Tiene 26 años, vive en el barrio San Ignacio de Las Talitas y es papá de dos nenas: Maia y Milena. Once metros bajo la superficie de la tierra jura: "Está sofocado aquí abajo, hago fuerza con todo el cuerpo".
Cristian Díaz saca la foto desde el pozo. Está once metros abajo.
Son las 12 del mediodía de este miércoles 29 de enero en Tucumán y Cristian Díaz está 11 metros bajo la superficie de un fondo de tierra. Desde allá abajo respira agitado, jadea, toma un poco de aire, traga saliva, se saca la gorra, se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y mira el cielo cargado de nubes.
Está ahí abajo porque un vecino de Villa Carmela lo llamó: “Aquí estoy ya metido en el pozo. Acabo de llegar a los 11 metros de profundidad. Está sofocado aquí abajo. El hombre me llamó después de intentar con tres muchachos que no le cumplieron el trabajo. Es un trabajo pesado el que hago. No es para cualquiera. Tenés que meterte y cavar y cavar y cavar”.
Cristian Díaz tiene 26 años, es padre de dos nenas y junto a su señora viven en una casa del barrio San Ignacio, en Las Talitas. Todavía le falta cavar un metro más para terminar su trabajo, salir a la superficie e ir a verlas, estar con ellas, para abrazarlas y comer con ellas después de una ducha que le quite toda la tierra que acaba de sacar para que una familia de Villa Carmela tenga su baño: “A este pozo se conectan la ducha, el inodoro, el bidet, todo lo que es el baño. Un pozo bien hecho de 10 metros te tiene que durar por lo menos 30 años. A los 11 metros generalmente está el ripio. Ya me falta un metro. Ya estoy llegando”.
Cristian Díaz ha empezado a cavar el pozo en el fondo de una casa en Villa Carmela hace dos horas, descalzo, sin remera, con un short, la gorra dada vuelta y con sus propias manos sin usar guantes. “Las manos están más o menos, pero no estoy acostumbrado a trabajar con guantes. No me entra tierra en las uñas porque las tengo cortitas: todo el tiempo me las estoy comiendo. A veces me lastimo. Se me hacen callos. Pero con los guantes me transpiran mucho las manos y me cuesta manejar las herramientas. Cavo con una barreta, un par de puntas, una pala cortita, la piola atada a una roldana y el balde. Tengo que comprarme una roldana”.
Mientras Cristian Díaz le cuenta a eltucumano.com su trabajo metido en el pozo, un ayudante desde la superficie tira de la piola atada al balde y así sacan la tierra que centímetro a centímetro ha ido cavando Cristian. “No tengo problemas con el aire. Algunos muchachos, sí: hasta cinco metros nomás te cavan, más de eso no pueden. Es complicado el laburo este del pozo. Ahora me están temblando un poco las manos. En realidad hago fuerza con la panza, con todo el cuerpo. Bajo sin agua ni nada para comer. A la mañana temprano tomo unos mates, el termito entero y con eso ya tiro hasta la comida”.
Cristian aprendió el oficio de pocero de su padre, quien hace 10 años empezó a llevarlo a las casas tucumanas que necesitaban un pozo para tener su propio baño. El padre trabajó en Tensonite y como particular. Hasta que dejó de cavar y ahora atiende una mercería. Entre el legado que le dejó, está el conocimiento de la tierra, cuál es la profundidad que el pozo puede llegar a tener depende de la zona. Dónde puede cavar más Cristian y dónde no.
Por ejemplo: “En la zona del Cadillal es complicado cavar: bajo la tierra tenés lajas o piedras que complican el trabajo. Puedo llegar a estar una hora para hacer solamente 50 centímetros de profundidad si hay piedra. En el barrio El Sol en Las Talitas podés llegar a cavar cuatro metros. En El Chañarito solamente dos metros. Cuando hablo al cliente, le pregunto la zona. ‘Ahí se puede cavar tanto y acá se puede cavar tanto'. Sino hay que hacer lo que se llama un nido de abeja, pero eso lo hace un albañil. Si tenés tierra firme no hace falta un nido de abeja, que es lo que recubre de cemento la base y las paredes del pozo. En Lastenia tenés ripio y arena, varía según la zona”.
Ahora que es mediodía, el pozo avanza a paso firme a través de las manos de Cristian, que hace una pausa para seguir con el diálogo. Durante esta pausa vuelve a mirar el cielo allá arriba, a punto de romperse en agua, a punto de desplomarse sobre Tucumán, con algunas gotas de agua que empiezan a caerle sobre el rostro. “Si se larga fuerte, tengo que tapar el pozo, pero siempre un poco de agua se filtra. Si no llueve mucho, puedo seguir cavando. Depende de la urgencia del cliente y de la necesidad de uno: si tengo que trabajar a la noche también cavo. Tengo un foco que me ilumina”.
Claro que hay razones más profundas y luz capaz de alumbrar los días y las noches de Cristian Díaz tierra adentro: “A medida que voy cavando, hago unos escalones de tierra para volver a salir a la superficie. Ahora gracias a la publicación de Facebook que hice el otro día me salieron dos laburitos esta semana. Andaba laburando por 600 pesos como ayudante, pero no me convenía: tenía de gastos 100 pesos en la moto hasta Ciudadela y más los gastos de la comida me quedaban 300 pesos. Y tengo dos hijas que alimentar. Nadie hace lo que yo hago por lo que cobro: 900 pesos el metro. Yo sé cavar, pero no sabía bien los precios. Le digo 900 al hombre. Si me dice que bueno, empiezo a cavar a la mañana. Hasta el mediodía te hago cinco metros de profundidad si la tierra está blandita".
"Nunca falta la gente que se hace la canchera para pagarme, pero no me queda otra que salir a trabajar: si no hay pozos, corto el pasto o lo que haga falta. Siempre estoy buscando el bienestar para mi casa: mis hijas tienen 6 y 4 añitos. Ahora tengo que comprar las cosas para la escuela, mi mujer cobra el salario pero no es mucha ayuda. De todas maneras no me quejo: ahora llego a mi casa y comemos. Nos gusta el guiso y cuando hay plata también nos gustan unas milanesas. Llego a mi casa liquidado, pero me doy un baño, como y estoy con mis hijas. Se llaman Maia y Miela. Esta es la parte más linda del día: mientras miro un poco de tele, Maia y Milena me hacen masajes con sus manitos en la espalda. Sí, después de cavar un pozo, esa es la parte más linda del día”.