sus cabras (implora que no las maten), sobre El Petiso (el duende que asusta a los niños desobedientes) y sobre él: “Recuérdame amigo de los cerros, donde por las noches duermes cubierto de un colchón de estrellas blancas”. Cuando se hacen las seis de la tarde, la niebla se ha puesto espesa y moja las ropas. La llama quiere ir a pastar. Entonces, Walter cierra el puesto de recuerdos y le pide a los turistas que lo acerquen a su casa, seis kilómetros más abajo. Y al bajarse del auto se pierde de una corrida, solo como un poeta, entre la inmensidad de sus cerros.