Tiene 67 años, nació en Ciudadela y fue a la escuela José Mármol: "Yo he trabajado en el comercio. En el 76 construí mi casa. Tenía una vida feliz. Hasta que me hicieron lo peor en 2005. Y desde entonces vivo en la calle".
Es el martes siete de enero a la siesta en Tucumán y ahí está: sentado sobre uno de los bancos de madera de la peatonal Muñecas primera cuadra. Los comercios aún no han levantado sus persianas: "Yo he trabajado en el comercio. También en una empresa constructora. Hasta en una obra social. Eso fue durante las décadas del 70, 80 y 90. En el 76 empecé a construir a mi casa. Tenía una vida feliz. Hasta que pasó lo peor en 2005. Y desde entonces vivo en la calle".
Hay varones y mujeres que forman parte del paisaje urbano de la ciudad. Nada se sabía de ellos y de repente aparecen en esa convivencia a veces silenciosa, otras signada por el murmullo y el reojo, personas en situación de calle que piden una ayuda como la señora de la iglesia San Francisco, que gritaban como El Gordo Moneda, que generaban misterio como Interpol y otros como este señor de 67 años que se sienta sobre uno de los dos bolsos que carga, apoya la espalda sobre la mochila que lleva y contempla.
"He nacido en Ciudadela. En la calle Almirante Brown al 1400. Pero no soy de San Martín, ¿eh? Soy de Atlético. Me he criado en la calle Perú, cerca de la cancha. Fui a la escuela Mitre hasta 2°, donde tuve un problema con una señorita que era muy problemática y luego continué toda la escuela en la José Mármol. Siempre fui bueno con Lenguas y Matemáticas. Pero lo que más me gustaba estudiar eran las Ciencias Sociales. Geografía y sobre todo Historia. Los romanos, los griegos, me fascinaban. Los primeros años en la calle leía, pero ya no. Tengo que ir a ver a un oculista. No veo bien de cerca".
Cubierto por un piloto marrón bajo los toldos de una panadería en 9 de Julio al 100, apoyado en la pared de una juguetería de Muñecas y San Juan, dormido en cuclillas bajo el techo de Yubrín, el señor de anteojos de marco grueso y barba gris revela qué le pasó hace 14 años: "En el 78 me casé. Tuve tres hijos. Construí mi casa y vivimos tranquilos en Marcos Paz, cerca del cerro. Mis hijos veían El Zorro. Dormía en una cama cómoda. Hasta que empezaron a llegarme intimaciones en el 97. Eran del Grupo Alperovich. Esos hijos de mil p... Aclaralo así. Reclamaban el terreno. Yo apelé, pero siempre manejaron los tiempos judiciales. Me rompían los papeles en la cara. Hasta que me hicieron lo peor en 2005: expropiaron mi casa. En 2002 había fallecido mi señora. Mis hijos ya se habían ido. Así quedé solo en la calle".
Claro que este señor de buenos modales, mirada plácida y serena y vocabulario amplio y rico en contenido tiene un nombre: "Te digo cómo me llamo, pero mejor no lo pongas. Poneme como N.N. o mejor R. Así: R a secas. La vida me ha jugado una mala pasada. Nunca he tenido un problema. Hoy tengo 67 años, ando con la jubilación mínima, la más baja, la que me dio una mano la gente del partido (está afiliado al peronismo desde los 70), pero no me alcanza para pagar una pieza donde dormir".
"¿Cómo es vivir en la calle?", repite R. mientras los comercios empiezan a abrir de mala gana sus puertas después de Reyes, la gente va y viene, suena fuerte el trap desde una casa que vende accesorios para celulares, los empleados de Garbarino descargan heladeras y lavarropas y comienza el coro de bocinas de calle San Martín: "Cuando uno es adulto ya no tiene grandes vicios: no fumo ni tomo. Los gastos en mi caso no son tantos: como un sangüich, tomo una gaseosa, me doy algunos gustos y me tomo un helado, eso. Me gusta el combinado de vainilla y dulce de leche".
Los días del señor R. empiezan luego de despertarse en las galerías de Maipú y empezaron durante mucho tiempo en la esquina de la calle San Juan: "Desde 2014 hasta hace unos meses dormí ahí. Pero me corrieron. No los municipales ni la Policía. Gente del mismo mundillo de la calle. Voy a tener que ver dónde duermo ahora, pero por ejemplo en las mañanas voy a cargar agua caliente a la estación de servicio de 25 de Mayo y Corrientes y preparo unos mates. En uno de los dos bolsos cargo las cosas para el mate y en el otro cartones para sentarme y algo de ropa. No ando muy pesado. Un amigo de un lavadero de la calle Rivadavia me cuida las cosas y ahí limpio mi ropa. Me baño en las duchas de la terminal. Pago 120 pesos, pero uno se baña tranquilo y se asea sin problemas".
Los días continúan en las plazas de la ciudad: "Ahora me voy a la plaza Urquiza. Me gusta esa plaza. Donde esté miro la sociedad. Al principio leía. Estaba interiorizado de todas las noticias. Ahora miro la gente pasar. Miro a la sociedad. Miro lo que van haciendo. Es otra época. Me acuerdo cuando leía lo que era la sociedad entre 1900 y 1914. O entre el 20 y el 33. La actual es una sociedad normal. Sí me sorprende el celular. Cómo la gente está totalmente absorbida por el celular".
Llegada la noche, R. saca de la mochila sus propios cubiertos y elige dónde hará la única comida del día: "Me voy a sangucherias. Voy a Tuti, voy frente a la plazoleta Dorrego. O a la General Paz. Como en Bigotes. Hace rato que no voy a Casal. Nunca me hacen problemas. Anoche comí un sangüich nada más. Hago una sola comida, entre las 8 y las 10 de la noche. Anoche he pedido un tostado y me han traído un semejante sangüich de carne con café con leche. Y ya con eso estoy bien".
Más allá de la hora, R. jura que lo más hace es caminar: "Prefiero andar solo. Soy un ermitaño al aire libre. Soy un viajero. Conozco media república. Desde los 10 años hasta los 18 viajé con mi familia y después por cuenta mía. Trabajaba, ahorraba y me iba. Eso sí: no me gusta hacer dedo. Tenés que hablar con el otro. Prefiero pagar un colectivo y dormir durante el viaje. Ahora son vacaciones, ¿verdad? Voy a ver si en marzo puedo ir a algún lado. Me gustaría ir a Mar del Plata o a Necochea. Vamos a ver qué pasa. Pero tengo ganas. Eso me gustaría".